Salto hacia el vacio

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Castigo merecido

Primero el vértigo, después el éxtasis, ese clímax recorriendo su cuerpo de arriba abajo, mientras percibía el aroma y la seguridad que expelía aquel hombre que la sujetaba en un abrazo fuerte y protector, Lena se sentía eterna, libre, sin cadenas, al mismo tiempo que su corazón le delataba al poeta con impetuosos latidos, el grado de su euforia, quien la ceñía contra sí mismo. En medio de tanta histeria interna y rodeados de tan diversa multitud indiferente, Lena se perdía entre los vaivenes del tren intentando, inútilmente, no temblar, asiéndose firmemente de la chaqueta de cuero que portaba su acompañante escritor; en el pensamiento de ella solo estaba el descontrol; la excitación surgida de la emoción de lo que ocurría se hacía más difícil de someter, el arrobo de lo que ahora experimentaba era producto de ceder a su sadismo y todo ello se mezclaba con una vocecita alojada en su cabeza, portadora de una energía desbordante que le gritaba con júbilo "¡vamos a morir!", ya que con todo esto sentía que la velocidad del tren aumentaba.

En realidad, el tren viajaba a una velocidad constante; un día de Julio de 1889, inauguraban aquel medio de trasporte que modernizaba la vieja ciudad de Santa Fe de Bogotá, al igual que Lena inauguraba unas alas con sabor a libertad, y aquel desconocido su sed de experiencias nuevas. Ella aun creía mantenerse en control, hablándole calmadamente al poeta que la acompañaba, le contaba sobre su ciudad, entre cosas bizarras e históricas gesticulaba por inercia, ya que su razón se perdía, en lo profundo del café oscuro de aquellos ojos que la observaban de una singular forma. Ni el miedo ni el remordimiento hacían su aparición en su mundo, tampoco se veía algún indicio de que la justicia estuviera buscándolos por lo que sucedió horas antes.

Mía aun respiraba y se sentía tan fuera de sí que se creía drogada por el dolor, veía los rostros difusos del hombre que ella amaba y de su gemela. No podía creer que aquel que juro casarse con ella, en ese momento, fuera su verdugo; que dichos seres, únicos en su mundo, se volcaran contra ella volviéndose un par de desconocidos. Mía ya no quería algún argumento que justificara lo que sucedía, ya no se hacía preguntas, no indagaba ni intentaba buscar alguna explicación a los extraños acontecimientos, solo tenía en su mente la aceptación de que en unos minutos dejaría de existir; pensando en su vida y aun estando en ese estado tan deplorable de despojo y tortura, llego a su cabeza la idea de que moriría virgen.

No agonizaba lo suficiente como para apartarse del todo del plano real, todavía lograba conectar sus ideas y relacionarlas con lo que atisbaban sus ojos, tenía palco de honor en la bacanal que presenciaba obligada (como aquel desconocido poseía el cuerpo, bañado en sudor, de su hermana).

Mía, a pesar de la condición en que se encontraba, importándole poco que fuera él quien le hizo más daño; envidiaba el hecho de que fuera su gemela, y no ella, quien estuviera haciendo el amor con aquel compositor de versos rotos, ella observaba ya sin inmutarse, como su propia hermana devoraba con lujuria excesiva a ese ser, que, había jurado alguna vez, amarla por siempre. Mía tenía un panorama alentador, los seres que amaba saciando su libido sobre el tapete rojo que brotaba desde sus heridas; contemplaba ya sin asombro y con un dolor tan profundo que superaba el sufrimiento que le producían las contusiones, causadas por esos infames presos del deseo.

Deseaba morir y en vez de encomendar su alma al creador y aferrarse a él, en su mente solo renegaba y lamentaba ser tan débil; arrepintiéndose de ser buena, noble y servicial, se culpaba por no ser como su hermana y se repudiaba por haber sido siempre tan sumisa; maldecía el hecho de haber nacido en una época y bajo una sociedad que no protegía a una dama frágil y vulnerable como ella, que solo era una pertenencia de alguien más; se arrepentía de aceptar años atrás su condición de mansedumbre cuando noto la realidad de la vida; no como Lena, su hermana, quien se revelo consiguiendo siempre lo que quería, Lena dominaba, casi que, por brujería, una práctica astucia diabólica y no satisfecha con ello, el arte de la manipulación le fluía tan naturalmente que lo utilizaba sin proponérselo. Mía también se resignó a la idea de que nadie pagaría por este crimen; lo que más la indignaba eran las habladurías que se provocarían al descubrir lo que había sucedido, todo el mundo se daría cuenta de lo que le hicieron, de sus golpes, las heridas, las quemaduras. Se imaginaba ya los comentarios de cómo fue que se crearon las contusiones, como la martirizaron, la asesinaron y lo que más temía ella, dirían que la humillaron abusando sexualmente de ella, al verla sin ropa; las murmuraciones de los demás la afligían, más de lo que la habían torturado su hermana y su prometido; su honra quedaría por el suelo, pero lo que verdaderamente la acongojaba, lo que la hacía sentir tan desgraciada era ver que nadie, ni siquiera aquel extraño que observo su desnudes, la vio como mujer.

A Mía ahora no le importaba los golpes, ni las heridas o cortaduras, así como tampoco, las veces que el filo de la plata penetro en su carne traspasando su suave tez, ni la cantidad de piel carbonizada a causa de la cantidad de tiempo que dejaba los hierros candentes sobre su cuerpo; poco significaba los huesos rotos, o la cantidad de sangre que enseraba el piso de madera, donde yacía echada sin poder moverse.



J.E.P

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En el texto hay: infierno, asesinos, muerte tragedia sangre vida

Editado: 03.01.2019

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