Sarah

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Capítulo 14. Aaron Boisseu

El Profesor Gernot salió un poco disgustado, más que por la actitud de Sarah, por el encargo y la mentira de “Szabó”, el supuesto dueño de la posada. Abraham Gernot no era estúpido y eso era evidente, más, al escuchar un par de golpes dentro de la bodega. Él no había dudado ni un instante en darle un vistazo al lugar y encontrar ahí al verdadero Szabó, a quien desató rápidamente.

—¡Pero muchas gracias! —dijo el posadero estrujando entre sus brazos a Gernot—. No entiendo como terminé aquí, yo estaba durmiendo con mi Zsuzsi, mi bella esposa y de pronto —Hizo una señal con sus manos abriéndolas y cerrándolas en un movimiento rápido—, ¡puff! Aparecí aquí. ¡Y fíjate que estoy en calzoncillos porque en esta época del año hace un poco de calor en Beckov!

Abraham Gernot no hizo nada ni reaccionó al parloteó del posadero. Por un momento él comenzaba a sospechar de la identidad del verdadero hombre con el que conversó minutos antes, aunque era imposible.

—¿Fue El Gran Missir? —preguntó el Profesor cruzándose de brazos.

—¡Oh no! Señor Gernot, ¿usted no creerá esas leyendas verdad?

—No preguntaré de nuevo.

—¡Y no tiene que hacerlo! Meses antes recibimos la carta que anunciaba su llegada a Beckov, ¡mi adorada Zsuzsi estaba más que emocionada! Pero fíjese que después nos avisaron que mi querido y difunto amigo Charles Tydén vendría con su familia, ¡qué desgracia! ¡y tan buenas personas que eran!

—¿Eran? —Gernot frunció el ceño. Aquí había gato encerrado, lo estaba deduciendo.

—¡Sí! ¡Eran! Pues ya se murieron —Szabó aclaró encogiéndose de hombros.

—Pero, ¿cómo lo sabe si usted ha mencionado que estuvo prácticamente toda la noche encerrado aquí?, además, si usted hubiera visto la escena del crimen y hubiera sido tan buen “amigo” del señor Tydén, no estuviera hablando en pasado de él, no al menos durante el duelo —Se cruzó de hombros.

Szabó palideció.

—¡Yo no sé nada! —Una gota de sudor se deslizó por la sien del posadero al tiempo en que tragaba saliva y evitaba a toda costa la mirada acusadora del extranjero.

—¡Ah pero sí que lo sabe! Más no seré yo quien le obligue a hablar… usted sólo cantará como el gallo en las mañanas.

Szabó tragó saliva una vez más. Sus manos temblaban y sentía que sus piernas le fallarían en cualquier instante.

El posadero negó con la cabeza ante cualquier pensamiento que asomaba por su cabeza y prefirió salir de la bodega lo antes posible, detestaba el interrogatorio y no podía permitir sentirse más vulnerable ante aquel del que fue advertido meses atrás.

Gernot no impidió su salida espontánea, simplemente dictó su sentencia final:

—Szabó, usted terminará hablando a voluntad propia.

Ante aquellas palabras, el posadero solo se encogió de hombros y salió por la puerta de madera, dejando en plena oscuridad y sumido en sus pensamientos y deducciones al Profesor Abraham Gernot.

* * *

Alfred y Sarah permanecían sentados en el comedor, mirando hacia los féretros en los que descansaban los cuerpos inertes de Charles y Karlene Tydén. Las lágrimas rodaban por las mejillas de la pelirroja al tiempo en que su atractivo acompañante la rodeaba con su brazo.

La idea de irse con Gernot no le parecía del todo mala, pero ella no tenía nada que hacer con él. Lo único que anhelaba con todo su corazón era despertar de esa cruel pesadilla que la mantenía llorando a cada instante. Se negaba a la idea de ver a sus padres durmiendo en ese cajón, rodeados de flores blancas, veladoras y cruces. ¡Si tan sólo fuera un sueño!

Los presentes terminaron sus rezos y luego procedieron a levantar los féretros y llevarlos hacia el cementerio, en donde el sacerdote del pueblo rezó un par de oraciones más antes de comenzar a cubrir con húmeda tierra los cajones.

Sarah tenía el corazón hecho trizas. Sentía como su estómago se revolvía al tiempo en que su garganta se cerraba; ya no tenía suficientes lágrimas pero seguía llorando, sus ojos se hinchaban cada vez más y su labio inferior temblaba. Si no fuera por el abrazo de Alfred quizá ya hubiese desfallecido en aquel momento.

El mundo se detuvo en ese instante.

«Te lo advertí», escuchó una voz en su mente.

La joven abrió los ojos y miró a su alrededor. A su lado ya no había personas, estaba sola.

«No pensabas que era incapaz de cumplirlo, ¿verdad?».

Sarah escuchaba esa voz retumbar en su mente, luego, esa risa la estremeció. Una risa burlona, descarada, una risa que le hacía temblar y sentir tan impotente. Quería gritar, llorar, maldecir, pero no podía siquiera articular sílaba alguna. El enojo se apoderaba de ella con cada segundo que permanecía escuchando esa risa endemoniada.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 07.09.2019

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