Sarah

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Capítulo 15. Vida por vida

Aaron Boisseu llevaba en brazos a la pelirroja, sus pasos eran apresurados pero aún así iba dejando detrás suyo un rastro de sangre femenina.

El joven de castaños rizos maldijo por lo bajo. No quería que aquella mujer muriese de esa forma tan cruel, él pensaba que ningún ser humano merecía una muerte violenta, él pensaba que la hora debía llegar lo más natural posible y no a causa de lo paranormal.

Por fin logró vislumbrar la posada a lo lejos. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro al reconocer el edificio de madera que se alzaba a un par de metros. De pronto, el joven se detuvo en seco, no volteó, simplemente permaneció en silencio escuchando con toda la atención de la que era capaz de prestar a los sonidos de la naturaleza. Por un momento creyó escuchar una rama rompiéndose y las hojas de los árboles moverse.

Negó con la cabeza y siguió su camino.

Al fin había logrado llegar, cruzó la puerta y lo primero que vio fue a los pocos huéspedes observarlo con sorpresa y una palidez extrema en sus rostros.

«Deben conocerla», pensó al mirar a la joven que llevaba en sus brazos.

—¿Abraham Gernot? —preguntó Aaron en voz alta.

Abriéndose paso entre los hombres, Abraham apareció con su semblante serio; aunque este cambio de pronto sin saber exactamente si fue por la sorpresa de ver a su discípulo o a la persona que yacía inconsciente entre sus brazos.

—¿Pueden ayudarme en vez de mirar como una bola de estúpidos? —Se exasperó el discípulo, frunciendo el ceño ante la ineptitud de las personas a su alrededor.

Abraham le hizo una señal a su más querido aprendiz y lo condujo hacia la habitación que compartía con Alfred. Ahí le pidió que la depositara sobre la cama.

Mientras tanto, afuera de la habitación, los huéspedes observaban todo, cual testigos chismosos que no aportaban nada pero que adoraban hablar y hacer suposiciones de la gente que llegaba al pueblo en calidad de extranjeros y visitantes.

Una segunda puerta se abrió, dejando salir un poco de vapor; era Alfred Klena que se secaba el cabello con la toalla.

—¡Ah! ¡Pero mira nada más a quién tenemos aquí! —exclamó Aaron viendo a su ex mejor amigo de la infancia.

El rubio se sorprendió tanto al reconocer aquella voz y mirar el rostro de su viejo amigo de juegos; una sonrisa se dibujó en su rostro, pero esta desapareció al ver hacia la cama.

—¡Sarah! —gritó el muchacho dejando caer la toalla al suelo y acercándose a toda velocidad hacia la chica que amaba—. ¿Pero qué le ha pasado? —Posó una mano sobre el cabello de la fémina, este estaba húmedo y viscoso; quitó su mano y la observó.

En ese momento sintió como si le hubiesen dado un buen golpe, puesto que su mano estaba cubierta de sangre, la sangre de Sarah.

—¡No debí dejarla sola! —Se lamentó.

—¿La conoces? —preguntó Aaron.

—¡Por supuesto! —exclamó.

—Y dices que la dejaste sola… al acecho de una vampira.

—¿Vampira? —murmuró Abraham escuchando con atención lo que decían sus aprendices—. ¿No estarás hablando de Ivy?

—No tengo ni la más mínima idea de quien sea Ivy, lo que sí sé, es que llegué a tiempo para salvarla. Aunque no lo suficiente para prevenir ese ataque —dijo Aaron señalando hacia la cabeza de la chica—. Dudo que sobreviva, ya perdió mucha sangre y un golpe así es fatal. Sólo revisen su pulso, es algo lento.

Alfred se levantó y caminó por la estancia, tenía miedo de que algo le llegase a suceder a esa chica, él tenía sentimientos profundos por ella a pesar de sólo conocerla desde hacia días.

Abraham Gernot sacó de su maletín el equipo de primeros auxilios, aunque no sirviera de mucho, al menos intentaría limpiar la herida.

—Alfred, trae agua caliente para lavarle la cabeza a esta niña; Aaron, tú me ayudarás a suturar si es necesario —Las órdenes de Gernot fueron obedecidas al instante.

Aaron le ayudó a preparar todo lo necesario mientras Alfred regresaba al baño por el agua que el Profesor le había pedido.

—¡Vaya, vaya! —Alfred escuchó a sus espaldas. Casi estuvo por tirar el recipiente con el agua—. Sabes por qué estoy aquí, ¿verdad?

Alfred palideció, pero evitando mostrar debilidad, decidió encarar al Príncipe cuya visita no esperaba.

—No te vayas a atrever —habló Alfred.

—Todos por igual, muchacho. Este es el final de su línea de vida. ¿Qué esperabas? —dijo el hombre rubio cruzándose de brazos. Su ropa de cuero negra y sus ojos marrones le daban un aire imponente en la estancia poco iluminada.

—Por favor, no lo hagas —La voz de Alfred se escuchó esta vez más débil.

—Vida por vida. No puedo dejarla sin llevarme algo a cambio. Así son las reglas.

—Pero tú las rompiste hace tiempo, puedes hacerlo otra vez. Otra excepción… por favor, Príncipe —Alfred había dejado el recipiente a un lado para poder ponerse de rodillas ante Su Eminencia y juntar sus manos en señal de creciente súplica.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 07.09.2019

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