Sangre damphyr

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Capítulo 13

Sarah se despertó con los primeros rayos del sol. La garganta le dolía y se levantó de la cama. Después de tenderla y ducharse, revisó entre sus maletas y se cambió de ropa. Como Alfred le había dicho, solo había llevado lo indispensable para sobrevivir un par de días. Al estar arreglada, se dedicó a conocer un poco más la habitación de la difunta esposa del Profesor. Revisó el armario y encontró en él ropa que posiblemente le quedaría bien, la mayoría eran vestidos largos en colores pastel y algunas zapatillas. Se sentó en el suelo y se dedicó a abrir las cajas que estaban apiladas ordenadamente. En una de ellas encontró un abrigo similar al que el Profesor le había prestado, con excepción a que este era azul cielo.

«Sarah…».

—Sí, Nicolav… —susurró llevándose los dedos a la cabeza.

«¿Podemos vernos?».

—Ahora no —la puerta se abrio de repente y entró el Profesor algo pálido, ella se sobresaltó y le dijo—: Me ha asustado, Profesor Gernot.

—Lo siento, Sarah, pero creí escucharla hablar con alguien —le dio una mirada rápida a la habitación. Ella se levantó y se dirigió hacia él.

—¿Con quién podría hablar, estando sola en la habitación? —aunque estaba triste por su pérdida y la de él, no podía confiar por completo, sabiendo que él le había mentido sobre su procedencia.

—Solo… —resopló—, el desayuno está listo. Baja, tienes que comer.

—Enseguida Profesor, solo guardo unas cosas.

Él asintió y salió cerrando la puerta.

Ella esperó a que sus pasos no se escucharan más y entonces llamó a Nicolav, pero él no le respondió.

Decepcionada, bajó a la cocina, en donde seguramente sus anfitriones le estarían esperando. Al llegar escuchó las voces de los hombres, ella se percató de que no la habían escuchado y se acercó a la puerta para entender mejor lo que decían.

—Fue Báthory, de eso no lo dudo, Alfred —dijo Abraham. En su voz se percibía el enojo.

—¿Está seguro de ello, Profesor? —respondió Alfred con duda—. ¿ Nicolav Báthory ha asesinado a los padres de Sarah?

Al escuchar ese nombre, Sarah se tornó pálida y un hueco en el estómago se apoderó de ella. Nicolav no los había matado, había sido su hermano, Donovan.

«Creo que no saben de la existencia de Donovan », pensó tratando de defenderlo. Después de haber hablado con él, no le cabía duda de lo que era y no era capaz de hacer. Matar por ejemplo.

—Báthory ha matado a mi esposa y a tus padres. No dudo en que haya hecho lo mismo con los de Sarah —dijo el Profesor.

—¿Ella lo sabe?

—No. Pero debemos advertirle de ese hombre. No quiero que le haga daño.

—Lo entiendo, Profesor. Ya han sufrido muchas personas por culpa de ese monstruo.

Ella se sintió dolida al escuchar a las personas que quería hablar mal del hombre que la salvó en Beckov. Pero no quiso hacérselos saber, así que abrio la puerta de la cocina y con una sonrisa fingida los saludó.

—Sarah… —Alfred se palideció al verla entrar—. ¿Has escuchado algo? —el Profesor le dio un codazo a su alumno por hablar de más. Él hizo una mueca de dolor y se sobó el brazo.

—¿Qué habría de escuchar? —respondió distraídamente sentándose a la mesa.

Los tres tomaron su desayuno y después el Profesor se encargó de ir a la funeraria para hacer los arreglos para el entierro de los Tydén. Alfred iba a quedarse con ella, pero el Profesor le pidió que le acompañara y ella se quedó sola con la promesa de no salir a ningún lado sin la compañía de alguno de los dos.

«Sarah», volvió a escuchar la voz de Nicolav. «Necesito hablar contigo».

—Imposible —dijo ella nerviosa—. Ellos volverán en cualquier momento, no deberían encontrarte aquí o van a matarte injustamente.

«No te preocupes», su voz sonaba tan tranquila y despreocupada. «Solo invítame a entrar y yo iré en el momento apropiado».

—De acuerdo

Subió a la habitación y abrio la ventana y, sin gritar pero tampoco susurrar, dijo las palabras necesarias para que Nicolav pudiera ingresar a la casa cuando quisiera y sin ser visto por Abraham o Alfred. Era necesario que su secreto se mantuviera a salvo, que nadie más que ella supiera más de lo que debería.

Tantas cosas en tan poco tiempo, todo lo que le había sucedido había sido señalado desde antes de su concepción, ¿cómo era posible que sus padres, a quienes amaba en realidad y qué la amaban, no le hubieran dicho nada sobre la adopción? ¿qué más habrían ocultado? ¿qué otras cosas no le habían sido mencionadas? Eran las preguntas que se comenzaba a hacer, no podía creer que su destino había sido marcado.

Se alejó de la ventana y después se acercó al tocador y se revisó las marcas del cuello. Eran dos puntos diminutos, muy parecidos a los que Marianne tenía cuando le aplicó la crema. Aparentemente, se estaban curando con rapidez, solo un punto blanco en el centro de las heridas se dejaba ver. Por fortuna no sentía dolor, solo una ligera picazón en el área pero nada más.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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