Sangre damphyr

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Epílogo

Sarah bajó las escaleras y caminó hacia la sala para encontrarse con el Profesor y Alfred. Al verla, ambos sonrieron, pues todo había terminado y ahora ella estaría a salvo.

—¿Papá? —habló algo nerviosa por la nueva palabra. Como si estuviera aprendiendo a hablar por segunda ocasión.

El Profesor al escucharla derramó algunas lágrimas pues era la primera vez que la escuchaba decirle esa palabra. Ella corrio y le abrazó. Alfred los observaba con nostalgia.

—Ven muchacho —dijo el Profesor al verlo quieto. Alfred sonrio y se unió al abrazo.

Detrás de ellos, la televisión estaba encendida en el noticiero matutino. Cuando se separaron, Sarah habló:

—Espero que esto no arruine nuestra relación, Alfred —le dio un beso en la mejilla a su novio.

—Pero mientras vivan bajo mi techo, obedecerán mis reglas —interrumpió el Profesor interponiéndose entre ellos para evitar otra demostración de afecto. Eso provocó que Sarah sonriera.

Alfred estaba por hablar cuando el reportero habló:

—Se ha identificado al cadáver como Edward Blake... —al escucharlo, Sarah les pidió que guardaran silencio y tomó el control de la televisión subiendo el volumen para escuchar mejor—, las imágenes son un tanto perturbadoras, pero podemos decir que la escena parece a una de las películas de Hannibal Lecter o del mismo Jack «El destripador»... —Alfred y el Profesor intercambiaron miradas—. Por el momento no hay rastros del asesino ni indicios que nos guíen a él. El cuerpo está siendo llevado al forense para que los expertos dictaminen... —entonces Alfred cogió el control y apagó el televisor.

—Sarah...

—Fue Caroline —susurró ella.

—Hija, Caroline está...

—No, papá —se giró hacia ellos y continuó—. La noche del baile nos enfrentamos a ellas, mataste a Desirée y Nicolav mató a Marianne en la bodega. Nos ocupamos tanto en ellas que permitimos que Caroline escapara.

—¿Estás segura, Sarah? —preguntó Alfred.

Ella asintió.

—Caroline era... bueno, a ella siempre le ha llamado la atención Hannibal Lecter y los asesinos seriales más crueles, Jack es un ejemplo de ello. Y... —pensó un poco más—, si no me equivoco, ella ha sido la asesina de Edward, puesto que el beber sangre no le bastó y prefirio imitar a Hannibal y comer la carne.

—¿Un vampiro caníbal? —cuestionó el Profesor.

—Es lo más probable, papá. Si es así y no me equivoco, debemos detenerla antes de que sea demasiado tarde, y el Támesis se tiña de rojo una vez más.

—No, Sarah. Iremos tu papá y yo —intervino Alfred al terminar ella.

—No, Alfred. Soy una damphyr, me necesitarán. Además... —se acercó a él—, se cuidarme yo solita —y le tocó la nariz y volvió hacia el Profesor—. Creo saber en dónde se encuentra, pero si es que se ha alimentado, es fuerte y...

—Debemos sorprenderla —concluyó el Profesor.

—Papá, ¿confías en mí? —él asintió. Ella le dedicó una sonrisa, pero la borró al recordar que esas palabras habían sido las mismas que Nicolav había pronunciado—. No tardo, iré por mis cosas y nos vamos.

Él asintió y después ella subió hacia su habitación. Alfred se quedó con él planeando cómo sorprender a la vampiresa.

Sarah abrio la puerta de la habitación y entró en ella. Se sentía la presencia de su madre después de tantos años.

Fue hacia la cama y debajo de ella sacó una mochila llena de herramientas para cacería y la colgó sobre su hombro. Cuando pasó frente al espejo creyó ver una sombra, se detuvo y se paró frente a él y detrás de ella vio a los hermanos Báthory sonriéndole.

Ella se giró y no vio nada. Entonces escuchó el aleteo de un ave fuera de su ventana. Se acercó a ella e hizo a un lado la cortina. Pudo ver entonces a dos murciélagos alejarse de la casa.

—Imposible... —susurró sin dejar de verlos.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 11.08.2018

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