Sangre damphyr

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Capítulo 11

El profesor Gernot descansaba sobre su cómodo sofá, a su lado sobre la mesa había una serie de papeles algo amarillentos por el paso del tiempo y frente a él, el televisor mostraba el noticiero matutino, pero sus pensamientos lo mantenían tan distante de la realidad, llevándolo a ese trágico día dieciocho años atrás:

Era una noche tormentosa, a lo lejos el llanto de un bebé se escuchaba. Un hombre joven corrio hacia la casa y abrio la puerta con una patada al no ceder esta.

Entró y todo a su alrededor era oscuridad.

Se acercó al interruptor y lo tocó pero la habitación no se iluminó. No había electricidad. Agudizó el oído y escuchó el llanto de su bebé provenir del segundo piso. Corrio hacia la habitación y al abrir la puerta descubrio una silueta sosteniendo un pequeño bulto blanco entre sus brazos.

Miró hacia la cama y sobre ella yacía su esposa inconsciente.

—Shh —susurró la figura arrullando al bebé—. Abraham, te felicito, es una hermosa niña —él se giró al mismo tiempo en el que un rayo atravesó el lugar iluminando el rostro del extraño—. Es idéntica a su madre.

—¡Suelta a mi hija! —gruñó Abraham apretando sus puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

—Como quieras —dijo dejando al bebé en su cuna.

Abraham se acercó a él con la intención de clavar una estaca en su pecho, pero el extraño se giró y le sujeto de las muñecas sometiéndolo a sus pies. El extraño mostró sus ojos de fuego en los que la ira dominaba y, con una hipócrita sonrisa dijo:

—Este es el trato —se aclaró la garganta—. Dentro de dieciocho años vendré a reclamar a tu hija que por derecho me pertenece y…

—¡No lo voy a permitir!

—No me retes, Abraham. Sabes que lo haré —soltó su agarre y el hombre cayó sobre sus manos. El extraño se dirigió hacia la ventana y con un chasquido de dedos esta se abrio de golpe. Otro rayo iluminó la habitación y el hombre miró a Abraham —. Por cierto, te he dejado un regalo que estoy seguro, te va a encantar.

Y con una sonrisa triunfante, fue envuelto por una espesa capa de niebla gris en la cual desapareció. Abraham se levantó y se acercó a la cuna, al ver a su hija dibujó una pequeña sonrisa que la niña imitó. Algo que llamó la atención a aquel hombre fue la pequeña gota de sangre que recorría sus pequeños labios hasta tocar su barbilla. Él palideció al darse cuenta que había llegado demasiado tarde para salvarla.

Se dio la vuelta y miró la cama, su esposa estaba en ella, pero la sangre escurría de su delicado cuello a la vez que un tercer rayo iluminó su pálida piel. Abraham posó sus dedos sobre el rostro de la mujer, y con fuerza cerró los ojos al descubrir lo fría que se encontraba.

Estaba muerta.

Él había asesinado a su esposa y marcado a su hija, pero no iba a permitir que él se la llevara.

Se acercó a la estaca que se encontraba en el suelo y la cogió, acto seguido la colocó en el pecho de su esposa, justo sobre el corazón y con fuerza y lágrimas en los ojos, la enterró en el cuerpo sin necesidad de utilizar algún mazo que le ayudase con el trabajo.

Solo usó sus manos para darle paz a su amada esposa. Las manos cubiertas de sangre concluyeron aquel cruel trabajo y después sacó del cajón de la mesa de noche un par de velas y las encendió. Se dirigió al cuarto de baño y lavó sus manos y su rostro para después regresar con su hija y tomarla entre sus brazos. La niña sonreía y él se acercó a ella para besar su frente después, al verla, ella estiró su corto brazo acercándolo a su mejilla.

Ella rio y él lloró.

El sonido de la puerta abriéndose despertó al Profesor Gernot de su ensoñación. Rápidamente se incorporó y revisó la hora marcada en la televisión: «09:00 a.m.».

—¡Profesor! —la voz de Alfred hizo eco en la casa. Él se llevó las manos al rostro para frotar sus ojos en un intento de no parecer adormilado y enseguida se levantó.

—¿No deberías estar en la escuela, muchacho? —abrio los ojos al ver a la pelirroja al lado de su alumno, pero ignoró aquel detalle cuando vio sus ropas—. ¿Por qué están tan mojados?

—La lluvia nos sorprendió, Profesor —contestó Alfred apenado.

—No solo eso —agregó Sarah. Al oírlo, el Profesor le pidió que prosiguiera—. Fuimos atacados por… por — titubeó—, mis amigas, que son vampiros.

—¿Cómo ha dicho, niña?

—Mis amigas son vampiros, Profesor y, sé que Alfred y usted son Cazadores.

—Bien —palideció—. Alfred, lleva a Sarah al cuarto de baño para que se duche y le llevaré ropa seca —el chico asintió —, cámbiense de ropa, no quiero que se resfríen y después bajen, y platicamos sobre todo este asunto.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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