Secretos Arcanos (relatos de El Secreto de tu Magia) [1.5]

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Secretos Navideños - Parte V

Krane abrió una puerta mágica que nos hizo terminar en un terreno baldío de las partes más cálidas de Groenlandia. Él intentó llevarnos a un lugar desierto para que nadie viera nuestro curioso grupo: un mago con atuendo peculiar, un reno, un palomo parlante y una cabra humanoide, de viaje con una señorita.

Al aterrizar sobre este lugar, Krane no se notaba del todo seguro con la situación luego de haber enfrentado a Nicolás de esa manera, una trifulca que los llevó a tumbarse al suelo tan pronto salimos de la cueva.

En plena luz del día pude notar el rostro de Krane con más claridad. Con los dedos, presioné las partes inflamadas de su rostro.

—Una paliza para no perder la costumbre —comentó Alonso trepándose en mi hombro.

Mientras tanto, el hombre cabra estaba también sentado en el piso, tocándose los cuernos y cubriendo sus ojos ocasionalmente. Rodolfo por su parte lo rodeaba, mientras no dejaba de hablarle, y de quejarse de los tratos de Dimitri para con él. Por otro lado alardeaba de su dicha de ser de los pocos sobrevivientes de los antiguos renos de San Nicolás.

—Bueno, ¿y que haremos ahora? —preguntó Alonso de la nada—, ¿ahora si tenemos que buscar al gordito de las Coca-Colas?

—No lo sé —dijo el mago inseguro y me apretó de la mano.

—¿Qué es una Coca-Cola? ¿Es alguna pista para su paradero? ¿Ha cambiado algo mientras he estado prisionero durante este tiempo? —preguntó Nicolás ajeno a la realidad—. Hablaban de unos niños, ¿podrían explicarme?

—Pero… no estabas prisionero, cuando llegamos estabas fuera de la jaula —cuestioné, caminando hasta él, para inspeccionarle los cuernos.

—Algo me impedía salir de la cueva, cuando tu amo nos sacó por el portal, pude salir —explicó, moviendo su cabeza hacia los lados para facilitarme las cosas.

—Se ve todo bien —noté—, pero, él no es mi amo, no soy su sirvienta —aclaré justo antes de sentarme de nuevo al lado de Krane.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí dentro? ¿Por qué no has muerto de hambre? —preguntó el mago mirando atento a Nicolás y presionándo sus propios moretones, moldeando su rostro como si fuera de goma.

—Es inmortal. In-mortal, que no es mortal, eso quiere decir, Krane. Así que no podría morir de hambre —explicó el palomo—, ¿entendiste?

—Luego de que pasas años encerrado es imposible saber cuando acaba y comienza el día —dijo Nicolás cabizbajo—. Cuando el tiempo te parece eterno, es difícil poder medirlo.

—Mi amo pasó aproximadamente ciento noventa y cinco años, tres meses, veintidós días y aproximadamente nueve horas y treinta y cinco minutos como prisionero —intervino Rodolfo, muy seguro de los datos innecesarios que nos brindó.

—Vaya es mucho tiempo. —Nicolás se cubrió el rostro con sus extrañas garras. Parecía afectado al escuchar la noticia. Fue cuando entonces, Krane y Alonso hicieron el intento de explicar todo, siempre con intervenciones de Rodolfo quien aclaraba las cosas, o daba la información correcta.

Se le explicó cómo habían estado desapareciendo los niños por años y como se llegó a sospechar que era él, Nicolás, quien había hecho todo.

 Pero que ahora era distinto, pues, la otra parte de él, la malvada que estaba en libertad, fue la causante de todo. Rodolfo explicó como terminó bajo el cuidado de un viejo cascarrabias que apenas le daba comida, solo cebollas y que él las odiaba.

Nicolás explicó, como él trató de defenderse, pero que por su mera apariencia todos presumieron que el verdadero Nicolás era aquel hombre rellenito de apariencia afable. Nos relató como él fue encerrado en aquella prisión mágica. También preguntó de nuevo que era una Coca-Cola, y nos dijo que de hecho, sí, tenía hambre.

—Puedo traer cualquier cosa, solo pídelo…

—¿Pan? 

—Traele una pizza, y una coca-cola —dije a Krane. Él asintió de inmediato—, ¿traigo para nosotros?

—Ya veo quien es el amo de quien —dijo el hombre cabra con una voz serena, más bien, relajado.

—No puedo decirle que no, ¿verdad? Es difícil negarle algo a ella. —Krane se encogió de hombros antes de abrir una puerta mágica. Antes de irse, ofreció su mano, pues no parecía tener intenciones de dejarme sola con los demás.

—Estaremos bien —dije, sabiendo que lo ponía en una posición difícil, pero sentía que Nicolás era inocente, y quería que Krane comenzara también a sentir confianza en él.



Dakkita

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En el texto hay: misterios, romance, aventuras

Editado: 31.08.2019

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