Sangre damphyr

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Capítulo 7

—Ven a mí —susurraba mientras observaba como la chica se acercaba a la ventana y poco a poco iba quitando el obstáculo que le impedía penetrar en la habitación.

—¡Aléjate de ella! —una sombra gritó en la oscuridad lanzándose hacia él. Ambos cayeron al suelo.

La chica se asomó por la ventana abierta y después desapareció en la oscuridad de la habitación. Los dos hombres rodaban por el suelo terroso y entre algunos golpes, uno de ellos quedó encima del otro con las manos rodeándole el cuello y le gritó:

—¡Te dije que te alejarás del pueblo!

—¡Tú... no eres mi dueño, hermano! —dijo con dificultad el chico debajo de él.

—Sólo porque te respeto no te he estacado, Donovan —soltó un suspiro y lentamente fue alejando sus manos del hinchado cuello del hombre. Donovan lo arrojó con fuerza para liberarse de su atacante.

—¿Respetarme? —rio—. ¡Trescientos años y sigues siendo tan infantil! —gruñó—. Arruinaste mi plan.

—¡No puedes ir por ahí matando a las jóvenes del pueblo!

—¡Ni que tú no lo hubieras hecho antes! ¡Y ya te he dicho que yo no he asesinado a nadie!

Esa frase terminó con la paciencia del otro quien se acercó a Donovan y con ojos de fuego le advirtió:

—Es la última vez que te lo digo. ¡Aléjate de ella! —lo soltó y caminó en dirección contraria al pueblo hasta perderse en la oscuridad.

—Como tú digas, Nicolav —susurró dibujando una sonrisa maliciosa—, como tú digas.

* * *

A la mañana siguiente toda la familia Tydén se encontraba haciendo las maletas para ir de regreso a Londres. Una vez que hubieron terminado bajaron a desayunar y mientras comían tarhonya*. Charles se levantó de la mesa y fue a donde Zsuzsi para pagar su estadía. Minutos después, Charles se acercó a ellas y con una mirada fugaz a su esposa le indicó que ya era hora de marcharse por lo cual ambos subieron a las habitaciones para bajar las maletas 

y la pequeña bolsa de Sarah. Ella sonrio al recordar el enigma de su maleta pérdida.

—Zsuzsi —dijo acercándose a la bella mujer eslovaca—, gracias por prestarme la ropa.

—No tienes nada que agradecer, mi niña —le abrazó. En ese momento Sarah recordó a Alfred, ¿Cómo decirle que se iban?

Después del abrazo, Sarah subió rápidamente las escaleras para buscar a su amigo pero no logró encontrarlo, sobretodo porque desconocía el número de su habitación; así que optó por escribir una nota en la que no sólo le contaba sobre su marcha, sino también escribió su dirección en Londres para que algún día fuera a visitarla.

Bajó las escaleras y le pidió a Zsuzsi que se la entregara al joven rubio cuando este se dignara en aparecer. Ella asintió y minutos después Charles ponía en marcha el auto dejando atrás el pueblito de Beckov.

* * *

Dos personas caminaban con paso inseguro a través del bosque temiendo que alguien los pudiese ver. Esa mañana al salir de la posada con urgencia, se alarmaron al ver el cuerpo sin vida de aquel ebrio que vivía en la tristeza después de la muerte de su esposa. Así al instante, se acercaron al cadáver y el Profesor Gernot lo revisó rápidamente encontrando dos pequeñas marcas en su garganta.

Alfred se puso pálido, puesto que no tenía experiencia ante esas situaciones. El profesor al ver la reacción de su alumno caminó hacia él y posó una mano sobre su hombro y le dijo:

—En la teoría eres un experto, pero en la práctica das pena —y movió la cabeza en señal de desaprobación.

—¡No! —gritó ofendido—. Es que, no creía que enserio hubiera uno aquí.

—Decepcionándome siempre, muchacho —quitó su mano y se fue donde el cuerpo—. Ven, ayúdame con esto.

Inmediatamente cogieron el cuerpo y lo cargaron adentrándose en el bosque para evitar ser vistos por alguien y ser acusados de homicidio. Una vez que estuvieron en un punto lejano al pueblo, tendieron el cadáver en el suelo, posteriormente Gernot le ordenó a Alfred que procediera.

—No estoy listo para hacerlo solo, profesor.

—Bien —rodó los ojos—, yo lo haré entonces pero, algún día tendrás que hacerlo tú, niño.

—¡No soy un niño!

—Te comportas como uno —concluyó sacando de la mochila una estaca y la posicionó sobre el pecho del hombre muerto—. Bien, ahora golpea con el mazo. Un solo golpe y todo habrá terminado.

Alfred cogió el mazo que estaba en la mochila y con un golpe firme clavó la estaca en el pecho del muerto. La sangre salpicó las manos de ambos. Después, se encargaron de darle sepultura y regresaron al pueblo, no sin antes lavarse las manos con la botella de agua que Alfred llevaba consigo siempre.

Cansados volvieron a la posada pensando en lo que había sucedido. Sabían que lo correcto era darle paz a esa pobre alma.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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