Sangre damphyr

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Capítulo 17

Eran las 11 de la noche cuando el silencio reinó en la oscuridad. El frío aire envolvía a la ciudad, y una espesa niebla comenzó a formarse en las calles convirtiendo a Londres en una versión moderna de una época de terror y asesinatos.

Una sombra se deslizó ágilmente en las paredes, vigilando no ser descubierta por ojos curiosos. Uno que otro auto se hacía visible en las desiertas calles londinenses, pero ninguno que llamara la atención.

A lo lejos entre la niebla se veía una iglesia, grande e imponente que se alzaba ante sus ojos. Cuidando de no ser vista, la sombra avanzó hacia ella hasta llegar a la entrada. La gran puerta de madera era el único obstáculo que se interponía para lograr su cometido, así que, sin hacer ruido empujó la puerta y penetró en el recinto, acercándose con paso seguro hasta la pila bautismal.

Entonces, sacó de una pequeña mochila una botella de plástico vacía, le quitó la tapa y la sumergió en el agua hasta que la botella se llenó. Después volvió a taparla para guardarla de nuevo y sacar esta vez, una daga, un crucifijo y tres estacas de madera. Repitió la acción con cada una de los objetos que llevaba.

Una vez que el trabajo estuvo hecho, salió cautelosamente por la puerta, perdiéndose en la tenebrosa noche.

× × ×

Los tres bostezaron al mismo tiempo. Los rayos del Sol penetraban en la casa anunciando el nuevo día. Cada uno estaba en su habitación cuando dijeron al mismo tiempo:

—Hoy es el día.

El Profesor Gernot sacó de su armario una caja de herramientas que depositó sobre su escritorio y sacó de ella lo que necesitaría para el encuentro: estacas, dagas y una botella de agua bendita. Miró los objetos con detenimiento y echando una fugaz mirada hacia la puerta cogió su maletín y los guardó perfectamente.

Alfred se levantó perezosamente y se cambió de ropa, aún faltaban varias horas antes del baile así que se metió al baño y se lavó la cara. Miró su rostro en el espejo y se percató de las ojeras que tenía, el cansancio se reflejaba en aquel cristal, pero no le importó, esta noche se enfrentaría con Él y vencería. Abrio el botiquín de primeros auxilios y sacó de él un frasco con agua bendita y una daga, después regresó a la habitación y se puso a pensar en cómo guardarlas sin que nadie se diera cuenta.

Sarah ya había terminado de limpiar su habitación y bajó a la cocina para preparar el desayuno. Pocos minutos después, los tres desayunaban tranquilamente hasta que el Profesor habló:

—Hoy todo habrá terminado.

—¿Qué quiere decir, Profesor? —preguntó Sarah con curiosidad.

—No puedo decirte, pero... confía en nosotros.

«No confíes en ellos», la voz de Nicolav irrumpió en su mente. «Ese hombre que dice ser tu padre va a terminar traicionándote y el niño va a matarte en cuanto tenga la oportunidad».

Sarah escuchó con atención las palabras de Nicolav. Solo podía confiar en una persona y ella lo sabía.

—El baile comienza a las siete... —dijo Alfred—, ya quiero ver a todos vestidos como en la Era Victoriana, será una noche bastante interesante, ¿no lo crees, Sarah?

Estando distraída solo asintió al escuchar su nombre.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el Profesor dándole un sorbo a su café.

—Algo nerviosa —respondió—. Los veré en la noche —y se levantó de la mesa llevándose un plato con fruta y su té de jengibre a la habitación.

Una vez dentro, se propuso terminar la comida y dejó los trastes sobre el tocador. Se miró en el espejo, su reflejo estaba volviéndose traslúcido y su tez era pálida, el bautizo de sangre comenzaba a surtir efecto.

Volvió la vista hacia la ventana y suspiró.

—¿Seré capaz de renunciar a la belleza de la luz del día? —murmuró.

× × ×

El Profesor Gernot esperaba impaciente al pie de la escalera. Caminaba pensativo de un lado a otro.

«Esta noche todo habrá terminado», pensó. El reloj marcaba las 06:30 p.m. el baile comenzaría en pocos minutos, Alfred estaba terminando de arreglarse el cabello y se había asegurado de colocarse alrededor del cuello un crucifijo y en el tobillo llevaba escondida dentro del calcetín, su daga de plata.

Una vez terminó de cepillarse el cabello, salió de su habitación y llamó a la puerta de Sarah, ella abrio después de dos minutos. Al verla, él se quedó boquiabierto.

—Te ves muy hermosa —se sonrojó.

Ella usaba el vestido rojo que Nicolav le había regalado haciendo juego un par de pendientes de plata, además del crucifijo que el Profesor le entregó el día anterior y su cabello estaba recogido en un elegante moño, siendo decorado por una flor de plata y rubíes.

—¿Nos vamos? —ella sonrio.

Ambos bajaron por la escalera. Cuando el Profesor Gernot los vio no pudo evitar sonreír al ver que la corbata de Alfred combinaba con el vestido de Sarah. Pero se tensó un poco al verla vestida de ese color. El rojo. Él sabía el significado de ese color, ella lo vería.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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