Sarah

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Capítulo 13. Entierro

Sarah abrió los ojos de golpe, sudando se levantó de la cama. Un frío le recorrió la espina dorsal y un cosquilleo subió a su garganta formándosele un nudo en ella.

Suspiró.

Caminó de un lado al otro de la habitación sintiendo como su corazón latía rápidamente, escuchándolo en el silencio de la noche. Trató de calmarse pero sus intentos eran inútiles, no podía estar tranquila, el pecho se le oprimía cada vez que intentaba alejar los terribles pensamientos que cruzaban por su mente.

Tenía miedo.

Miró por la ventana, pensó que quizás de alguna manera eso le ayudaría a relajarse, mas fue inútil.

Un golpe sordo captó su atención. Negó con la cabeza, creyó que todo era parte de su imaginación. Intentó nuevamente pensar en las cosas que el Gran Missir le había dicho, pero nuevamente el golpe la distrajo.

Con el ceño fruncido, decidió salir de la habitación para dar por fin con el origen de aquellos golpes que apenas podían escucharse. De pronto, un tercer golpe le hizo estremecer, este provenía de la habitación de sus padres. La pelirroja palideció.

Con temor a que algo estuviese sucediendo, tomó la decisión de abrir la puerta con cautela, esperaba que no fuera nada malo o siquiera algo que no debiera ver, aunque, al momento de pararse frente a la puerta, sintió como los latidos en su corazón se aceleraban cada vez más.

La puerta no estaba cerrada, pero al entrar a la habitación una corriente de aire helado pasó junto a ella agitando su larga cabellera roja. Su corazón se aceleró un poco más.

Por dentro solo podía observar una tenue luz blanquecina que entraba por la pequeña ventana de la habitación, iluminando un poco en tonos azulados y grisáceos.

Todo estaba oscuro y silencioso. Demasiado silencioso.

—¿Papi? ¿Mamá? —dijo ella acercándose al interruptor de luz. Al presionarlo, enmudeció y su rostro se tornó aún más pálido de lo que ya estaba. Se quedó tan quieta que lo único que logró hacer fue retroceder hasta salir de la habitación y chocar con la pared del pasillo. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras ella caía de rodillas ante la escena que acababa de presenciar.

Empuñó ambas manos con tanta fuerza que las uñas hicieron presión en sus palmas y dio un golpe contra el suelo, lastimándose en consecuencia. Luego, con un grito ahogado despertó a todos en la posada.

* * *

Alfred Klena se cayó de la cama al escuchar el grito. El profesor Gernot se atragantó con su saliva sin percatarse de lo que había sucedido. Alfred, al ver que su mentor no se inmutaba en reaccionar, decidió ponerse los pantalones e ir a investigar lo que estaba sucediendo.

El grito aunque desgarrador, lo había reconocido de inmediato. Era ella.

El joven llegó hasta el pasillo en donde varios huéspedes se hallaban reunidos alrededor de la extranjera, otros, miraban horrorizados el interior de la habitación.

Sin miedo y con los pantalones bien puestos, Alfred se acercó a la muchacha que yacía en el suelo abrazando sus piernas y con la cabeza escondida entre las rodillas. Sus silenciosos sollozos fueron percibidos al estar cerca de ella.

—¿Sarah? —pronunció.

—¿Alfred? —Levantó la mirada y lo vio frente a ella. No supo hacer otra cosa más que acercarse a él y abrazarlo con todas sus fuerzas mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas—. Mis padres, están… —sollozó.

Las palabras se habían atorado en su garganta.

—¿Qué sucede? —dijo él en un tono cálido.

Con dificultad, Sarah se levantó apoyada en los brazos de Alfred y con miedo lo dirigió hacia la habitación de sus padres. Los huéspedes los observaban con temor, otros murmuraban y señalaban discretamente hacia la joven, cuyo color de cabello era un mal augurio para ellos.

Juntos entraron a la habitación en la que Szabó ya estaba haciendo sus investigaciones pertinentes.

Alfred estuvo por vomitar al ver la escena. Sobre la cama yacía el cuerpo de Karlene y en el suelo el de Charles. El joven se acercó a ellos y los miró con detenimiento: las gargantas habían sido horriblemente desgarradas, ambos tenían una mirada de terror en los rostros y mordeduras en los brazos y piernas, pero lo peor era que una daga de plata en forma de cruz atravesaba el pecho de Karlene y la pata de una silla de madera estaba clavada en el cuerpo de Charles.

La habitación olía a muerte.

Alfred miró hacia la ventana, estaba abierta, pero no había sido forzada y aparentemente el asesino los había sorprendido a ambos.

—Vámonos de aquí, Sarah —dijo preocupado por lo que pudiese suceder después.

—¿Quién habrá hecho esto? —preguntó con un hilo de voz. Temiendo a todo, dudando que Kieve o Missir hubieran actuado de esa manera a sabiendas que ellos eran lo único que ella tenía en la vida.

—No lo sé —respondió Alfred con la mirada perdida hacia la ventana.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 07.09.2019

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