Sarah

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Capítulo 16. Los recuerdos de Gernot

Febrero 1989

Abraham Gernot, caminaba con paso apresurado por las calles de Moscú en busca de aquel ser que debía eliminar a toda costa. Al dar vuelta en la esquina, se topó frente a frente con “El Príncipe de Londres” —sobrenombre con el que Jack se hacía conocer hace 100 años—.

—¡Me has asustado! —exclamó Gernot con irritación—. Seward, no vuelvas a hacer algo así.

Jack Seward sonrió.

—Prometo no intentarlo. Escucha, Bram… debes ser más sigiloso, ¡tuviste suerte de que he sido yo el que te ha dado el susto! ¡Él viene siguiéndote desde hace varias cuadras!

—Lo sé y es por eso que… —Fue interrumpido por el canto de una sirena que escuchaba a lo lejos.

—¡Pero sí serás! Eso no es una sirena —Jack Seward pronunció rodando los ojos.

—¡Por un demonio! ¡Deja de leer mi mente! —puntualizó dándole la espalda al vampiro.

Ambos salieron en busca de la dueña de tan dulce voz, más bien, fue Abraham Gernot quien, cegado ante la belleza de las notas se dejaba guiar, siendo a su vez, perseguido por Seward quien le trataba de hacer entrar en razón. ¡Le recordaba la misión! Vanos eran los intentos, ya que al joven e inexperto cazador le importaba un cacahuate lo que pudiese pasar, ¡él quería encontrar a la dama!

No tardaron en conseguir el objetivo. Ahí estaba sobre el puente que se alzaba cerca del Neva, una hermosa dama de cabello castaño que lucía un vestido negro, cuyo rostro era cubierto por un velo oscuro que ocultaba perfectamente las lágrimas de tristeza que brotaban de sus dulces ojos; llevaba consigo un ramo de flores amarillas que resaltaban a la distancia.

La dama estuvo a punto de lanzarse hacia el río, sin importarte nada más, al final de cuentas, para ella ya no quedaba nada, todo lo había perdido y además, era perseguida. Ya estaba cansada de esa vida. Deseaba terminar de una vez por todas con su sufrimiento.

Antes de siquiera poner el pie fuera del puente, fue arrojada con gran fuerza por un hombre que sonreía con cierto aire de lujuria en su rostro, tenía un par de ojos rojos cuyo brillo deseaba matar. La dama apenas pudo contener el aliento, Abraham y Jack vieron aquella escena y sin dudar ni un segundo más decidieron intervenir, una vida humana era una vida después de todo, y, aunque ella pensaba en el suicidio como única salida no iban a permitir que su muerte fuera decidida por aquel ser de ojos rojos al que Abraham perseguía desde tiempo atrás y cuyo nombre según sus aliados vampiros era Orlock.

Jack Seward se apresuró a llegar al puente, pero antes de que él u Orlock hicieran el primer movimiento, la dama levantó su mano derecha apuntando hacia el hombre que la había tocado, dio un respiro profundo y de su mano enguantada brotó un brillo violeta que se convirtió en un haz de luz que bañó por completo a Orlock. Acto seguido y a consecuencia de ese poder, el vampiro huyó.

La dama se levantó y recogió sus flores. Jack Seward ya no se encontraba ahí, para él no tenía sentido protegerla si de todos modos ella podía cuidarse sola. Sin embargo, Abraham no pensaba igual y solamente subió al puente en donde la mujer se sacudía el polvo del vestido, estaba decidida a matarse, ese ataque fue la gota que derramó el vaso en su vida.

Ella, que ya tenía en claro su objetivo, fue detenida por la mano de Gernot. La dama se sobresaltó y se giró para encarar al atrevido; para ella resultaba atractivo el rostro del desconocido, su cabello rubio y cuidada piel fue lo primero que la impresionó, pero fue esa sonrisa tímida la que la cautivó al instante.

—¿Te gustan mis flores? —preguntó ella bajando la mirada.

Abraham se quitó el sombrero que llevaba puesto.

—No —respondió.

—¿Te disgustan las flores?

—No, me gustan las flores… —Miró el ramo amarillo que llevaba entre sus manos—, pero no estas.

—Entonces, ¿cuáles te gustan? —preguntó ella suspirando.

—Las rosas.

Ella sonrió dejando caer el ramo amarillo, luego, extendió su mano derecha hacia el hombre y se presentó:

—Sarah Burkhardt —pronunció con una delicada sonrisa.

—Abraham Gernot —dijo él tomando la mano que le ofrecía y jalándola hacia él para estrecharla en un abrazo protector.

Jack Seward miraba aquella escena con un gesto de entera sorpresa. Durante su último siglo no había pensado que podría volver a ver a una pareja de enamorados, Abraham y Sarah le recordó a cierta pareja de esposos ejemplares que conoció durante su travesía: Jonathan y Mina Harker.

—Esto no es nada bueno —Una voz escuchó a su espalda.

Seward no se sobresaltó y en cambio, sólo respondió con cierta tranquilidad.

—Trata de decírselo, Nicolav.



Rebecca M. Nilsson

Editado: 07.09.2019

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