Reveses de la vida ©

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Tomando las riendas

 

Nunca se sufre por amor, se sufre por desamor, desencanto o indiferencia pero nunca por amor. El amor no lastima... los que lastiman son aquellos que no saben amar.

—Anónimo

 

~Send my love - Adele

 

San Salvador, El Salvador

Llegó a casa de Melissa alrededor de las tres de la mañana. Su amiga la acogió en su vivienda y de inmediato la llenó de atenciones. Preparó chocolate caliente, tostadas francesas con crema de maní y nutella, aunque sabía que su amiga se negaría a comer, la obligaría. Además, las penas con pan son menos, ¿verdad? Entonces ella la llenaría de mucha harina. Salió de la cocina y se acercó hasta donde Maggie se encontraba recién bañada; al hallarse sus miradas una sonrisa tiró en la boca de ambas. Se acomodó a su lado y compartieron la frazada, hacia un frio terrible.

Observó comer a su mejor amiga; sus ojos vagaban perdidos en puntos nulos de aquella habitación, se miraba ajena a todo lo que pasaba a su alrededor. Melissa suspiró apesadumbrada, si tan solo hubiese persistido más en convencerla que ese niñito rico no era para ella. Sacudió la cabeza, comprendiendo que ni con todo el tiempo del mundo lo hubiese logrado, no con la presión que la señora Castle ejercía en su hija.  Esa mujer se había empecinado en amarrar a Margarita junto al mejor partido y lo logró. Matías era apuesto, todo un don juan, con dinero y lujos pero nada más se encontraba en él cosas superficiales. Nada de lo que su mejor amiga necesitaba.

— ¿Vas a decirme qué fue lo que pasó? —preguntó Melissa. Desde que había llegado se negó a hablar. Pero estaba loca si pensaba que ella se quedaría de brazos cruzados; haría lo que fuera para ayudarla y para ello debía saber qué había pasado. De lo contrario no podría. La escuchó soltar un suspiro roto.

—Está bien… —Notó lo nerviosa que estaba, jugaba con la tasa vacía en sus manos. Margarita se movió y encaró a Melissa—… ahora, después de mi cita con la modista me fui al departamento… —Comenzó a contar, con voz rota. Sintiendo como su corazón dolía, se sentía destrozada, traicionada y hasta cierto punto poca mujer.

Melissa la escuchó atenta, apretando sus manos, enterrándose las uñas, sintiendo una impotencia aplastante. ¿Cómo demonios se había atrevido ese maldito a hacerle eso a Margarita? Era su prometida ¡Dios! Y a su vez, pasó todo el rato mordiéndose la lengua, frenando así, el decir alguna ofensa contra el poco hombre de Matías y la zorra de Larcy. Pero también sintió como su corazón se rompía al escuchar a Margarita narrarle todo, al escuchar lo mal que se sintió. El tiempo transcurrió y para cuando ella terminó de narrarle todo, se encontraban abrazadas.

— ¿No dirás nada? —preguntó Margarita, mirando de soslayo a su amiga. La escucho soltar un largo suspiro. Claro que lo haría, aunque no diría lo que su mente deseaba mascullar.

—Sabes que cuentas con mi apoyo, ¿cierto? —La escuchó murmurar un asentimiento—. Entonces, ahora lo que quiero saber es: ¿qué piensas hacer? —La sintió tensarse—. No puedes seguir con los planes de la boda, lo sabes.

—Lo sé… —murmuró. Se hallaba cansada y lo único que deseaba era dormir y alejarse un par de horas de su realidad. Consiente que al despertar debía decidir qué y cómo haría—… lo único que quiero es dormir, ya luego pensare qué hacer. Pero que esa farsa se terminará no debes dudarlo, Meli.

La aludida sonrió complacida. No dudaba que, adentro de ese semblante dulce y dócil, había una mujer fuerte y valiente. Y ya era hora que Maggie pensara en su felicidad antes que en la de los demás, antes que en la de su madre por ejemplo. Ambas se quedaron dormidas, con la televisión transmitiendo una película de Nicholas Sparks.

La primera en despertar fue Melissa. Estiró sus brazos y piernas, intentando desperezarse un poco. Miró la hora que marcaba el reloj sobre la pared que daba a la cocina y abrió sus ojos como platos: pasaba del medio día, gracias al cielo era sábado. Llevó una mano a su estómago sintiendo como este pedía a gritos comer algo y no era para menos se habían perdido el desayuno. Hizo pollo con verduras, puré de papas y pan con ajo. Levantó a Margarita, que pese a poner resistencia al final sintiendo la necesidad de comer se levantó. Aun se encontraba triste, la desilusión y decepción tarda en desaparecer cuando una persona lo sufre. Pero pese a todo eso, había decisión en su interior, ya había tomado una y la llevaría a cabo. Recordando lo que Andrew, aquel hombre que le tendió la mano sin desinterés, le había pedido: se preocupara por ella. Solo por ella, sin terceros y eso haría.

Se sentaron en los taburetes de la barra y comenzaron a comer lo que Melissa había preparado. Los primeros quince minutos ninguna dijo nada, pues era más la ansiedad por comer que otra cosa. Y durante ese tiempo Maggie pensó en lo primero que haría: hablar con su progenitora.



Therinne

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В тексте есть: prejuicios, therinne, infidelidad

Отредактировано: 15.02.2018

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