Resina Azul (tf#1) © [en físico]

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Capítulo 3

A Karla nunca le había gustado la violencia. En realidad, seamos más específicos. Nunca le había gustado ver violencia. Sin embargo, nunca le había importado provocarla. Aunque solo por un motivo razonable, un motivo justificable. Justificable para ella. Como la familia. Como su hermana.

El control suele implicar desconocimiento, se dijo. Ella estaba siendo controlada, y si ella supiera quién era esa persona, o dónde estaba Emma, hubiera hallado una forma de salir de ese lío. Y aquella persona, escondiéndose detrás de unas cuantas pantallas e intercomunicaciones, la estaba controlando a ella, a causa, también, de la ignorancia de ella sobre lo que estaba pasando, qué era esa caja y para qué iba a servir. Pero Karla sentía que no tenía otra opción.

 

¿Necesitas un incentivo?

 

...le llegó en otro mensaje. A continuación, había una fotografía. Y en ésta se mostraba la piel de su hermana. Y un periódico. De hoy. Como en las películas. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Aquella foto mostraba una zona del cuerpo de su hermana que tenía un poco por encima del pecho izquierdo, medio palmo por debajo de la clavícula. Había una cicatriz circular poco más grande del tamaño de una lenteja allí. Era de una herida que se había hecho en la infancia con, según lo que les habían contado sus padres, una astilla. Emma no lo recordaba, era muy pequeña. Eso había ocurrido en un pinar cercano a su pueblo. El fondo de la fotografía estaba demasiado oscuro como para distinguir nada que pudiera ayudar a Karla a encontrar a su hermana. Se fijó en que la calidad de la imagen de aquella fotografía era pésima, el modo en el que estaba enfocada, los reflejos de la luz... Esa fotografía no había sido tomada por una cámara buena, sino por un teléfono móvil, y uno con una cámara de mala calidad.

Karla se sobresaltó al darse cuenta de lo cerca que estaba esa zona de los senos de su hermana. Y se enfureció. Anda que no le habían dado charlas sus padres sobre cómo prevenir y defenderse de pederastas y demás locos. Salió de los aseos pitando y cerró la puerta de un portazo. En total, no había estado allí más de diez minutos. Al cabo de otro cuarto de hora, la dejaron salir, citándola para el día siguiente, y exigiéndola que, si sabía o se acordaba de algo, lo comunicara inmediatamente. Exigiendo. A ella. ¿Cómo era eso posible? Ella era la más afectada por la desaparición -secuestro- de su hermana.

Era cierto. Al salir de la comisaría, detrás de una farola que había al lado de ésta, se encontró una bolsa de plástico de un supermercado. Carretlón, Carretlón se repitió. Aquella empresa de supermercados era una marca especializada en dietas especiales, bajas y altas en grasas, para diabéticos, celíacos, intolerantes a determinados alimentos... Había que admitir que había resultado ser un buen negocio. La mejor amiga de Karla, Estíbaliz, era celíaca. Karla controló sus pensamientos, que se estaban yendo por las ramas. La bolsa era de plástico blanco, semitransparente. Se podía distinguir una caja negra, no mucho más grande que una caja de galletas ordinaria, de marca blanca.

Cogió la bolsa, que pesaba lo suyo, y empezó a caminar rumbo a la plaza municipal. Tardó algo menos de siete minutos en llegar hasta allí. Según se acercaba, sus piernas se ponían más y más temblorosas. Al llegar, se quedó mirando la iglesia. Era enorme, y siempre la había intimidado. Sus puertas eran barrocas, pero el resto del edificio era de la época del clasicismo. Era precioso. Se quedó embelesada mirándolo olvidándose por un segundo de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, o de lo que había ocurrido anteriormente.

El teléfono vibró en su mano. Y el ambiente tranquilizador y aislado que había creado se esfumó.

 

Debajo del banco donde hacen esquina la iglesia y la casa de granito abandonada.

 

Karla se dirigió a donde las indicaciones decían y dejó la bolsa allí. Se alejó despacio en un primer momento, después echó a correr.

¿En qué estaba involucrada? ¿En qué la habían involucrado? Paró en seco de correr al darse cuenta. De la comisaría a la plaza apenas había cinco minutos aproximadamente. Un par de calles. ¿Por qué tenía que llevar ella una bolsa de plástico a lo largo de un par de calles? No tenía sentido. Hasta que lo encontró. Sus huellas. Sus huellas dactilares. Se le detuvo el corazón. Y también podía haber imágenes de ella cogiendo la bolsa y llevándola hasta allí. Ya sea de cámaras de seguridad o de tráfico o que la propia persona que estaba amenazando con matar o herir a su Emma la hubiera fotografiado. Pero eso era demasiada paranoia, puede que no pasara nada con la bolsa, se engañó a sí misma. Porque que no sucediera nada con la bolsa o la caja era imposible. O estaba sobrevalorando el valor de la caja. No. Eso no podía ser. Tenía que ser importante. Siguió pensando y fabulando mientras corría de vuelta a la iglesia. Al llegar allí vio que todo seguía normal, tal y como estaba antes de que ella se fuera, gente paseando, yendo a misa, pájaros volando. Mejor dicho, la plaza municipal estaba tal y como estaba antes de que Karla saliera de comisaría. Sin una bolsa debajo del banco. Qué poco le gustaba estar siendo coaccionada.



Henar Tejón

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En el texto hay: misterio, adolescentes, atentado

Editado: 13.01.2019

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