Sangre damphyr

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Capítulo 4

Un muchacho esperaba impaciente en el bosque, buscando con la mirada a su mentor que no había regresado después de ir a buscar el camino correcto hacia el pueblo. Habían transcurrido ya varias horas desde que se encontraba sentado sobre el tronco caído de un abeto. El joven pensando lo peor se puso de pie y comenzó a caminar eligiendo el mismo sendero por el que había visto desaparecer a su tutor, tras varios minutos andando se dispuso a correr y, como último recurso al sentirse desesperado, gritó:

—¡Profesor Gernot! —su voz hacía eco.

Continuó su camino hasta que tropezó con una piedra cayendo al suelo. El joven se levantó y queriendo limpiarse el barro de los pantalones se ensució aún más.

—¡Allí estás, muchacho! —se escuchó la voz de un hombre entre los árboles. El joven al reconocerlo sonrio—. ¿No te dije que esperarás sentado y que no te movieras? —dijo un poco molesto, mientras miraba al joven de ojos grises y el pantalón caqui sucio—. ¿Y qué estuviste haciendo? —señaló su ropa—. Ya no tienes cinco años para que juegues en el lodo.

—Pero, Profesor... —dijo el joven rubio levantando su mano derecha en señal de protesta.

—Nada de peros, Alfred —interrumpió—. Vámonos, ya encontré el camino hacia Beckov.

Ambos se encaminaron hacia el Oeste siguiendo un sendero del bosque.

El Profesor Gernot era un hombre alto, de buena musculatura y condición física; de rizos dorados y ojos marrones que le daban un aire dulce pero a la vez de ellos emanaba una fortaleza increíble que enmascaraba una profunda tristeza. Aparentaba cincuenta años por las preocupaciones que le agobiaban, cuando en realidad no pasaba de los treinta y ocho años.

Alfred por el contrario era un muchacho de veinte años, delgado, rubio, de hermosos ojos grises y mirada tierna. No era un joven muy apuesto, pero su amabilidad era infinita a pesar de que el Profesor Gernot le trataba a veces como si fuese un niño torpe, aunque él no se consideraba como tal, sino más bien sensible y tímido.

La noche estaba por caer, cuando el aire sacudió el cabello de los hombres. El Profesor Gernot se detuvo pensativo y con un gesto de suma seriedad susurró de forma casi inaudible:

—Es él...

Alfred por su cuenta solo seguía a su maestro y protector. Casi nunca discutía con él porque sabía perfectamente que esos debates nunca llegaban a ningún lugar o mejor dicho, nunca ganaba alguno. Aún así, él veía en el Profesor al padre que nunca tuvo.

Catorce años atrás, un hombre de veinticuatro años acudió en su auxilio, rescatándolo de la maldad que en una noche tormentosa y mortal le asechó. Desde que se enfrentó a la muerte siendo un niño de tan sólo seis años se dio cuenta de que en la única persona que podía confiar es aquella que desinteresadamente ha salvado su vida y no solo enfrentándose al demonio mismo, sino alejándole de aquellas personas que hicieron de su infancia un infierno.

—Lo siento... —dijo Alfred rompiendo el silencio que los rodeaba. Su disculpa sonó sincera, tal como su moral y su conciencia se lo dictaban, después de todo era a su padre adoptivo al que pedía disculpas, un hombre valiente y fuerte que le había enseñado a cómo defenderse del mal que asechaba la Tierra desde mucho tiempo atrás.

—¿Cómo has dicho? —habló el profesor sorprendido ante tal declaración.

—Lo siento, no fue mi intención perder el mapa —se sonrojó por la vergüenza que sentía.

El Profesor aceptó las disculpas y ambos continuaron su camino hacia Beckov. El recorrido estuvo un poco más animado, la conversación era muy entretenida para ambos que ni cuenta se dieron de cuando por fin llegaron al pueblo al quince para las siete. Algo peculiar que les llamó la atención fue que no había ni un alma en las calles, el pequeño pueblo parecía un pueblo fantasma.

—¿Dónde está todo el mundo, Profesor? —preguntó Alfred algo extrañado.

—Lo más probable que estén en la seguridad de sus hogares —respondió con la mirada pérdida hacia el horizonte. El muchacho se percató de ello y enseguida se encargó de buscar la posada del pueblo.

«Cuando el profesor tiene esa mirada, es mejor hablarle despacio», pensó el muchacho tomando a su mentor del brazo y llevándolo hacia una construcción de tres pisos de ladrillo, techo de madera y paja y con puerta de caoba desgastada, era la posada.

Alfred abrio la puerta e inmediatamente ambos entraron a la posada, en donde los huéspedes cenaban armoniosamente en el comedor. Al verlos llegar, los presentes les miraron extrañados y Szabó acercándose a ellos les puso a cada uno un collar de ajo alrededor del cuello mientras les daba la bienvenida y les ofrecía asiento a una de las mesas disponibles. Después de todo, nadie era lo suficientemente estúpido como para estar fuera a tales horas… a menos de que se tratara de algún extranjero ingenuo perdido en la oscuridad del bosque eslovaco.

—¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó Szabó aliviado al ver que el ajo no les repugnaba a sus nuevos huéspedes.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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