Romeo y Julian

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—¿Y a ti que mierda te pasa? —preguntó subiéndose en el colchón, en un intento vano por poner distancia entre ellos.

Romeo se llevó la mano al rostro, al menos el golpe llegó a su mejilla y no a algún otro sintió. Tendría un feo moretón en un rato, pero no habría que ir a emergencias por un tabique desviado. Gruñó sobándose despacio, Julian tenía el puño pesado, eso le había quedado claro desde hace mucho.

—Yo... —Sus labios se entreabrieron tratando de hallar una excusa, pero luego se retractó, no tenía ganas de rellenar los espacios incómodos. No era su obligación y estaba demasiado cansado como para comenzar una batalla donde no habría ganadores.

—Mira, mejor cállate. No me importa lo que tengas que decir al respecto ¡Vete de aquí! ¡No quiero verte! ¡No quiero tener nada que ver con un Cortez! ¡Solo quiero recuperar a mi hermana y regresar a mi vida normal! —esa vida en la que se encontraba con Romeo por todos lados y en la que este no estaba a punto de marcharse del país por tiempo indefinido.

—Tú te crees que soy idiota ¿Cierto? —frunciendo el ceño, apretó los puños y tomó aire—. Me tratas como se te antoja ¡Háblame! ¡Cállate! ¡Quiero saber y luego no quiero! ¿Pues sabes qué? ¡Mejor vete a la mierda! —exclamó levantándose del suelo y saliendo de la habitación, intentando no desquitarse con la puerta.

No tenía ganas de irse con la cola entre las patas así que fingió estar más molesto de lo que en realidad estaba y se marchó antes de hincársele a Julian y rogarle que le diese una oportunidad para un efímero romance de carretera.

Mientras daba pisotones al asfalto, trató de convencerse de que tenía suficiente amor propio como para rogar, aunque lo desease con todo su ser. Julian le había correspondido por un instante y Romeo guardaba la esperanza de que, si le veía lo suficientemente sumiso, pensase en darle una oportunidad, aunque sea para humillarle después. Sin embargo, si regresaba y sentía que tenía una pequeña oportunidad de estar con él, abandonaría sus sueños por perseguir un espejismo y él no deseaba una felicidad efímera.

Romeo caminó alejándose del motel unas cuantas cuadras hasta un veinticuatro horas, en donde se compró una cajetilla de cigarros.

Él bebía en cada fiesta, pero solo fumaba cuando el estrés empezaba a rebasarle y en ese momento temblaba tanto que incluso le costaba sostener su encendedor. No tenía idea de porqué, pero el humo le calmaba.

Se fumó exactamente cuatro cigarros de la manera más lenta posible, mientras permanecía en la banqueta pensando en qué era lo que tenía que hacer de ahora en adelante ¿Debía volver y disculparse? ¿Debía hablarle sobre sus sentimientos? ¿O acaso tenía que dejarlo pasar y atribuirlo a un ataque de locura momentánea? No estaba seguro, pero al menos, mientras la nicotina entraba en su sistema, la tensión en sus hombros bajó considerablemente.

En cuanto su corazón regresó al ritmo normal, se reprochó el haberse fumado esos cigarros. Desde que entró a la academia de música y le dijeron que tenía más talento del que su madre pensaba, comenzó a aminorar las cantidades de licor que consumía o evitaba las bebidas que a la larga pudieran causarle problemas en el sistema nervioso. Él no iba a mentir, aún tenía malos vicios, muy malos, pero en comparación con el pasado él estaba mejorando. Tres días atrás, había cumplido seis meses sin beber una gota de alcohol. Romeo no se consideraba un adicto, pero sabía que una cerveza diaria era peor que ninguna.

Suspirando se pasó los dedos por el cabello, había cambiado mucho en los últimos años. Él incluso comenzaba a ir a la iglesia, todos los domingos se despertaba a las seis y media para asistir a las celebraciones porque de alguna manera le gustaba estar ahí, escuchar los sermones y sobre todo oír la música.

Bueno, él podría decir que apreciaba sus idas a la parroquia mucho más que la familia de Julian.

Sin embargo, aquella costumbre resultaba extraña para su propia familia, de modo que terminó preparando una respuesta para cualquiera que le preguntase por sus salidas de los domingos; "voy a recibir la sangre de cristo" decía y todos se reían como si fuese la cosa más divertida del mundo.

Cansado, recargo sus manos sobre la banqueta y frunció el ceño cuando una gota cayó del cielo sobre su frente. Estaba empezando a llover.

—Lo que me faltaba —murmuró, chasqueando la lengua.

 

 

 

 

Julian llevaba un rato tirado en la cama sin comprender que era exactamente lo que había pasado hace un rato.

¿Romeo lo había besado de verdad o acaso fue un sueño inducido por drogas?

Había estado a punto de tener un ataque de nervios antes de quedarse dormido como por dos segundos y cuando se levantó estaba muy confundido, incluso había llegado a preguntarse en dónde diablos estaba hasta que encontró las toallas y la barra de jabón puesta encima de la cama, al lado de donde él estaba.



Paloma Caballero

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Editado: 04.10.2019

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