Sangre damphyr

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El asesino de Whitechapel

Londres, Inglaterra 1888

El hombre salió del Miller's Cour con paso apresurado. Sus ensangrentadas manos le temblaban todavía, culpa de la adrenalina que sentía en ese preciso momento. El rostro de Mary Jane Kelly no le dejaba en paz. Estaba completamente seguro de que esa mujer era una de ellos.

Guardó su daga de plata dentro de su funda, y se cubrió con la capa, ajustándose el sombrero. El hombre siguió caminando tratando de no llamar la atención de los pocos transeúntes que se encontraban en Whitechapel.

Llevaba ya varios meses haciendo el mismo trabajo, evitando al cuerpo de policía de Scotland Yard y burlándose de ellos con las cartas que firmaba con el nombre de Jack «El destripador».

Una leve sonrisa apareció en su rostro, pero se desvaneció segundos después.

Hace exactamente tres días se cumplió el primer aniversario de la muerte de uno de sus amigos, Quincey Morris, en manos de los gitanos en aquella batalla que conmemoró el inicio de su nueva vida. Él estaba ahí, recordando cada detalle de la persecución en los Montes Cárpatos.

De pronto, su atención fue captada por un policía que se acercaba a él. Sintió como su pulso se aceleraba y nervioso, decidió aceptar el destino si es que era detenido en ese mismo momento, pero, para su buena suerte, el policía siguió de largo.

«El destripador» cruzó la calle y decidió seguir caminando sin rumbo fijo hasta sentirse completamente a salvo. A veces, tenía ideas en las que era perseguido por la mujer a la que tenía que destruir, razón por la cual, procuraba ser lo más discreto con la misión que le había sido encomendada tiempo atrás.

Raras veces, en sus sueños veía su rostro. Otras, era perseguido y torturado hasta la muerte. Pensar siquiera en esa posibilidad sí que lo atemorizaba.

La sangre se le helaba y solo deseaba poder compartir el mismo destino que Quincey Morris. Desgraciadamente, estaba vivo por otra razón. Una de la cual estaba seguro vería en poco tiempo.

La niebla a sus pies comenzaba a densarse más y más con cada paso que daba, la temperatura había descendido un poco más y su nariz se sentía fría hasta el grado de tornarse colorada.

Un escalofrío recorrió su espalda. Un presentimiento de muerte lo invadió. El temor apareció de nuevo en su ser. Apenas podía cerrar sus puños, pues sus dedos temblaban tanto que le era casi imposible doblarlos. Sus piernas quisieron fallarle, pues al cabo de un rato, un hormigueo subió desde la punta de sus dedos hasta los muslos. Una gota de sudor se deslizó por su sien derecha y con la mano se la limpió. No quería parecer vulnerable, al menos no ante esa curiosa sensación.

No entendía porque comenzaba a sentir nervios. Posiblemente por el temor a ser descubierto algún día o por la extraña sensación de ser perseguido.

Una cosa era segura: esa noche era el último asesinato que cometería bajo el nombre de Jack «El destripador».

—Buenas noches, doctor Seward.

El hombre se detuvo al ver frente a él a un hombre. Él estaba completamente seguro de que no había nadie en su camino, al menos, durante su avance.

Tragó saliva al distinguir a la figura.

—Malinov —Fue lo único que pudo pronunciar.

—No vengo a protegerte de ella, sino a advertirte de tus actos. Te pido que te detengas ahora —dijo el extraño.

—Esto no lo hago por ella, sino por mi Lucy. Tengo que liberar esas almas yo mismo —Seward apretó los puños y frunció el ceño—. No lo entiendes.

—Entiendo que tienes dos opciones —El hombre caminó hacia Seward—, morir en manos de ella o ser apresado por la policía.

—Los imbéciles de Scotland Yard necesitan un sabueso para encontrarme. Han pasado meses y siguen en cero dentro de sus investigaciones. Esta misión la debo cumplir, es mi venganza.

—No es venganza cuando te han pedido que lo hagas, Jack Seward —pronunció el hombre misterioso con seriedad.

El doctor Seward apretó los ojos con fuerza. Se había quedado sin palabras. No tenía idea de lo que iba a hacer ahora. De hecho, no le importaba que él supiera su identidad, es más, había estado con él durante la persecución y la muerte de dos personas a quienes habían admirado: el americano Quincey Morris y la joven británica, Elisabeth Lovelace.

—Acompáñame y obtendrás tu venganza, quédate y enfrenta la muerte —Añadió Malinov.

Jack Seward se quedó perplejo, pensativo. Frente a él estaban dos opciones que lo mantenían entre la espada y la pared, no sabía qué hacer. Tragó saliva y miró a su alrededor. La niebla seguía subiendo a cada segundo y con ello, un aroma a humedad tan peculiar que adormeció sus sentidos por completo.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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