Sangre y Telaraña

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CAPITULO 16

No tardé mucho en sumar dos y dos. Quizás lo que ayudó a mis números fue el semblante de Leo que empeoraba a cada paso que avanzábamos. La evidente necesidad que tenía de abandonar la dieta vegetariana de una vez por todas lo decía todo sin requerir calculadora.

Leo suspiró pesadamente. —Se lo que estás pensando y no. No pienso beber de ti o de nadie.

Un nudo se trabó en mi garganta. — ¿Quién... quien dijo que yo estaba incluida en el menú?

—Nadie. Pero se vale soñar.

Parpadeé, sin saber si sonrojarme o molestarme por eso.

—De todos modos, no tienes que preocuparte —interrumpió mi ola de pensamientos a punto de surgir—. Una vez hayamos salido de este lugar estaré bien.

— ¿Quieres decir que este lugar te enferma?

Tropecé con una piedra.

Leo rió. Lo fulminé con la mirada.

—Citrina es una prisión para los muertos. Los vampiros, aunque estemos vivos, una parte de nosotros también está muerta. Ese pequeño vínculo de vida y muerte es lo que muchos llaman inmortalidad, aunque en realidad solo es un tiempo de vida diferente a los demás. Eso y el hecho de que en el aire hay por lo menos un treinta y cinco por ciento de hematita condensada, explicaría por qué un vampiro no viene a este paraíso de vacaciones y menos sin reservas de hemoglobina.

Tragué con fuerza. — ¿Hematita? ¿Quieres decir que estas respirando gas venenoso?

—Si.

–¿Y por qué no me afecta? También soy una parte vampiro ¿no?

—Aún no te conviertes y aunque lo hicieras, tú parte hada te libraría en estos momentos. Así que si muero aquí, te quedarías vagando sola por allí.

Mi piel se estremeció.

Sonrió. —Me encanta ver tu cara de preocupación por mí.

— ¿Dime quien no estaría preocupado? Aunque no te vayas a sentir el importante. Me preocuparía igual por cualquier otra persona en tú situación.

— ¿Segura?

—Cien por ciento.

En ese instante levantó su cabeza hacia el cielo. —Pues puedes quedarte tranquila. No es la primera vez que estoy atrapado en Citrina, así que podré resistir lo suficiente.

Me sorprendí. Había creído que nunca había salido de su mitad de casa de tía Laura.

Pasó un segundo en silencio, y luego dijo —Bueno, la verdad es que mi otra vida es la que ya estuvo atrapada en Citrina.

— ¿Qué?

—Cuando un vampiro muere debido a una maldición su alma viene a parar a lo más profundo de esta prisión.

— ¿Entonces, te estás refiriendo de tú vida como Enrique?

—Yo no soy mi tío Enrique. Únicamente compartimos un alma, pero eso no nos hace la misma persona. Él es él, y yo soy yo. Algo que mi abuelo aún no termina de comprender y me sigue tratando como a su difunto hijo.

—Lo siento, no quise... —Mi pie se hundió en una pequeña hendidura del suelo haciendo que perdiera el equilibrio.

Esperaba una fuerte caída que seguramente dejaría alguna marca, pero para mi sorpresa no hubo ninguna.

— ¿Te encuentras bien? —preguntaba mi héroe. Sus brazos habían evitado el impacto.

Asentí con la cabeza. Casi de inmediato intenté incorporarme fallando a la primera.

— ¡Auch!

—Quédate quieta. —Me sentó en el suelo con cuidado y examinó mi pie dañado. —Bueno, no parece que te hayas dañado el hueso. Con un poco de descanso sanará.

Sonreí. — ¿Ahora eres médico?

—No. Pero al vivir tantos años en el encierro debes dedicar tu tiempo libre en algo productivo. Y Ricardo es un excelente compañero de juego desde que él era un adolescente.

—Eres una mala influencia, ¿lo sabías?

Sus labios dibujaron una sonrisa lobuna. —Lo sé.

Me ayudó a sentar. Luego Leo se agachó ofreciéndome su espalda.

—Vamos, sube.

El ritmo de mi corazón empezó a cambiar haciendo que me sonrojara de la vergüenza. Definitivamente nadie iba a hacer que yo me aferrara a la espalda de Leo como si fuera un lémur.



Alison L. Clover

Editado: 23.02.2019

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