Rozando la oscuridad ©

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CAPÍTULO 05

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ROSE

Por primera vez en mucho tiempo lo hice, me dejé ir y lloré, no por el dolor físico, sino por el emocional, que era el que más ardía. No comprendía cómo o qué me había arrastrado hacia esta situación; simplemente no entendía nada, y parecía una pesadilla interminable.

Mi cabello se pegaba a los lados de mi rostro húmedo por las lágrimas que parecían no tener fin. De repente, me sentía más ligera, conseguí drenar la mayor parte del dolor, pero sabía que resarciría en instantes, al darme cuenta de que sin importar lo mucho que lloriquee, nadie va a sacarme de aquí. Nadie vendría por mí. Estaba sola.

Jodidamente sola.

¿Cómo ser fuerte cuando sabes que estás cerca de un posible final? ¿Por qué seguir luchando contra algo invencible? ¿Por qué fingir que no hiere, cuando es lo único que hace?

Me cuestionaba constantemente dichas incógnitas y, llegaba a la conclusión de que no existía respuesta. Ni siquiera se me permitía correr, tenía cadenas en los pies y manos que me retenían de intentar buscar un posible escape, apenas y me concedían un mínimo de movilidad. Mi estómago rugía, pero me negaba a comer la comida que aquel señor me traía cada mañana, supuse que, si continuaba así, no tardaría mucho en caer en una austera desnutrición.

Y, probablemente, esa sería una muerte mucho menos dolorosa a la que me esperaba si continuaba allí encerrada.

Ese día me pareció ver una luz mientras los sollozos escapaban de mí sin parar. Sentía un inusual picor en la garganta pero, aunque quisiera, no podía detenerme, estaba fuera de mi control porque comenzaba a aceptar mi destino. No volvería a mi vida anterior, no poseía la más diminuta posibilidad de escape, y estaba sola. Esos tres factores me hacían derrumbarme en su totalidad, sabía que no lo soportaría mucho más.

Un momento eres una chica con una vida carente de emoción, y, segundos después estás en una fiesta, tomando sin control y coqueteándole a tu platónico sin descaro alguno. ¿Luego? Pues luego te percatas de que has estado mirando continuamente en la dirección equivocaba y sientes la decepción surgir potente en tu interior. Eres abandonada por tu hermano frente a una casa desconocida, ebria y perdida. Ingenuamente, tocas el timbre y te recibe un señor muy amable; no te regaña por estar borracha y se muestra tan comprensivo como una persona podría serlo.

Caes, caes profundo en su trampa y despiertas en un sótano oscuro y pavoroso, atada a una pared y recordando pequeños sucesos de la noche anterior.

Esa era mi historia. Cómo caí en un terrible engaño y erradiqué cada gramo de felicidad que aun pudiese seguir vigente en mí.

Días después ya conseguí acordarme de absolutamente todo. Y eso no me ayudó a sentirme mejor, sino que colaboró a deteriorarme y suprimir mis esperanzas.

Sollocé y maldije en voz alta a Louis, por ser un estúpido cabrón. También despotriqué contra Ross por ser un hermano de mierda. Los insultos se escapaban por sí solos y no hacía ningún esfuerzo por retenerlos. Ellos ni siquiera iban a escucharme.

— ¿Hay alguien ahí? No intente atacar, venimos en jodida paz —escuché decir y, gracias al eco, la última frase retumbó por las paredes volviéndolo más real—. ¿No van a responder? Esto puede ponerse feo. ¡Ay!

Nuevamente aparecieron voces, esta vez era una femenina que reñía al anterior con autentico enfado.

— ¡Cállate! ¿Tienes necesidad de anunciar que vamos bajando? No seas idiota.

— ¿Tenías que golpearme por eso? Me siento ligeramente ofendido —indicó.

—Déjense de niñerías y bajen, ahora —ordenó, y reconocí por su tono que se trataba de un hombre. Y que su humor no era el mejor.

Entonces en mí se activó el instinto de supervivencia y, entre mi llanto, grité lo más que mis cuerdas vocales me permitieron:

— ¡Estoy aquí! ¡Por favor ayúdenme!

No me di cuenta de cuándo me dejé llevar otra vez por el llanto; sin embargo, mis palabras se transformaron en continuas incoherencias y mis gritos de auxilio se asemejaban a fuertes quejidos. No obstante, segundos más tarde una luz apuntó en mi rostro y vislumbré la silueta de tres personas a través de las lágrimas.

— ¿Estás bien? —cuestionó la chica de forma cautelosa. Sostenía el telefono del que provenía la luz y su mano temblaba levemente.

—Ayúdenme —articulé—, por favor.

Se veían reticentes a brindarme su ayuda. Ninguno se acercó. No entendí por qué, si solo se trataba de poseer una pizca de humanidad y brindarme una mano. Quizá no confiaban en mí, no creían que de verdad estaba atrapada. Posiblemente ellos también habían sido víctimas de aquel señor que comencé a apodar Demonio, ya que desconocía su atentico nombre.



Vianely Carolina

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En el texto hay: misterios, romance, suspenso

Editado: 16.07.2018

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