Residentes Eternos © (libro 3 Reina Efímera)

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En el camino

Ingresé a la torre de homenaje y me dirigí al salón capitular del castillo. Allí los primeros en recibirme fue Inés y Esteban que formaban a muchas personas en grandes filas. Mi padre y Sarbelia estaban muy ocupados conversando con Damian quienes parecían ponerse de acuerdo en algo.

Inés tenía una inmensa sonrisa, una que parecía más sosprechosa.

—Hola— Saludó yendo de la mano de Esteban.

—Hola, ¿Cómo está todo? — Pregunté con curiosidad.

—Bien. Nigromante dejó dicho que hacer. Las personas que residen en Darrel deben regresar. Usaran la gruta como vía de regreso— Contestó Esteban, mientras Inés no borraba esa inmensa sonrisa.

Por un momento creí que guardaban algo para decírmelo después.

—Comprendo. ¿Necesitan ayuda? — Me ofrecí para lo que fuera.

Ambos lo negarón con la cabeza.

—De hecho, debes volver con tus padres en conjunto con todos.

—Ah. Entiendo.

Esteban se veía algo apenado, como si se sintiera culpable de algo. Quizá se debía a su sitación con Inés. Inés no pudo contener sus palabras habló posteriormente de nuestras miradas.

—Al parecer Jon pronto será un hombre comprometido. ¿Quién lo diría?

Fue hasta entonces que comprendí aquella sonrisa.

—Sí, enserio, quién— Respondí mientras mis mejillas me ardían.

Al instante sentí a alguien sujetarme de los hombros. Me volví y observé a mi padre.

—Cuidate, Alexia. Nos veremos pronto—Se despidió Esteban con un gesto de sonreír a fuerzas.

Ambos alzaron las manos diciéndome adiós, hice lo mismo. Hasta entonces mi padre y yo nos abrazamos fuertemente.

—¿Cómo te sientes? — Cuestioné.

—Pues el sentimiento en mí es agridulce. Me alegra que por fin toda esta oscuridad se haya ido, y al mismo tiempo me entristece saber que nada te detendrá.

Suspiré.

Nos soltamos y veía aquella melancolía en su mirada.

—Padre, las cosas no son tan sencillas a veces. Sabes, siempre supe que mi deber no era portar la corona de Darrel…

Mostró una sonrisa medio torcida.

—… Lo tuyo cariño al parecer, es ser libre.

Sonreí ampliamente.

—Sí, padre. Al parecer nací para ello.

Veía sus ojos cristalizados, volvió a estrecharme a él y correspondí su abrazo.

—No hay nada que pueda hacer, más que ser felíz porque tú lo eres. Sabes que este es tu hogar y siempre será así, no importa que camino tomes. Además sé que Jon, te ama como nadie, a su lado tendrás lo que siempre quise para ti. Aunque no pueda verte seguido.

Logró sensibilizarme.

—Padre, sé que lo sospechas, pero no podré estar lejos de ti. El amor que nos une es algo que no se puede romper, menos terminar. El amor confirma que somos más que carne doliente, quizá dentro de nosotros nuestro espirítu habla y nos confirma que somos eternos en cuerpos temporales. Padre, el fin solo es un nuevo comienzo, creéme.

Sonrió ampliamente al oírme.

—Nunca pensé que un día hablarías así.

—Sí, ¿Quién diria? pero te amo.

—Y yo a ti, Alexia. Volvamos a casa.

Asentí con la cabeza sujetando su mano. Se nos unío Sarbelia. Ibamos tras aquel inmenso grupo de personas hacia la gruta, Damian llegó a despedirse de nosotros antes de cruzarla. Despues de un rato llegamos a Darrel, muchos escoltas llegaron a nuestro encuentro. Lo extraño fue que los guardias repartían agua, en grandes baldes sirviéndoles a todos cuanto llegabamos del otro lado, no nos siriveron ni siquiera un poco ni a mi padre, ni a Sarbelia, menos a mí. Mi padre sonreía y no le molestó no beberla.

Pasamos ocupados todo el tiempo, apoyando a los guardias para que todos volvieran a sus casas y todo siguiera su curso, al final volvimos al Castillo. Estabamos muy hambrientos, enseguida nos llevaron al comedor y comí como nunca antes, era tal el hambre que tenía que en cuanto dejé de comer, tenía inflamada la barriga. Todo era tal como Jon había dicho: como si nada hubiera pasado.

Estaba exhausta, quizá haberme desvelado y comer mucho me pasaban la cuenta. Caí en mi cama rendida. Muy de temprano sentí a alguien acariciar mi cabello, lo raro era que eso que me tocaba era algo húmedo y áspero. Pegué un brinco al pensar bien qué podía ser aquello.

—¡Galimatías!

Todo se debía a su lengua que había lamido mi cabeza. Lo abracé fuerte, y antes de irme con él anduve como loca por la habitación, hasta vestirme bien y medio asearme. Juntos dejamos la habitación en cuanto el de un brinco atravesó el muro de mi alcoba y aparecimos afuera del castillo. Sonreí asombrada. Con Nigromante y Jon nunca se sabe que puede ser imposible.

Cabalgó a toda prisa, hasta llegar al bosque espeso. Oía a las aves cantar, y el viento soplar con ternura las copas de los gigantescos árboles. Galimatías trotó dócilmente hasta llegar a una pradera, donde dos hombres descubiertos del torso se movían de un modo sincronizado, parecía una danza lenta, donde sus movimientos de brazos y piernas cambiaban de pose de un modo suave pero perfecto, como si su energía sintonizará con el medio que los rodeaba. Nigromante y Jon parecían dos encantos de la madre naturaleza, con una belleza intachable. Parecían irreales cada vez que se podían apreciar con la vista. Ambos espirítus celestiales a su estilo. Estuve observándolos, hasta que ellos fueron hasta mí para saludarme.



Sunny Black

Editado: 01.12.2018

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