Sagrado Y Maldito Don

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CAPÍTULO I

Desde niña cosas raras pasaban en mi vida, extraños acontecimientos que me cambiaron y todo comenzó al morir mi abuela quien me crio desde los 5 años de edad hasta mis 19 en que falleció. De ella sólo tengo buenos recuerdos, mucha gente del pueblo acudía a ella para que los curara con hierbas, ungüentos naturales y otros remedios, era muy respetada pero nadie la conoció bien, se puede decir que ni yo la conocía completamente.

Ella me enseñó a cocinar, a combinar distintos tipos de condimentos y hierbas para darle sabor a los alimentos y convertirlos de una simple comida en un exquisito manjar, tenía la habilidad de hacer que unos simples frijoles te supieran a gloria.

Mi abuela nunca accedió a hacer amarres, para ella obligar a una persona a quererte nunca trae nada bueno, ella decía que desde que nacemos tenemos un destino que está ligado a la persona que será nuestro amor, nuestro compañero, el único y verdadero. Me gustaba cuando me contaba historias de como ella y mi abuelo se conocieron, de cómo se habían estado buscando varias vidas atrás y hasta ahora se habían encontrado. Sufrió mucho cuando el abuelo murió, recuerdo que cuando lo sepultaron mi abuela platicaba con él, como si estuviera ahí y fuera uno más de los asistentes al sepelio, la verdad, creí que se estaba volviendo loca, en su momento no lo entendí, hasta que al siguiente día del entierro de mi abuelo, me dijo que me fuera a dormir a casa de mi tía Mercedes porque ella tenía algo que hacer esa noche, por supuesto, me pareció extraño pero sin titubear le obedecí pues pensé que quería estar sola.

Al anochecer estaba en casa de mi tía pero no podía dormir, la casa era acogedora, incluso tenía una recámara de visitas y no tenía que compartirla con nadie, a pesar de ello y de lo cómoda que estaba la cama, me sentía ansiosa, se me había espantado el sueño y, después de cambiar varias veces de posición y de arroparme, desarroparme o intentar dormir sin almohada, me rendí, nada funcionaba y mi desesperación crecía, tenía que ver a la abuela, no podía dejarla sola y menos en este momento, así que decidí ir a verla a pesar de que era muy tarde.

Me calcé unos tenis y me abrigué con una sudadera encima de mi pijama rosa de borregas, ahora que lo pienso me he de haber visto algo cómica pero no me importaba era mi pijama favorita, regalo de mi madre para las noches frías de invierno. Me colé como pude por la ventana del cuarto sin hacer ruido para no despertar a mi tía, una vez fuera en el jardín pude sentir el viento helado del mes de noviembre pero no me hizo arrepentirme, tenía que ver a mi abuela y corroborar que estaba bien.

Caminé por las calles del pueblo sorprendentemente vacío, era raro verlo así ya que estaba acostumbrada al bullicio, al ir y venir de la gente, iba a prisa y pronto tomé rumbo por el sendero del bosque que llevaba a casa de mi abuela, los ruidos que podía percibir ya no me asustaban como cuando niña ya que sabía que los animales no me herirían, eso me decía la abuela, ella siempre decía la verdad, yo le creía.

Al estar cerca de la casa pude alcanzar a ver una luz tenue en el vivero donde la abuela tenía varios tipos de hierbas, me acerqué y no podía creer lo que veía ni lo que escuchaba, mi abuela hablaba con alguien, le decía que la esperara que aún no era su tiempo, sabía que volverían a estar juntos de nuevo, que yo aún no estaba lista y que no podía enseñarme ni explicarme todo de una sola vez, que poco a poco yo lo entendería todo.

- ¿Entender qué? Por Dios que tengo que entender y ¿Por qué la abuela se aluza con una vela?

Pensaba sin hacer ruido y sin dejarme ver en la puerta entreabierta. Entonces la luz la cual yo pensaba que provenía de una vela se acercó a mi abuela y ¡era mi abuelo! No su cuerpo físico pero si su silueta claramente definida, como si estuviese hecha de humo blanco que despedía luz, pude ver como se acercó a la abuela y le besó la frente para luego desvanecerse. Tal espectáculo me dejó sin poder emitir una sola palabra, sin poder moverme siquiera, entonces ella se levantó de la silla y caminó hacia mí como si todo el tiempo supiera que yo estaba ahí, abrió la puerta colocó sus manos sobre mis hombros y me dijo:

- Anda mi niña, vamos a dormir

Al verla tan cerca pude notar que había llorado, sus ojos estaban brillantes y aún con lágrimas que amenazaban con seguir brotando y resbalar por su rostro aún húmedo por las lágrimas que enjugó, y yo, yo no pude decirle nada, sólo caminé a su lado.

Un rico olor me despertó a la mañana siguiente, esbocé una sonrisa y me levanté a toda prisa, tomé una corta ducha, cepillé mis dientes, me puse ropa limpia, cepillé mi cabello y salí rápidamente de mi cuarto dirigiéndome a la cocina, de dónde provenía tan suculento aroma. Ahí estaba ella, como si nada hubiera pasado la noche anterior, cocinaba y mientras lo hacía cantaba, yo la saludé con un:

- Buenos días abuela

Ella se volvió dedicándome una sonrisa y contestó:



F.A. ZURITA. S.

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Editado: 05.03.2018

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