Sangre damphyr

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Capítulo 6

En la habitación nueve del tercer piso de la posada se encontraban Alfred y Abraham discutiendo un tema algo peculiar, pero a la vez intrigante. Anoche había sucedido algo extraño en el bosque, los rumores de la gente hablaban de un lobo que había asesinado a una niña de nombre Ivy, pero para otros, el asesino era un demonio.

Muchos se preguntaban si lo que sucedía en el bosque era verdad o pura fantasía, producto de la leyenda de hace varios años. Los extranjeros dudaban de las palabras y advertencias de los pueblerinos, ignorando así el peligro inminente del que eran asechados con tanta seguridad. Y entre tantos que se aventuraban a la oscuridad de la noche, pocos eran los que contaban lo sucedido. No era fácil salir sin perder la cordura, a veces se decían que el miedo había hecho sucumbir sus sentidos, alterándolos a tal punto que creían ver visiones y apariciones.

Alfred se secó una gota de sudor de la frente, producto de su angustia y estrés. Nunca antes se había sentido tan nervioso como hasta ahora, cuando presenció el posible encanto de un ser sobrenatural.

—¿Cómo has dicho? —dijo Abraham sorprendido por la declaración de Alfred. El beneficio de la duda era algo que quería mantener por el momento hasta que pudiera comprobar lo que su alumno decía.

—Hay algo en ese bosque, algo extraño, yo lo escuché.

—Y ese algo tiene que ver con tu amiga —afirmó sin desviar la mirada.

—¿Con Sarah?

—Sí. Un hombre habló sobre un vampiro. Según él, está buscando a una pelirroja —se hizo el silencio.

El pobre hombre ebrio parecía estar más cuerdo a pesar de haber perdido la cordura hace tiempo. Se decía que los locos siempre eran los más inteligentes, los más capacitados para detectar anomalías, ya que su sentido de la realidad era distinto al de otras personas, lo que los hacía diferentes ante la mirada de los demás. Lamentablemente los prejuicios siempre estarían por delante y no dejarían la oportunidad de hablar a aquel hombre que posiblemente haya hecho una advertencia.

Alfred tragó saliva antes de poder hablar:

—¿Quiere decir que...?

—Así es. La historia se repite.

* * *

Sarah salió de la posada para tomar un poco de aire fresco y reflexionar sobre su conversación con Abraham. La chica miró el cielo, una vez más era un día nublado y, al igual que el Profesor se encontraba sola.

—Sarah —una voz masculina la asustó.

Ella se giró y lo miró con una sonrisa dibujada en el rostro.

—Nicolav, ¿cómo estás?

—Encantado, ¿quiere acompañarme a caminar un rato?

—Con gusto.

Nicolav le ofreció un brazo que ella aceptó y juntos emprendieron su camino hacia las afueras del pueblo.

Lo que ellos no sabían era que un pobre hombre alcoholizado los había visto y, con dificultad logró levantarse para volver a la posada y buscar al dueño. Al encontrarlo le habló:

—Ba...Ba... —tartamudeó—. ¡Báthory! —gritó al fin.

—¿Cómo dices? —preguntó el posadero.

—La pelirroja y —hipó—, el bosque...

—¡Santo Dios! —gritó abriendo los ojos como platos—. Hay que ir por ella... —corrio hacia la puerta, pero antes de atravesar el umbral se detuvo y dijo—: ¡NO! será mejor esperar —levantó un dedo queriendo expresar una idea, una brillante idea—, o decirle al cazador ¡SI! eso haremos.

Inmediatamente todos en la posada fueron advertidos, al mismo tiempo en el que Szabó iba casa en casa dando las noticias que todos temían. Una historia sangrienta por la que todos rezaban día con día con la esperanza de que jamás se repitiera ahora estaba sucediendo, pero ¿por qué ahora? ¿y por qué en su pueblo?

Szabó se encargó de redactar una carta que un mensajero joven y fuerte se encargó de llevar personalmente a Rumania. Él tenía que estar al tanto de lo que sucedía para poder proceder, al fin de cuentas, ellos eran fieles seguidores del Príncipe porque, gracias a él habían logrado tener paz en los últimos 120 años. No por nada habían decidido seguir viviendo en una época libre de tecnología distractora, necesitaban estar alertas y quedar atrapados en el siglo XIX no había sido en vano. Gracias al Príncipe habían sobrevivido tantos años, gracias a él habían mantenido al mal alejado, pero no fue duradero. La paz podría terminar en cualquier momento y no lo iban a permitir si estaba en su poder.

En la posada, Zsuzsi se encargaba de colocar ajos en las ventanas y puertas de las habitaciones, subiendo y bajando escalones sin descanso; solo dos habitaciones más y podría beber un poco de agua. Alterada, casi derribó la puerta de la habitación del Profesor y de Alfred quienes al ver a la amable mujer atracar la ventana se preguntaron el por qué.

—Disculpe Zsuzsi... —habló el Profesor—. ¿Qué está haciendo?

—Decorando —fue su respuesta. Al poco rato ella se marchó dejando a ambos hombres pensativos.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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