Salvando Nunca Jamás

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Capítulo XXXVII: La hora de pelear

Sin prolongar más esta nota de autora, los dejo para que lean. Muchas gracias por seguir mi historia, y no olviden comentar :)

Love,

Nikky Grey.

Editado el 09/08/15

Segunda edición: 02/10/19

Capítulo XXXVII:

La hora de pelear:

"Porque esta vida es

Tan frágil como un sueño,

Y nada es realmente lo que parece..."

As it seems. Canción por Lily Kershaw.

Horas atrás.

Simon retrocedió, el pulso latiéndole en las sienes y un sudor frío bañando sus manos. Estaba rodeado. Media docena de piratas tenían sus ojos fijos en él, sus espadas desenvainadas preparadas para hundirse en su carne. La necesidad de un arma no se le había ocurrido hasta ese momento, y se dio cuenta que había sido estúpido de su parte salir al encuentro de una flota entera de hombres entrenados para pelear sin más ayuda que Layla.

No que despreciara su compañía, pero en ese momento hubiera preferido estar con cualquier otra persona. Alguien más grande, por ejemplo.

─ Esto se ve mal ─murmuró ella en voz baja, observando a los piratas con ojos desorbitados desde el bolsillo de su camisa.

─ ¿Tú crees? ─respondió él, también en susurros, aunque no sabía si serviría de algo.

─ ¿Vas a algún lado? ─preguntó uno de los hombres, su voz arrastrando consigo un olor que le recordó al callejón a un lado del café, repleto de contenedores de basura y excrementos de animales callejeros. Simon abrió la boca, aunque no vino a su mente nada que de alguna manera pudiera sacarlo de esa situación.

─ Y-yo...

─ ¿T-tú...? ─inquirió otro de los hombres, enarcando una ceja y sonriendo, burlón.

Tragó pesadamente, forcejeando su cerebro embotado por el terror en busca de una solución.

¿A quién engaño? Estoy muerto.

El pirata del centro se encogió de hombros con aire resuelto.

─ Bueno, si no tienes más nada que decir...

Retrocedió, y los oídos le zumbaron cuando los piratas se lanzaron hacia él, espadas en mano. Era consciente de que había gritado, pero su voz se perdió en el coro de gruñidos que siguió, y echó a correr, desesperado, aunque sabía que era sólo cuestión de tiempo hasta que lo encontraran.

No fue hasta que llegó al pie de la escalera que se dio cuenta de que había algo extraño. Siguió adelante, sin embargo, el miedo diciéndole que ignorara lo que sea que fuera, que no valía la pena darse la vuelta...

Pero a la mitad de la escalera, supo de qué se trataba. Incluso con el zumbido en sus oídos, era consciente de que no había ningún ruido de pasos detrás de él─ Y había pasado bastante tiempo escuchando los bruscos pasos de los piratas para saber que estos no eran de caminar sigilosamente.

Con el ceño fruncido, Simon se dio la vuelta, y en efecto, vio que era el único en la escalera. Unos escalones abajo, el pasillo y estos se perdían en la oscuridad, pero incluso así supo que nadie lo estaba siguiendo. ¿Sería un truco? ¿Esperar a que bajara de nuevo para atacarlo?

Pero ¿Por qué esperarían? ¿Qué clase de idiota bajaría a preguntarles a los matones con espadas por qué no corrían tras él?

A menos, claro, que supieran que buscaba la llave. Y tenía que buscarla, Marlene seguía atrapada en la celda, y Arthur no podría retener a los piratas por mucho tiempo. Incluso si hubieran previsto su movimiento, Simon no tenía más opción que seguir adelante.

Tomó aire, asintió para darse ánimos, y forzándose a mantenerse calmado, comenzó el descenso.

La oscuridad traía consigo una pesada sensación de aprensión, y un hormigueo en la nuca que le indicaba que no era la primera vez que se sentía perdido. Un escalofrío le puso la carne de gallina, y sacudió la cabeza para apartar el pánico paralizante que amenazaba con tomar el control de su cuerpo. Se terminaron los escalones, y la penumbra lo acompañó un par de pasos más, que se le hicieron eternos como si, de golpe, el peso del nuevo mundo y el miedo que este le causaba lo hicieran moverse más despacio.

Pero como en la entrada a la eternidad, y la frase más trillada de todos los tiempos, Simon distinguió una luz al final del túnel. Varias luces, en realidad.

Parpadeó, sorprendido, y aceleró su ritmo, la curiosidad ganándole al instinto de salir corriendo. Un puntito blanco flotaba entre sombras oscuras, iluminando sus contornos como el sol tras la luna en un eclipse. En torno a las sombras, varias lucecitas más titilaban como estrellas.

─ ¿Layla? –musitó, frunciendo el ceño mientras se acercaba.

Las sombras se hicieron definidas, humanas, masculinas. Los piratas que lo habían rodeado flotaban en el aire, suspendidos entre las motitas blancas, y no estáticos, como le había parecido desde lejos, sino forcejeando violentamente y maldiciendo a voz en grito en un intento por soltarse. Aunque sus gritos le perforaron los oídos y retumbaron a su alrededor, no había sido consciente de ellos hasta que estuvo a escasos pasos de distancia.



Nikky Grey

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En el texto hay: piratas, hadas, magos y brujas

Editado: 18.10.2019

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