Romeo y Julian

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—Oye, oye, espera ¡¿Tres días?! —exclamó Romeo con la boca abierta y el ceño fruncido. Habían pasado seis horas de viaje y cambiaron de lugar unos minutos atrás, así que, con ese tiempo, era evidente que comenzaba a desesperarse. Siendo sinceros Julian estaba en las mismas, Villa Rueda no solo estaba lejos, también se encontraba ubicada en carreteras bastante complicadas, que los llevaban por un sinfín de curvas a un largo y prolongado camino de terracería, más curvas, más terracería y así, hasta llegar a la ciudad.

Ellos iban a permanecer un largo rato vagando antes de finiquitar su viaje, el destino no les auguraba nada bueno hasta ahora.

Resoplando, Julian tomó su móvil.

—Si tenemos suerte —murmuró revisando el estado del aparato—. Esta cosa va a aquedarse sin batería en cualquier momento, pero según mis cálculos desde aquí son tres días si manejamos sin parar y tomamos la desviación por las montañas.

Romeo hizo una mueca de fastidio, odiaba manejar en aquella zona, era una odisea no marearse a mitad del trayecto, él había pasado por ahí una vez y no deseaba repetir aquel suplicio. Por suerte al final del camino había un pueblo en el que podrían descansar y calculaba que llegarían ahí al anochecer.

Según los recuerdos de Julian, reducirían el tiempo a la mitad si manejaban de noche, pero la carretera no era buena y podía ser peligroso, así que no planeaba arriesgarse. Tampoco creía que Juliana fuera a hacerlo.

Apretando los labios, Romeo maldijo a Romero en sus adentros, todo era culpa de su hermano, que decidió enredarse con Juliana y escapar cual vil cobarde ¿Qué le costaba enfrentar a su familia como un hombre? Romeo chasqueo la lengua, el suertudo había esquivado una bala en su cabeza.

— ¡¿De dónde carajos sacaron ustedes que es buena idea casarse en un sitio que va a obligarte a pasar por ese camino asqueroso?! —gruñó fastidiado, y su mueca solo empeoró cuando llegaron al pie de la montaña. Había un largo camino que se extendía hasta desaparecer en el horizonte, rodeado de árboles y tan solitario que de inmediato pensó en la posibilidad de ser asaltado antes de llegar a su destino.

"Nos van a dejar sin calcetines" Pensó, para después negar con la cabeza, no estaba bien ser tan pesimista, sobre todo en una situación desventajosa como aquella. Romeo resopló mientras Julian fruncía el ceño ante sus palabras.

—En nuestra familia nos gusta conservar las tradiciones —comentó con aire de suficiencia—, tenemos una identidad mucho más definida que cierta gente cuyo único ritual como clan es estar ebrios antes de las nueve de la mañana —agregó haciendo una evidente referencia a la familia de Romeo. Este solo se rio en tono de burla.

—Oh, seguramente tu tío ya-sabes-quien debe ser el más entusiasta en eso de pararse a las siete para ir a la iglesia —comentó con tono socarrón y expresión de burla en su rostro. Todo mundo conocía a Mefisto en el pueblo, era el hermano mayor del padre de Julian y una verdadera fichita.

Los De La Vega solían jactarse de su buena casta, desde la fundación del pueblo eran conocidos como una de las familias acomodadas de la región, era considerados casi nobles por aquellos lares; tenían dinero, clase y dignidad. Sin embargo, a pesar de que conservaban las propiedades y la educación de antaño, su dote material había desaparecido casi por completo.

Mefisto siempre fue muy consciente de ello, porque veía a su padre trabajar para ganarse la vida, así que él trabajó también y con ese trabajo pagó los estudios de su hermano menor. El hombre había hecho buenos negocios a pesar de no haber terminado ni la preparatoria, era descarado, borracho, renegaba de la religión y el tufillo de superioridad que se respiraba en la casa de los De La Vega.

El resto de la familia lo miraba hacia abajo por tener cayos en las manos, pero le aceptaban en su “circulo” porque tenía dinero. Julian siempre fue consciente de que era un buen tipo y su padre le tenía en muy alta estima, pero no conseguía sacar de su cabeza la imagen de un vago, borracho y pendenciero.

Aun así, le tenía mucho cariño.

—No metas al tío Mefisto en esto, él no bebe tanto como ustedes y no va a la iglesia porque prefiere honrar a dios en casa —Romeo levantó una ceja guardando silencio y Julian no pudo evitar ponerse rojo —. Vale, él no es un ejemplo a seguir en muchas cuestiones, pero los demás somos muy devotos.

Romeo volteo el rostro, esta vez con una mueca inescrutable, la cual Julian leyó como una acusación tácita.

—La iglesia mormona solo fue una fase, ya no voy más a verlos ni pretendo volver —aclaró, recordando aquella ocasión en la que fue descubierto rehuyendo de su iglesia lejos de casa. Romeo siguió mirándole y Julian le empujó la cara con la mano—. Fíjate en el maldito camino o vamos a estrellarnos —Romeo devolvió la vista a la carretera sin cambiar su expresión—. Si no quitas esa cara te la voy quitar a golpes—exclamó frunciendo el ceño.



Paloma Caballero

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Editado: 02.06.2019

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