Rosa pastel

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22. Rosa pastel

Maratón final 3/8

Paciencia, la vida nunca es justa.

 

***

 

Algunas semanas corrieron con tranquilidad y algunas cosas comenzaron a mejorar para mis hijas y para mí. El dinero ya no se volvió un problema y si un punto a favor para comenzar a ahorrar para mis propios proyectos personales. 

Me había convertido, y sin creérmelo, en el pilar de mi hogar. Era el sustento, y no solo económico, si no también afectivo, de toda mi familia, incluido Juan, quien se había visto beneficiado con las terapias que los doctores del hospital entregaban para él. Más por sus problemas de control de ira y su constante depresión.

El seguro médico cumplió su parte del trato y cubrieron todo el tratamiento de Juan, quien logró, al final del tratamiento, levantarse por sus propios medios desde la silla de ruedas en la que se había mantenido desde que había despertado. Y a pesar de que aún no tenía la fuerza suficiente para caminar, el hombre lo estaba intentando con exceso de motivación. Algunas veces agradecí a Abril, quien se había mostrado muy comprensiva para con su padre, y a pesar de todo el negativo pasado que habíamos vivido juntos, ella le entregó una segunda oportunidad.

Juan regresó a casa, guiado por el cariño que Abril le entregaba y la confianza que yo —ciegamente—, le facilité.  Se comportaba como un ser humano otra vez y era amable en cada oportunidad que requería mi ayuda o la de nuestra hija mayor. 

Llegó a un acuerdo con la empresa para la que trabajaba y aunque no recibiría el mismo salario de siempre, al menos tendría un trabajo seguro y nosotras una estabilidad mucho mejor. Michelle, su juvenil novia, se encontraba en la etapa final de su embarazo e intentaba visitarlo a menudo, pues sus síntomas empeoraban cada vez más. 

En cuanto a Violeta, mi pequeña comenzaba a dar sus primeros pasos y aquello me mantenía con el corazón completo, pues tras mi dura separación con Dan, todo en mí se había destrozado, y aunque nunca me mostré afectada, en el fondo estaba destruida y desalentada. 

Durante el día era yo, la antigua Kalei, cargada de vibras positivas y sonrisitas en cada segundo del día, pero en cuanto me encerraba en la privacidad del cuarto de invitados, —pues no compartía habitación con mi marido—,  mi mundo de desmoronaba con violencia y un mar de lágrimas me amargaba hasta altas horas de la madrugada.

Para aquel fin de semana mis padres estuvieron de visita, todo con la intención de alentar a Juan en sus últimas terapias y así también para brindarle el apoyo que requería en sus duras sesiones de rehabilitación. Mi madre se mostró suave con él, pero dura conmigo, y tras una tensa charla que desarrollamos en la cocina, terminamos gritándonos en el patio trasero de la propiedad en que Juan y yo vivíamos, y todo producto de mi insistencia en el divorcio.

—No es tiempo de que sigas exigiendo eso —requirió—. Él te necesita y tus hijas lo necesitan a él. ¡Nunca se abandona a la familia! —protestó y dicho eso, se calló, dejándome por igual en la mitad de mi amargura.

—No lo voy a abandonar, solo quiero que él y yo no tengamos nada en común.

—¿Qué hay de las niñas? ¿Acaso no son hijas de Juan? —preguntó y suspiré derrotada—. Kalei, lo mejor es que esperes un tiempo. El divorcio puede esperar. La salud de tu marido no, y tampoco la salud mental de tus hijas. Violeta está en periodo de crecimiento, ¿crees qué es bueno para ella qué esté viviendo con un desconocido? —refirió por mi pasado con Dan.

—Pero, mamá...

—¡Cállate, por favor! Eres peor que una niña de seis años, eres peor que tu hija. ¡Abril es más madura que tú! —reclamó, y tras eso, me abofeteó—. La vida no es color de rosa, tampoco es un juego, Kalei. Esta es la vida, la vida real. Y duele, es dura y nunca es justa. 

Aguanté el llanto hasta que se calló y en cuanto vio lo que había dicho y hecho, se marchó. Me quedé en el patio trasero de la propiedad, sollozando enrabiaba, al borde de perder la cabeza y gritar furiosa, pero me contuve, pues no quería que mis hijas me oyeran, pues no tenía claro cómo iba a explicarles lo que me ocurría.

Tenía un dilema dentro de mí, no era un problema económico o alguna urgencia que debía solucionar con prisa. Era lo que yo quería tener contra lo que yo debía hacer. Pero, ¿por qué hacer algo que no queremos? ¿Por el bien de los demás? ¡He pasado una vida intentando hacer lo que debo y no lo que quiero!

Yo quería el divorcio y no era por capricho, era porque de verdad merecía ser libre, pues a pesar de que Juan y yo no teníamos ningún lazo romántico y solo familiar, seguía sintiéndome como su esclava, como su sucia sumisa. Pero al parecer nadie lograba entenderme, nadie conseguía entrar en mi cabeza, ni en mi corazón y la mayoría de las personas en las que había confiado ahora me daban la espalda.

No quiero que piensen mal de mi hermana, pues fue ella la única que me apoyó desde el primer día en que decidí alejarme de Juan y de su veneno, pero la mentira que fundé para mantenerme junto a Dan sin lastimar a nadie terminó separándola de mí, pues se mostró completamente ofendida para cuando se enteró de mis mentiras y juegos. 



Caro Yimes

Editado: 24.04.2019

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