Romeo y Julian

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Al final, Romeo se metió bajo el paraguas de Julian, ignorando el hecho que se suponía que estaban enojados entre ellos. Por esta misma razón no se quejó cuando se dio cuenta de que el agua le caía sobre el hombro, mientras que su acompañante se encontraba en perfecto resguardo de la lluvia.

—Deberíamos llamar a la policía, tal vez ellos puedan encontrarlo más rápido —dijo Julian andando a paso apresurado, mientras Romeo intentaba seguirle.

—¿Estás enojado conmigo? —preguntó, preocupado por la actitud del muchacho. Sin embargo, enseguida se retractó de sus palabras—. Mira, olvida eso, no es divertido, tenemos que buscar a Giordano —aclaró desviando la mirada.

—Estaba a punto de partirte la cara por ser tan imbécil —gruñó arrugando la nariz, en un gesto que a Romeo le pareció encantador—. Se supone que eres tú el que se preocupa por el chico mientras yo me enojo y soy irrazonable—se quejó dirigiéndole una mirada de enfado. A pesar de sus rudas palabras, había un poco de vergüenza en su expresión.

—Lo siento, aportaré ideas... —dijo de inmediato, quedándose pensativo un instante antes de seguir hablando—. ¿Por qué no le preguntamos al recepcionista? Quizás dejó un mensaje para nosotros antes de irse —agregó encogiéndose de hombros. Julian se detuvo sin previo aviso, causando que Romeo se saliera un momento de la sombrilla antes de retroceder.

—Eso no se me había ocurrido —murmuró, antes de reanudar el paso—. Bien, haremos eso, si no hay nada, contactaremos a la policía —convino antes de, casi, comenzar a correr.

Apresurados, se dirigieron al motel donde se habían hospedado y se encontraron con el encargado a punto de largarse del mostrador. El tipo les vio, seguía mascando chicle y haciendo bombas con la boca. Julian frunció el ceño, no le agradaba para nada, tal vez era cosa de la apariencia desaliñada que portaba o porque le había conocido en mal momento, pero su sola presencia le ponía de malas.

—Ey, tu —Le llamó Romeo, quien sentía la misma aversión por el hombre que Julian—. ¿Has visto por aquí a un chico inmenso, de pelo rojo teñido, con camisa a cuadros y unos audífonos enormes? —preguntó, con la esperanza de que el hombre no se acordara de ellos. El tipo les miró fijo, haciendo una bomba antes de contestarles.

—¿El bebé menor de edad?

—Ese mismo —masculló Julian.

—Ah...—por un momento se quedó pensando—. Creo que no han hecho un buen trabajo enseñándole, porque me ha preguntado por lugares aquí cerca donde divertirse.

Julian inspiró hondo.

—¿Y dónde se supone que le enviaste?

—Por favor, dime que no le enviaste a un prostíbulo —murmuró Romeo, en tono de súplica.

—Bueno, solo hay un lugar en este sitio donde la gente puede divertirse sin tener una identificación —El recepcionista guardó un momento de suspenso antes de hablar.

—¿Cuál? —Le apresuró Julian, comenzando a golpear el piso con el pie. El encargado se encogió de hombros.

—La disco —dijo como si fuera obvio.

Romeo se rio y luego se puso serio.

—¿No es broma? —exclamó sorprendido. El tipo se encogió de hombros y luego señaló la sombrilla.

—Me voy a cenar, si no la devuelves para cuando te marches voy a cargarlo a tu cuenta... —suspiró—. La disco está a tres calles de aquí en sentido contrario al veinticuatro horas, contando desde la parte de atrás del hotel, si se pierden, pregunten —Luego, saludó al nuevo encargado que apareció para cuidar el lugar y se marchó.

Romeo se le quedó viendo, la lluvia había arreciado y el empezaba a desarrollar tortícolis por agachar la cabeza y cubrirse del agua, de modo que se inclinó sobre Julian para pedirle la sombrilla. Estaba a punto de abrir la boca, cuando este le soltó un bofetón.

Aquello de seguro se vio ridículo desde el punto de vista del nuevo encargado, quien no pudo evitar echarse a reír. Él frunció el ceño sobándose la mejilla.

—¿Pero qué demonios te pasa? —Romeo no se atrevió a inclinarse una vez más para ser escuchado.

—¡Me cuido de ti! ¡Monstruo besucón! —contestó en un grito, levantando la voz muy por encima del sonido de la lluvia. Había golpeado a Romeo por impulso, sin embargo, lo que dijo era cierto. Desde que volvió a encontrárselo, no podía evitar sobresaltarse cada vez que este se le acercaba de manera repentina.

—¿Qué eres? ¿Una quinceañera? —preguntó avergonzado. No esperaba que Julian sacara el tema de una manera tan directa, pero para ser francos, Julian tampoco esperaba hacerlo.

—No creo que haya alguien en el mundo que quiera ser besado a la fuerza por nadie, ni siquiera por su propia madre —Él tenía el ceño fruncido y estaba muy molesto, aunque no tanto como Romeo esperaba, es decir, al menos estaba hablándole.

—Mira, lo siento por el beso y para que lo sepas, no voy a decirle a nadie sobre tú y tus fetiches con tu madre —argumentó en tono conciliador. Por su expresión, era obvio que estaba bromeando. Julian lo miró a modo de advertencia y Romeo levantó sus propias manos en señal de rendición.



Paloma Caballero

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Editado: 04.10.2019

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