Sarah

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Capítulo 11. El desconocido

El bosque de Beckov era un sitio tan tranquilo para dar una caminata nocturna. Su apetito había sido saciado hace poco gracias a la deliciosa sangre de la hija del posadero. Al recordar cada momento que había pasado con ella desde que la siguió al bosque, en su pálido rostro se dibujaba una siniestra sonrisa que mostraba ese par de blancos colmillos que delataban su naturaleza.

La helada brisa nocturna chocaba con su piel, más ninguna sensación era percibida por aquel ser cuya mortalidad era nula desde hacia ya 597 años, tiempo exacto que contaba con desesperación al saber que muy pronto, lo prometido sería cumplido más temprano que tarde.

Tan centrado en sus pensamientos estaba que apenas se dio cuenta que se encontraba bajo el acantilado donde el castillo se ubicaba celosamente resguardado de los ojos curiosos. Su audición era tan fina que podía escuchar el aleteo de los mosquitos a la distancia, y qué decir de la conversación que llevaban a cabo dos hombres cuya voz y aroma reconocía a la perfección. Se recargó en la pared de piedra y se sentó tranquilamente en el suelo para escuchar con más atención lo que decían.

—¡Con un joder! ¿Cuántas veces más vas a culparme? —El ser inmortal sonrió de satisfacción al escuchar a uno de sus principales enemigos exclamar.

Obviamente el responsable estaba tan cerca pero también su anonimato servía para ahuyentar las sospechas de Kieve, la mano derecha del Missir de Passburg.

—Nicolav, por última vez, te voy a pedir que tengas más cuidado con lo que haces —dijo Kieve con voz conciliadora. El inmortal permanecía tranquilo, sentado sobre aquella piedra con cautela.

—¿Enserio crees que yo? ¿Lo crees? Si te hace feliz creerlo, adelante… Sí, lo hice yo, aunque, mi intención era salvarla.

El desconocido inmortal se sorprendió ante aquella última frase. ¿Salvarla? ¿Quizás había sido él a quien había alcanzado a vislumbrar la vez que trató de llegar hasta la Sternkind? Sus intenciones eran claras, la debía tener a su merced para poder cumplir con lo prometido, pero al no poder hacerlo con éxito la primera vez, tuvo que saciar su apetito utilizando a la joven Ivy, su hija, como advertencia a su presencia en el pueblo. Tal vez y sólo tal vez aquella neblina verde que vio pasar junto a ellos en cuanto tomó el cuerpo de la hija del posadero se trataba de Nicolav… Lamentablemente no pudo percibir el aroma en el instante mismo, pero ahora comprendía que ese hombre, su rival en batalla podría terminar frustrando sus planes.

Algo tenía que hacer…

Una simple acción que alertara a todo Beckov para impedir la salida de los extranjeros, algo… ¿pero qué?

De pronto, vio como Kieve aterrizó cual gato casi delante de él. La mano derecha permaneció quieto un par de segundos y luego inició su caminata hacia el bosque, perdiéndose entre los árboles.

En su conversación había escuchado la amenaza de Nicolav.

«No te acerques a ella o...», recordó esas crueles palabras.

¡Claro! Ahora todo estaba más que claro en su mente. Ahí estaba la respuesta a su problema.

«¿Por qué no hacer realidad la peor pesadilla de la Sternkind?», pensó

Con una sonrisa triunfante, se dirigió hacia el pueblo. Con sigilo se deslizó por las casas hasta llegar a la posada. El primer obstáculo era la entrada, pero, fue tan fácil llegar hasta su objetivo tras entrar en la mente de la fémina y convencerla de invitarle. Convertido en niebla roja, se deslizó por debajo de la puerta principal en busca de la diversión de su semana. Ya pasaban de las tres de la madrugada cuando se deslizó por debajo de una de las puertas de las habitaciones del segundo piso.

Lo último que se escuchó por detrás de la puerta, en el solitario pasillo, fue un suspiro y un golpe sordo contra el suelo.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 07.09.2019

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