Saga La Bestia

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Capítulo 7

— ¿Por qué me pide perdón? —cuestiono, echando mi vista a sus entreabiertos y apetecibles labios rojos carnosos.

Debería de no mirarlo así, pero simplemente no puedo evitarlo, mi mente se centra en él, en su boca y su estado de ebriedad. No sé qué es lo que pasa conmigo, él es un ogro, un idiota; yo debería detestarlo, pero mi capacidad de razonamiento no me alcanza para ello.

¿Por qué estoy tan nerviosa?

—Porque soy un animal contigo, un completo asno, Paula — musita, sin apartar su vista de mí. Me examina con cuidado, se fija en las expresiones de mi cara. Espera a que diga algo, pero entonces vuelve a hablar —Perdóname por ser un Patán gilipollas.

—Señor Beckett, yo…

No puedo seguir hablando, me paralizo cuando se echa sobre mí con los ojos cerrados. Su cabeza está recostada sobre mi pecho, su cabello mojado huele a lluvia, pero en especial a ese shampoo con olor a Vainilla. Su fragancia cara de Paris se ha opacado por el agua y el alcohol, eso predomina en el ambiente e invade mis fosas nasales.

Jamás Había convivido con una persona ebria, nunca en mi vida, papá y mamá nunca fueron de ese tipo de personas amantes del licor o que buscasen refugio en ello, ni con amigos ni en casa.

Sebastián descansa sobre mí, no se aparta para nada. Me siento algo incomoda, pero no se lo hago saber en ningún momento. Unos minutos más empiezo a acostumbrarme a la maravillosa nube de sensaciones que se plantan en mi ser. Con mis finos y pequeños dedos, enredo un par de mechones dorados en mis manos. Juego con ellos, entretenida y embelesada por la belleza del hombre que se halla derrumbado sobre mí, y que está algo pesadito.

Tengo la valentía de quitarle el cabello de la frente. Su semblante es de cansancio, se ve como todo un jovenzuelo de mi edad, ya no parece tanto ese amargado y obstinado hombre de 26 años, ya no hay más arrugas por sus enojos ni gestos contrariados reprendiéndome como bestia.

Este Beckett parece rendido, me inspira ternura y cariño a la vez, ganas de abrazarlo de repente. Tiene las pestañas largas, oscuras y espesas, la combinación perfecta para ese par de ojos grises saltones. Sus labios están formando una línea recta y su pecho baja y sube a un ritmo acompasado. Hay algo de vello en su recta mandíbula.

Al llegar a la mansión, Hudson hace lo posible por despertar a Sebastián, que duerme plácidamente sobre mí. Lo hace despertar, y le escuchamos murmurar una que otra incoherencia, sonríe y suelta carcajadas durante todo el trayecto a su cuarto, en el que es conducido en la silla por el vigoroso chofer de traje.

La señora Beatriz (su nana de la infancia) nos observa atónita, camina junto a nosotros sin perdernos de vista.

— ¡Bendito sea el señor, gracias a Dios que llegaron! —exclama, haciendo la señal de la cruz. Luce angustiada por las líneas de expresión en su rostro, aunque en parte se debe a su edad. — ¿Qué les pasó? ¿Por qué están mojados, Paula?

—Es una larga historia; agua del cielo nos vino encima —contesto, pensativa. No paro de pensar en las palabras de mi jefe en la plaza, cada una de ellas quedaron en mi mente. Todo me hace eco en la cabeza.

 

  • la lluvia es la culpable de todo, de todo —asevera Beckett, sonriendo como un loco.

 

— ¡Sebastián, me tenías muy angustiada, hijo, no vuelvas a hacerme esto! — lo amonesta Beatriz, cruzada de brazos.

—No me regañes, vieja –espeta en tono gruñón —Tenía que salir a buscarla —me mira al decir esas palabras, no sonríe, está serio e inexpresivo. —Necesitaba pedirle perdón, Beatriz, créeme que lo necesitaba de verdad…

Se calla cuando entramos en su habitación. Hudson se marcha y Beatriz sigue allí, parece esperar algo.

—Paula, puedes ir al cuarto de visitas que está junto a la biblioteca, hay ropa de tu talla esperando por ti, cariño, ponte algo seco, cojeras un resfriado si no te cambias esa ropa mojada –sugiere la anciana de cabello gris y vestimenta doméstica.

—no, gracias, prefiero no molestar, Beatriz —coloco mis manos tras la espalda –me iré a casa ahora mismo…

— ¡No, no te irás, está noche te quedas aquí! — rezonga, ricitos de oro, frunciendo los labios y el entrecejo. — ¡No tienes permitido irte! —sentencia, asesinándome con la mirada.

—estoy de acuerdo con Sebastián, Paula. No es conveniente que te marches ahora, está demasiado tarde, además la tormenta “Camila”, esa fulana se dirige hacia acá, lo escuché en la radio. Tocará Detroit más o menos en una media hora, no es seguro que te marches.

Que conveniente resulta ser para mí que la dichosa tormenta esa llegue en una media hora. No podré irme a casa. No me veo pasando la noche en casa de la Bestia, ¿qué tal si mañana vuelve a tener ese carácter de culo?

Mañana seguirá siendo un gilipollas.

—Iré a prepararte el cuarto de visitas –anuncia Beatriz. Asiento desganada e insegura, y se marcha con prisa por la puerta de la habitación.



Criswell A. Ojeda

Editado: 08.02.2019

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