Sarah

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 10. Órdenes

A las afueras del pueblo, en el interior de un castillo medieval en ruinas, dos hombres discutían por algo que ellos llamaban «Elixir de vida». Para los mortales, escuchar esas palabras era sinónimo de la muerte segura, del infierno y sufrimiento eterno. Cada año solían tener cuidado de lo que hacían y cómo lo hacían, pero eso terminó en el momento en que uno de ellos rompió un juramento sagrado.

—¡Era una niña! —gritó el hombre de bigote retorcido y traje a cuadros.

—Lo diré una última vez, Kieve, ¡yo no le hice nada! —respondió Nicolav pasándose ambas manos por el cabello.

—Te conozco perfectamente —dijo llevándose dos dedos al puente de la nariz—, ¿podrías por una vez en tu vida controlar esos malditos impulsos!

—¡Con un joder! ¿Cuántas veces más vas a culparme? —Nicolav se exasperaba cada vez más. No podía comprender porqué le echaban en cara cada “accidente” que ocurría en ese pueblo.

—Nicolav, por última vez, te voy a pedir que tengas más cuidado con lo que haces.

—¿Enserio crees que yo? ¿Lo crees? —alzó las cejas—. Si te hace feliz creerlo, adelante… Sí, lo hice yo —se resignó—; aunque, mi intención era salvarla.

El semblante tranquilo de Kieve cambió. Un par de llamas se reflejaron en sus ojos tornándose ahora en un rojo intenso que haría temblar a cualquiera que lo viera en ese momento. Nicolav no se inmutó. Él permanecía observando el cambio de humor tan repentino de la mano derecha del Missir.

Parecía que la cabeza de Kieve estaba por explotar puesto que se había inflado tanto que bien podría salir despedida cual globo desinflado. El hombre aguantó la respiración y luego dejó escapar el aire que retenía con esmero.

—No vuelvas a decir eso —dijo el hombre del bigote retorcido—. ¿Qué no ves que casi exploto? —chilló—. ¡Estuve a punto de hacer kaboom! Eso no es de amigos, no, no lo es.

Nicolav rodó los ojos.

—Pero…

—Pero, volviendo al tema, ya sabes qué hay que hacer.

Nicolav tragó saliva.

—No te acerques a ella o... —respondió con voz rasposa.

—No te tengo miedo. Al contrario, el cobarde aquí eres tú, no yo —Kieve sonrió triunfante—. ¡Vamos! Ya han pasado 18 años, ni que fuera cosa de otro mundo, ¡ya hasta tienes experiencia en esto!

—No pienso hacerlo —La tranquilidad en la voz de Nicolav permanecía intacta, procuraba no alterarse, no pretendía dejarse llevar por aquellas emociones que con el tiempo había dejado atrás—. Tú sabes perfectamente el trato que hice con ella, si no lo cumplo… —Su mirada se clavó en el horizonte, observando desde la ventana hacia el bosque—. Mira, ¿sabes qué? Esto no es algo que te incumba.

—No pero sé exactamente que en cinco años lo que más anhelas se volverá realidad.

Nicolav enmudeció. ¿Acaso Kieve estaría diciendo la verdad? Lo que más anhelaba en ese momento era conseguir aquel anhelo de su inerte corazón. Sin embargo, para ello debía cumplir una simple promesa de protección; pero a la vez, estaba dentro de una encrucijada, entre el deber y el deseo.

Kieve le dio una última mirada a su compañero y salió por la ventana dando un brinco, aterrizando como un gato sobre la superficie terrosa del bosque y simplemente caminó perdiéndose entre los árboles.

Mientras tanto, Nicolav Malinov, permanecía debatiéndose entre las peticiones de dos personas a las cuales, por ningún motivo debía defraudar. Una aseguraba su deseo, la otra lo cumpliría. Si fallaba a una no obtendría la otra, pero si cumplía una, la otra quedaría en el olvido. Un enigma que no lo dejaba descansar ni por un momento. ¿Qué podía hacer? ¿Qué debería hacer?



Rebecca M. Nilsson

Editado: 07.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar