Sangre de Hierro

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“Semillas” – Cathy

Tiempo para el Impacto:  - 28:00 minutos

« Catherine »

 

   El sonido de la cadena y el rodar del caucho de la bicicleta sobre el asfalto crean una nota grave y palpitante con cada pedalear. Catherine, sabe que no está retrasada para nada. Es puntual por demás. La última semana en la Compañía fue agotadora y espera llegar con tiempo suficiente para recostarse bajo la sombra de los árboles de la Plaza Central.

   El encuentro con Jonas no era casual. Desde que él se retiró de la cúpula directiva de Elektrina, los laboratorios experimentales sufrieron una gran pérdida de fondos. Para continuar con los Desarrollos Sensoriales, como el Sense-A101, su regreso lo significaba todo. Para la compañía y para ella.

   El teléfono celular le suena en el bolsillo. Catherine, sin quitar la vista del tráfico contesta desde el Manos Libres.

—¿Diga?

—¿Cathy? —El sonido del tránsito no le permite oír con claridad, pero ese “¿Diga?” era típico de ella. Atender el teléfono en los laboratorios le había quitado la costumbre de saludar con normalidad, como lo hace todo el mundo. Con un simple “Hola”.

— ¿Max? ¿Amor? ¿Eres tú?

—Sí. Estoy en casa. Pensaba invitarte a tomar algo en playa. Es que… Terminamos antes de lo esperado y pensé que estarías aquí. ¿Dónde estás?

¬—Me encontraré con Jonas. Volverá a la Compañía y quiere que dirija una Unidad Especial de Inmersión Parcial. Discutiremos los detalles de manera informal.

—Sabes que la idea no me emociona —agrega de malas ganas.

—Iremos al “Central Plaza” el café de la esquina, ¿Nos acompañas? —Catherine lo invita sabiendo que es inútil. Conoce a Max. Él dará una respuesta celosa.

—Olvídalo. Me cambio y voy a la playa. Te espero donde siempre. No te demores. Sabes que no me gusta que te encuentres con él.

—Lleva protector.

—Vos también —responde de manera irónica.

—Besos Amor. —concluye omitiendo la esperada escena de celos.

   Al otro lado del teléfono, Max, había llegado a su pequeño departamento a tres cuadras del mar. Arroja el teléfono sobre la cama. Busca algo de ropa cómoda, se desviste y comienza a cambiarse. Su uniforme cae al piso de manera descuidada. Se quita los borceguíes y se empieza a cambiar de ropa. De espaldas de la ventana, es víctima de los curiosos ojos de una joven vecina. Ella toma sol al otro lado de la calle, en el balcón en un edificio lindero. Eleva sus lentes y observa el espectáculo masculino que le ofrece sin darse cuenta. El cuerpo de Max es el producto del riguroso entrenamiento militar y su vecina no puede evitar mirarlo. Será un día caluroso y el torso desnudo de su vecino la mantienen más atenta de los normal.

   Refunfuñando y de mala gana, Max, guarda los últimos objetos en el morral. Dobla prolijamente el uniforme que había tirado al piso. Alza la vista y se cruza con una foto en la mesa de luz. Es la foto Cathy en una de sus escapadas a Río de Janeiro, junto a él obvio. Y con el Cristo a sus espaldas. No hay dudas del amor que se tienen, pero no puede quitarse de la cabeza que Jonas estará a solas con ella.

   Sale de su hogar y cierra la puerta dejando atrás los pensamientos recurrentes, celosos y corrosivos. Encaminar hacia la tranquilidad del mar, era lo mejor que podía hacer en ese momento.

 

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DanielDreiten

Editado: 11.08.2019

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