Sangre damphyr

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Capítulo 16

Habían pasado dos semanas desde el incidente de la bodega, Alfred se había recuperado y la herida cicatrizado, aunque todavía estuviera sensible.

El Profesor Gernot se había encargado del cuidado del muchacho, mientras Sarah se preocupaba por el aseo de la casa y mantener su promedio regular. Aunque fuera increíble, había superado la pérdida de sus padres muy rápido, pero el Profesor insistía en que se encontraba en la fase de negación.

Al fin y después de los cuidados intensivos, Alfred pudo levantarse sin marearse al instante.

—Buenos días, «Rey de las Hadas» —saludó entrando a la habitación con una bandeja en mano. Él sonrio amistosamente—. Te traje tu desayuno.

—¿Avena, fruta y jugo? —preguntó mirando los diversos platos sobre la bandeja que Sarah había aproximado a él.

Ella asintió y le pidió a Alfred que se sentara para poder acercarle el desayuno.

—¿Cómo te sientes? —dijo un poco más seria.

—Mejor, sabes... —tomó un sorbo del jugo de naranja—, espero con ansias el baile. Ya es mañana y..., aún no tengo mi traje pero...

—El baile... —murmuró con la mirada perdida. Lo había olvidado, entre las preocupaciones, la escuela, Alfred y Nicolav no recordó comprar un vestido.

—¿Te encuentras bien, mi princesa? —su voz hizo eco en los pensamientos de ella.

—Ehm, sí —se levantó y se encaminó a la puerta, después la abrio y se giró hacia su novio—. Debes comer bien, vuelvo en un rato para recoger los platos.

—Sarah... —no alcanzó a decir antes de que la puerta se cerrara.

Se quedó un momento observando el plato de avena tratando de descifrar qué era lo que le ocurría a Sarah. Por un segundo pensó que se trataba del bautizo de sangre, pero descartó la idea al recordarla hablando con el vampiro que había destruido su vida.

—No puedes amarlo... no a él —murmuró.

Sarah entró a su habitación cerrando la puerta detrás de ella. Se dejó caer sobre la cama sin dejar de observar el techo. Se repetía a si misma que no podía ir con dos hombres, no era correcto, pero ya había tomado una decisión y tenía un plan que no fallaría.

Entonces, un par de golpecitos sonaron en la ventana, alertándola. No tuvo que mirar para saber de quién se trataba.

—Pasa, mi príncipe —dijo sin levantarse a recibirlo.

«No dejes que tu instinto nuble tu razón», recordó sus palabras. Ese día supo realmente quién le mentía y quién era sincero. Nicolav se acostó a su lado y ambos giraron sus cabezas para mirarse por unos segundos antes de entablar la conversación:

—Te he traído un regalo, mi Reina —sus brillantes ojos negros la estremecieron.

—¿Qué es? —preguntó frunciendo el ceño. Nicolav sonrio. Ella causaba ese efecto en él, aunque lo negara.

—Ábrelo y sabrás... —se acercó a ella y besó su frente. Se incorporó y vio una caja roja con un moño dorado encima de la cama. Se sorprendió y lo tomó entre sus manos.

—No debiste, Nicolav...

—Aún no me agradezcas, primero..., ábrelo.

Ella hizo lo que le pidió y quitó el moño de la caja para proseguir con el lazo y quitar la tapa. Sus ojos brillaron antes de humedecerse.

—Es... hermoso —bajó la caja y metió sus manos en el interior tocando aquella tela roja tan suave y fina.

—Es seda, lo mejor para mi Reina.

Ella lo sacó y apreció mejor el regalo. Un vestido estilo victoriano de seda roja con escote cuadrado, de manga larga y encaje dorado en el borde de la falda y en las mangas.

—Es perfecto para el baile... —murmuró impresionada.

—Dentro están los zapatos, el corsé y la joyería adecuada.

—No debiste...

—Claro que sí —guiñó un ojo. Ella se sonrojó—. Te veré mañana en el baile a las siete y treinta en punto —asintió.

Nicolav se aproximó a la ventana y la abrio, desapareciendo dentro de una cortina de niebla gris.

—¿Sarah? —escuchó al Profesor llamar a la puerta. Rápidamente guardó el vestido y escondió la caja debajo de la cama y abrio la puerta.

—Sí, Profesor Gernot.

—¿Estás sola? —ella asintió con decisión—. ¿Segura?, porque creí escucharte hablar con alguien más.

—Le aseguro que estoy sola.

Él asintió y entró a la habitación.

—Hay algo que quiero darte —dijo buscando algo en el bolsillo de su abrigo—. Era de tu madre, de Sarah —le extendió un collar de plata con un dije en forma de cruz—. Él te protegerá, si aún eres mitad humana.

Con temor a quemarse, cogió el collar. Se sorprendió al darse cuenta que nada sucedía, podía tenerlo en sus manos sin sufrir.

—Gracias, Profesor, lo usaré para el baile —sonrio.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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