Reveses de la vida ©

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Abriendo los ojos

 

No olvides cuidarla...
por si mañana en vez de tocarla, te toca imaginarla.

—Gabriel García Márquez.

 

*In my veins - Andrew Belle


San Salvador, El Salvador.
Se observó por última vez en el gigantesco espejo de piso a techo que tenía enfrente. Vagó por toda la silueta que este le reflejaba; el blanco nítido y limpio, el encaje que se ceñía a su esbelto cuerpo y los brillantes que estaban acomodados discretamente en el escote, pecho y falda del hermoso vestido de novia. Y de igual forma aquel largo velo que cubría su rostro y que era casi kilométricamente interminable, con bordados hechos con hilos de plata. Un vestido que cualquier mujer en su situación añorara poder tener el lujo de darse. Y sentirse emocionada, soñadora y sumamente enamorada. Y ella, Margarita lo estaba, amaba a su prometido... Matías era el típico muchacho caballeroso, un poco mojigato o bueno, eso era lo que ella creía, y la complacía en todo. Pero faltaba aquella chispa que toda relación necesita, esa que incendia sus cuerpos, que los vuelve indispensables el uno al otro y que vuelven cada momento inolvidable y aún más aquellos que se dan en la intimidad.

Con cuidado deshizo de su cuerpo la delicada prenda y se enfundó su ropa. Los arreglos habían sido exactos y le ajustaba como un guante. Miró la hora en su reloj y notó que tenía minutos de sobra. Comúnmente sus sesiones con la modista eran largas y tediosas. ¿No debería una novia estar feliz haciendo los preparativos para su boda? ¡Sí!, pero Margarita no podía olvidar que aquella esplendorosa y pomposa ceremonia era una petición casi obligación que su madre le pidió o impuso. Era demasiado dócil como para rebelarse contra su madre. Por lo que ella no estaba muy feliz dedicando casi todo el día en vueltas de aquí para allá, pegada al móvil reafirmando las reservaciones. ¡Era un martirio! Pero era su boda y en parte se infundía aliento con la idea que debía hacer de ese día inolvidable.

Salió de la tienda y observó la negrura apoderándose del firmamento. Se subió a un taxi, le indicó adonde quería ir y luego prestó toda su atención al móvil, checando correros, mensajes de texto y las llamadas perdidas que tenía. Soltó un suspiro, solo faltaban quince días para que llegara ese día y tenía ilusión, se imaginaba caminando hacia el altar, en que uniría su vida al lado de aquel buen hombre. Y daría lo mejor de sí para que aquel matrimonio funcionara, para que con el pasar de los días, de los años su amor fuera creciendo y no se apagara, como temía sucediera. Al principio, cuando su relación comenzó desechaba la idea de casarse para salvar a su familia de la quiebra pero poco a poco fue conociéndolo, tratándolo y dejando un espacio para que Matías se situara. Así que, si su matrimonio al final no funcionaba ella no quería tener algún remordimiento de conciencia, daría lo mejor de sí, como siempre.

Pagó la tarifa del taxi y se bajó frente al edificio que compartía con Matías. Y al poner un pie en la recepción de inmediato sintió una especie de pinchazo en el pecho: en el corazón. Se detuvo y llevó una mano libre hasta la zona, sintiendo como una corriente la recorría de pies a cabeza.

—Señorita Castle, ¿se encuentra bien? —preguntó la recepcionista del edificio al notar el semblante de Margarita: parecía que estaba por desmayarse, su piel se había vuelto papel. La aludida asintió con la cabeza, comenzó a dar cortas respiraciones para menguar esa extraña sensación. Y si no hubiese recibido el periodo una semana antes pensaría que estaba embarazada.

—Estoy mejor, gracias —dijo, mientras dedicaba una sonrisa. Los empleados la miraron un poco preocupados pero al verla andar con normalidad y el color de nuevo en sus mejillas le permitieron que se marchara.

Se introdujo en el elevador, y perdió su vista en algún punto de aquel cuarto hecho de metal. Cuando las puertas se abrieron en el piso veinticinco, el malestar regresó al tiempo que un retumbante trueno caía de lleno al techo del edificio, ocasionándole un gran respingo y que su corazón latiera con mayor rapidez. Abrió la puerta siendo consiente de como en el exterior el cielo se derramaba a cantaros.  Entró y de inmediato sintió una nueva corriente envolviéndola, alertándola que algo no estaba bien. Estudió con sus ojos todo el interior; parecía intacto, normal. Entonces una luz en una de las habitaciones, en su habitación le llamó la atención.

Caminó, dirigiéndose hasta la pieza, pasando por la sala de estar y notando un pequeño, femenino y conocido bolso desparramado sobre el sofá y sus cosas en el suelo. Entornó los ojos y su cabeza comenzó a trabajar a mil por hora, ¿qué hacia su prima en su departamento? Giró su cabeza en dirección de la puerta entreabierta y todos sus sentidos comenzaron a agudizarse y conforme rompía la distancia que la separaba de aquella realidad a la cual estaba a punto de enfrentarse o conocer, todo comenzó a caer por su propio peso. Asomó su cabeza; sus ojos viajando por el piso donde había prendas de vestir por doquier y avanzado hasta que sus ojos amenazaron con salirse de sus cuencas,  llevó una mano a su boca y la selló, impidiendo de esa forma que un quejido saliera. Observó la escena incrédula, dolida, decepcionada y con el crujir de su corazón rompiéndose, igual que un vidrio al darse de lleno contra el suelo, luego de un caída de varios metros de altura.



Therinne

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В тексте есть: prejuicios, therinne, infidelidad

Отредактировано: 15.02.2018

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