Sangre damphyr

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Capítulo 9

Durante el periodo de descanso, Edward y Caroline se reunieron con Marianne, Desirée y Sarah en la biblioteca de la Universidad; tenían que concluir su trabajo sobre los vampiros o por lo menos avanzarlo un poco más.

Estando todos reunidos en la mesa y con varios libros a su alrededor y Edward en la computadora, comenzaron a leer y a dictarle algunos párrafos que consideraban importantes. Por su parte, Sarah mantenía la vista en un dibujo que encontró en la versión ilustrada de Drácula: un murciélago.

—Sarah, niña —dijo Edward mirándola con curiosidad —.¡Sarah!

—¿Qué? —reaccionó.

—¿Qué observas con tanta concentración? —preguntó Caroline.

—Esta imagen que es muy —se detuvo a pensar en la palabra correcta—, ilustrativa.

 

Los chicos la miraron acosadoramente —a excepción de Marianne que se sobaba el cuello adolorido—. Sabían perfectamente que de esa manera, Sarah podría decir la verdad, puesto que ella nunca las había soportado.

—Está bien —se rindió después de algunos segundos de incómodas miradas—, anoche vi un murciélago en el jardín de mi casa.

—¡Un vampiro! —gritó Desirée. Sarah la calló y después le pidió que hablara más bajo, pues era una biblioteca y debían seguir las reglas.

No quiso admitirlo, pero la idea de que hubiera sido un vampiro no le perturbó tanto, no después de lo acontecido en Beckov y que esperaba poder superar algún día, si es que de alguna manera lo podría hacer.

—¿Un vampiro? —susurró Sarah, procesando aquellas dos palabras.

—Con eso de que tu novio es un cazador, no hay duda de que los vampiros te asechen —rio Caroline.

Marianne molesta se levantó de la mesa y salió de la biblioteca. Sarah y Caroline fueron tras ella dejando atrás a sus amigos para que continuaran con el proyecto. Las chicas le llamaban a Marianne pero ella no hacía caso de las voces angustiadas de sus amigas. Cuando al fin le dieron alcance, la vieron coqueteando con un muchacho rubio de brillantes ojos grises enfrente de un salón de clases, pero él solo le sonreía amablemente sin hacer caso de los comentarios de ella. Sarah se preguntó si estaría viendo bien o quizá solo veía a su amigo en la escuela por la necesidad de hablar con él. Eso era lo que esperaba.

—¡Sarah! —gritó el muchacho al ver a la pelirroja. Al instante ella supo que no lo estaba imaginando.

Marianne puso los ojos en blanco y se giró hacia su amiga.

—Alfred, bebé —saludó Caroline—. ¿Cómo estás?

—Hola, Caroline, muy bien, gracias —respondió sin dejar de mirar a Sarah, acción que provocó la ira en Marianne.

—Marianne, ¿qué sucede? —preguntó Sarah—. ¿Por qué…?

—¡¿Qué sucede?! —gritó interrumpiéndola—. ¡¿Qué te sucede a ti?!

—Marianne…

—¡Marianne nada! ¡Siempre tienes que ser tú, Sarah! ¡¿Por qué todos se preocupan por ti?! ¡Ni que fueras la Reina de Inglaterra!

—¡Marianne! —esta vez fue Caroline quien gritó—. Tranquila, bebé, no te pongas así. Podemos hablar como gente civilizada —sonó más calmada.

—¡Estoy harta de ti, Sarah! ¡De tus problemas y tu maldita existencia! —en medio del drama hizo un gesto de dolor y se llevó la mano al cuello y se sobó una vez más. Al bajar su mano Alfred alcanzó a ver un par de gotas de sangre manchando sus dedos—. ¡Sólo aléjate de él! —y se fue dejando atrás a sus amigos y a un grupo de estudiantes que habían presenciado todo.

—Wow —dijo Caroline redondeando sus labios con una perfecta o—. Ella si que está loca.

—¿Sucedió algo entre ustedes o porqué se pelearon? —preguntó Alfred.

—No sé lo que sucedió —suspiró Sarah—. Algo en ella cambió, Marianne no es así. Esa no era ella.

Alfred la abrazó durante unos segundos. Caroline no dejaba de ocultar una pequeñas sonrisa pícara, así que se inventó una excusa para dejarlos solos. Aprovecharon lo que restaba del periodo libre para platicar un poco más y tratar de alegrarse el día.

—Nunca te había visto en la Universidad —habló Alfred—. He vivido en Londres por un tiempo y no te conocía.

—¿No eras de Transilvania?

—No, te dije que solo fue un juego, ya sabes, para avivar el ambiente. De hecho, hace cinco años el Profesor Gernot y yo nos mudamos a Inglaterra, el año pasado fuimos a Europa del Este y bueno, ya conoces lo demás, cuando estuvimos en Beckov.

—Es sorprendente que nunca nos hubiésemos visto —sonrio—. No te lo había preguntado pero, ¿cómo se perdieron en el bosque?

Alfred recordó aquella experiencia incómoda que vivió con el Profesor y rio para sí cuando se visualizó sobre el lodo y se ensució los pantalones.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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