Saga del Devorador de Almas: Cuentos para Morir I

Tamaño de fuente: - +

POSEIDO

Por Mikaela Channing

Patrocinio "Letras Blancas en el Tiempo de Aiyar"

"¿A quién está observando mientras se place en aniquilar?"

El primer disparo retumbó. Rompió con el silencio de la casa. Rompió con el silencio en mi mente.

La chispa de la pólvora escapando del cañon recortado de la escopeta iluminó por un segundo el rostro paralizado entre horror y dolor de la chica. Los balines escupidos por el arma se incrustaron en el pecho, haciendo que cayera de espaldas.

Acababa de llegar a casa... Es cierto, venía un poco tocado por la marihuana que me habían ofrecido. Me preparaba para el regaño ininterrumpido de papá por haber violado la hora de regreso, pero ¿quién a sus 18 años puede abandonar una fiesta cuando apenas comienza a la 1 de la mañana? Imaginaba abrir la puerta y encontrarlo allí, sentado, tamborileando con los dedos sobre la mesita de la estancia. Me equivoqué, en la penumbra solo me tropecé con mi hermana y "Él" también la encontró, dando su último adiós sin el tiempo suficiente de que gritara.

Ese maldito giró sobre sus tobillos, subió la escalera. Era fácil percibir la pesadez de su respiración y lo automático de sus actos, revelando su malévola intención.

Papá apareció en la cima de los peldaños, alertado por la detonación:

─¿Qué pas... ? ─su pregunta fue interrumpida cuando el rostro le fue destrozado tras el segundo rugido del arma.

Sentí asco, impotencia. Era un testigo inútil.

Pasó por encima de los sesos desperdigados en el suelo. El olor a pólvora y sangre mezclándose rápidamente, impactó fuerte y, como si tratara de soportar un puñetazo directo a la cara, me sujeté del barandal con la mano izquierda, mientras "Él" me recordaba que tenía el control: mostraba la escopeta y gruñía divertido.

Se dirigió a la habitación principal, justo donde de donde papá acababa de salir; parecía vacía... la cama estaba desarreglada, paseó lo macabro de su mirada por cada rincón del lugar y como si un instinto sobrenatural le impulsara, se acercó al closet y apuntó hacía la puerta cerrada: ¡BANG!

«¡Dios mío... ¡Mamá no, por favor!» Un grito ahogado por el gemido de la mujer que en agonía se desplomaba a través de la puerta despedazada. Era ella. Ahora todos estaban muertos.

El asesino se desgajó en una carcajada descomunal. Se movió con una lentitud cínica hasta ubicarse ante el espejo. Me llené de horror y rabia cuando en el reflejo del cristal apareció mi propia imagen.

─¡Ya basta! ─rogué desesperadamente. ─Devuelve mi cuerpo, por favor.

─Con gusto ─respondió dejando que la boca, mi boca se esplayara hasta que apareció una sonrisa espantosa.

Y así sentí el sabor a pólvora en mi lengua antes de escuchar el click del gatillo al activarse.

¡BANG!

 



Letras Blancas

Editado: 30.12.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar