Sangre damphyr

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Capítulo 3

...Nadie en su sano juicio va al castillo... Los vampiros existen… 200 años… En Beckov…

* * *

Sarah se despertó bañada en sudor, no podía dormir, la ansiedad de saber que había un castillo a las afueras del pueblo le emocionaba y a la vez le intrigaba. Lentamente se sentó sobre la cama tratando de despejar su mente sin éxito alguno.

«Vampiros en Beckov», esa idea no se la podía borrar de la mente.

Respiró profundamente un par de veces y decidida se levantó poniéndose sus zapatos. Después se dirigió al armario —en el que tenía algo de ropa que Zsuzsi había sido tan gentil de prestarle— y se puso una gabardina larga azul marino. Se amarró el cabello en una coleta baja y salió de su habitación, por fortuna la puerta no rechinó sino hubiese sido un trágico final, pues sus padres se encontraban al otro lado del pasillo.

Fue un poco difícil salir de la posada sin que nadie la viera o la escuchase, pero al fin estaba en el patio.

El aire fresco le sentó muy bien, ya no se sentía abrumada.

Ella necesitaba caminar así que lo hizo avanzando hacia el bosque. Su plan no era adentrarse en él, sino llegar hasta el primer árbol y regresar a su habitación pero por alguna extraña razón, siguió caminando. A cada paso que daba, la delicada brisa nocturna acariciaba su rostro. Ella seguía caminando sin importarle que la posada ya no fuese visible a sus espaldas.

Se encontraba lejos del pueblo.

El sonido de una rama quebrándose la despertó del trance. Miró a su alrededor y notó los altos árboles que la rodeaban. Por un momento se creyó sonámbula pues el no recordar cómo había caminado le intrigaba. No había nadie más en ese lugar, solo el nocturno cielo le acompañaba.

—El bosque... —susurró sorprendida al darse cuenta de que se encontraba en el mismo lugar con el que había soñado durante el vuelo. Los árboles eran altos, frondosos y a la vez escalofriantes, el bosque no aparentaba ser nada agradable, no en la oscuridad. Inclusive el ambiente se sentía asfixiante, no era el frío, había algo más.

«Vete», recordó a la mujer de su sueño.

En ese momento, ella quiso hacerlo, pero no podía moverse, algo se lo impedía, como si sus pies estuvieran adheridos al suelo, como si su cuerpo ya no fuera suyo.

—Sarah... —se escuchó una voz en la oscuridad.

La adolescente palideció al escuchar su nombre.

«No dejes que te encuentre...», aquella advertencia hizo eco en su mente, pero ya era tarde para reaccionar. Frente a ella se encontraban un par de ojos carmesí observándola con atención.

«Esto no puede ser verdad...», pensó asustada. «Estoy soñando. Es sólo un sueño».

—No. No es esto un sueño —dijo la voz tranquilamente, como si tratase de calmarla, pero fue inútil porque, con cada palabra pronunciada, la piel se le erizaba y su respiración se volvía más agitada. Aquella presencia lo notó—. Tranquila, Sarah o te dará un infarto.

Sin pensarlo y sin saber cómo, las piernas le respondieron echando a correr en dirección contraria a la de los ojos.

«¿Por qué correría hacia ellos?», sus pensamientos eran cada vez más ilógicos, el miedo que sentía le impedía pensar con claridad.

—¿A dónde vas? —volvió a decir la voz.

«¿Por qué tuve que venir al bosque, sola y de noche?», se lamentaba en sus pensamientos.

«Porque así lo quise yo…», otra voz masculina invadió su mente, esta no era como la anterior, su tono autoritario la hacía sucumbir ante ella, pero su voluntad era mayor y prefirio tratar de ignorarla, pero le siguió hablando. «Ven ahora».

El terror la invadió. Su corazón latía a mil por hora, el miedo subía por su columna vertebral estremeciéndola y, la fría brisa contra su rostro no hacía más que aumentar el pánico porque, detrás de ella un enorme lobo negro la perseguía con determinación, en busca de un solo objetivo: alimentarse.

Sarah quiso gritar, pero no pudo, perdió su voz y de su garganta no salió más que un grito ahogado. El sudor brotaba de su frente y su corazón bombeaba sangre con tanta velocidad que pareciera que en cualquier momento pudiese explotar.

—¡Auxilio! —consiguió gritar con la esperanza de que alguien la escuchara pero no fue así. El lobo estuvo a punto de alcanzarla cuando tropezó con un hombre alto que la tomó entre sus brazos.

Asustada, ella comenzó a golpearlo tratando de soltarse pero fue inútil, se sentía acorralada, atrapada en los brazos de la muerte misma. ¡Cómo anhelaba estar en su cama en ese momento!

—Tranquila... —susurró el hombre tratando de sonar reconfortante.

Sarah abrio los ojos y miró el camino tratando de ver si el animal que la perseguía se había escondido y asechando listo para atacar pero no, se había ido.

«Gracias, Dios».



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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