Salvando Nunca Jamás

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Capítulo XIX: La historia en las estrellas

¡Hola! Muchas gracias por leer mi historia, no olviden dejar sus comentarios, me hacen feliz :D

Love,

Nikky Grey.

Editado el 27/07/15

Segunda edición 25/09/19

Capítulo XIX:

La historia en las estrellas:

"¡La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos, que consentimos en ser inferiores!"

Julio César (Acto I, escena II), por William Shakespeare.

Peter le dio el collar a tu madre en agradecimiento por coser su sombra de vuelta. Wendy estaba muy ilusionada, pero cuando termine de contarte lo que pasó entenderás por qué después decidió cambiarlo por un dedal.

Conoces el principio: Tu abuelo le dijo a Wendy que era hora de madurar, que debía olvidar sus cuentos infantiles y crecer de una vez por todas, y que esa sería la última noche que compartiríamos la misma habitación. Peter, al escuchar esto, nos ofreció la opción que todo niño, como él, encontraba perfecta: Irnos al país donde jamás deberíamos abandonar nuestros juegos y volvernos adultos.

Y Nunca Jamás fue, en un principio, la isla donde todos nuestros sueños se volvieron realidad. Incluso cuando las sirenas envidiaban a Wendy, incluso cuando Campanita se acercaba zumbando a interrumpir cualquier conversación entre ella y Peter, incluso cuando Garfio nos secuestró y amenazó con matarnos si Peter no se rendía... Incluso entonces, todo parecía ir de maravilla.

Pero Nunca Jamás es bastante más grande de lo que parece, y algunas de las cosas que esconde permanecen ocultas incluso ahora.

Wendy se describe a sí misma en su libro como la más responsable de los tres, una figura materna de alguna manera, y no mentía. Lo que olvidó mencionar, es que nosotros no siempre le hacíamos caso.

Esa mañana, Peter la llevó a conocer las sirenas, y nosotros nos habíamos sumergido en la fascinante tarea que era conocer ese mágico país, donde habíamos ido a parar por razones más interesantes todavía. Recuerdo que los indios, agradecidos con nosotros por haber salvado a Tigrilla (a pesar de que, como sabes, todo fue cosa de Peter y los Niños Perdidos), nos permitieron recorrer junto a ellos las tierras que pertenecían a su tribu. Puedo garantizarte, Jane, que no hubo montaña que no subimos, ni río, arroyo, lago o mar que no nadamos (A excepción de la costa donde se encontraba el barco del capitán Garfio, por supuesto. Bastante habíamos tenido con nuestro primer encuentro con él como para no querer verlo en un largo tiempo), y eso no hizo sino aumentar nuestra sed de aventuras. Nos sentíamos capaces de hacer cualquier cosa.

Y lo que es peor, sentíamos que la isla nos pertenecía.

Verás, Peter nos dio una única condición, una tan importante, que incluso él procuraba respetarla: Jamás se acerquen a la cueva sobre la montaña.

Como cualquier niño de nuestra edad habría hecho, le preguntamos por qué, y Peter, siendo un niño también, nos respondió con la respuesta que cualquier niño daría:

─ Un monstruo vive allí.

Debimos haberle creído, las cosas habrían ido mejor de haber sido así. Una parte de nosotros lo hizo, la parte que hizo que se nos acelerara la respiración al vernos los dos frente a aquella cuesta pedregosa, el correr de la cascada el único sonido en todo el bosque.

Nos miramos al mismo tiempo, y parecíamos casi sorprendidos de haber llegado hasta allí. Asustados, incluso, como si estuviéramos a pasos de toparnos con un dragón dormido (y quizá era así, ¿no eran los dragones monstruos, después de todo?).

Pero, al mismo tiempo, nuestros rostros se iluminaron con una sonrisa. ¡Sería la más célebre de nuestras aventuras, ir al sitio donde ningún otro niño se atrevía a ir!

Una parte de mí se preguntó si Peter Pan escondía allí algo que no quería que los demás encontráramos, y había inventado la historia del monstruo como una excusa. No se lo comenté a Michael, sin embargo, y estaba seguro de que no le habría importado: Él sólo quería subir, y demostrar que no era el cobarde que los Niños Perdidos creían que era, al ser el más pequeño.

El sol nos golpeaba el rostro, haciéndonos sudar por el esfuerzo de trepar las piedras, y resbalé más veces de las que puedo recordar, llenándome las piernas de arañazos y manchándome el pijama que aún usaba de sangre y de barro. Aunque nada de eso me importó, nada se comparaba con la emoción de nuestra aventura.



Nikky Grey

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En el texto hay: piratas, hadas, magos y brujas

Editado: 18.10.2019

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