Sangre damphyr

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Capítulo 8

Había pasado ya una semana desde que volvieron a Londres. Eran las 8:00 p.m. cuando la muchacha de diecinueve años iba caminando por Lauriston Gardens cuando sintió una presencia detrás suyo.

Marianne no era de esas chicas tímidas que todo les daba miedo, sino al contrario, ella era de carácter fuerte y muy divertida pero esa fortaleza no le sirvió en cuanto al final de la cuadra vio la figura de un hombre. Tomó aire y cruzó la calle pero al retomar su camino la sombra se encontraba a centímetros de ella.

—¿Quién se cree usted? —recriminó la chica con aire desafiante, pero él no respondió. Lo único que hizo fue tomarle la barbilla obligándola a mirarle a los ojos.

Una sola mirada fue suficiente para que ella cediera a los deseos de aquel extraño.

—¿Cómo te llamas, niña? —dijo él con un tono seductor.

—Marianne Antoni.

Él sonrio satisfactoriamente mientras sus ojos se tornaban rojos y poco a poco fue acercando sus finos labios hacia el cuello de la chica y saboreó cada gota que succionaba de aquella vena palpitante.

La noche siguió su curso y la luna desapareció dándole el turno al cálido Sol. A través de las cortinas blancas de una habitación se filtraban los primeros rayos matutinos que incomodaron a la joven que comenzaba a despertar. Se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para tomar una relajante ducha hasta que un ardor en el cuello le hizo incomodarse. Caminó hasta su tocador y mirándose en el espejo buscó algún signo que delatara su malestar.

—¡Qué extraño!—susurró fijándose en los dos puntos rojos de su garganta. Pensó en miles de probabilidades pero concluyó que habían sido los mosquitos que la habían picado.

× × ×

Era increíble cómo había pasado el tiempo. Sarah recordaba con claridad todo lo que había sucedido en Beckov, pero sobre todo a él. No sabía que era lo que sentía ¿atracción? ¿encanto? ¿curiosidad? Lo único de lo que estaba segura era que su compañía le era tan agradable.

— Nicolav —susurró su nombre recordando aquel primer encuentro en el bosque; luego vino el recuerdo de aquel joven rubio que había sido muy atento con ella.

El timbre de la puerta sonó y al no haber nadie más en la casa fue a abrirla. Sarah esperaba a sus amigos para elaborar un trabajo de la escuela, más no se esperaba que al abrir la puerta principal se encontrara con aquel en el que pensaba momentos antes:

—¡Alfred!

Sarah se abalanzó sobre él y le dio un abrazo que fue correspondido por el chico. Cuando se separaron, ella lo invitó a pasar a la casa y sostuvieron una interesante charla.

—¿Y el Profesor Gernot? —preguntó con bastante curiosidad.

Había llegado a sentir un profundo respeto y admiración hacia aquel hombre que la había escuchado en momentos de angustia y tristeza, un hombre que con su forma de hablar le había traído varios recuerdos sobre una época en la que todo eran flores, dulces y juegos.

—En Lauriston Gardens, está ocupado leyendo algunos libros.

—¿Lauriston Gardens? —él asintió afirmando su argumento—, mi amiga Marianne vive en esa calle. Debes conocerla, es muy agradable.

—No creo que sea —el timbre de la puerta había sonado una vez más y Sarah se levantó para ir a abrirla. Alfred quedó en silencio mientras escuchaba sus pasos haciendo eco sobre el reluciente piso.

Poco después, Sarah apareció en la sala junto a tres chicas: dos de ellas eran morenas y la otra castaña con mechas doradas.

—Alfred —dijo Sarah acercándose a él—, ellas son mis amigas: Caroline—señaló a la castaña—, Desirée—una de las chicas morenas de cabello lacio asintió con una sonrisa dibujada en su bello rostro—, y ella es Marianne—la chica de cabello quebrado le hizo un gesto con la mano—. Chicas, él es Alfred, mi amigo de —se sonrojó al no saber donde vivía, entonces él salvó el día diciendo:

—Transilvania.

Las chicas se quedaron en silencio hasta que Marianne dijo:

—¿Transilvania? ¿Eres un vampiro?

—¡Marianne! —gritó Sarah molesta y algo asustada por recordar a los vampiros de Beckov, si es que habían algunos.

—No, no soy un vampiro —sonrio el chico—. Yo los cazo —eso provocó que las chicas rieran a excepción de Sarah quie seguía pensando en el pueblo.

—Wow, Sarah —dijo Caroline entre risas—. ¡Qué lindo y divertido es tu novio!

—Ehm, no es mi novio, es mi amigo —respondió sonrojada—. ¿Por qué no mejor comenzamos con la tarea?

—Pero todavía no llega Edward —alegó Desirée.

—¡Ya lo hará! Ven, Alfred —Sarah cogió al chico del brazo jalándolo fuera de la sala—. ¿Eres de Rumania? —susurró.

—Sí.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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