Secretos Arcanos (relatos de El Secreto de tu Magia) [1.5]

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Flores para los olvidados

La vida es algo tan delicado y frágil que no la tomamos en cuenta como es debido. Va ligada con el tiempo que muchas veces transcurre tan rápido que parece imperceptible. Para algunos se resume en un parpadeo, para otros, es una tortura interminable.

En nuestra existencia también hay algo muy presente, el fantasma de la muerte. Un acto natural del que huímos día a día, y aunque en nosotros existe el espíritu de la supervivencia, todos terminamos allí, en el cementerio.

Para mí esa es la casa de aquellos que son olvidados, pero también es el refugio de quienes se retienen al cuerpo físico de sus seres queridos que han ido a morar a mejor vida. Sirve como un tipo de consuelo en el proceso de la aceptación. 

Para Krane no fue fácil aceptar de que no era el culpable de la muerte de su madre. Era aún más difícil ser la razón para el asesinato de quien veía como su segunda madre. Pero, pude convencerlo de que fuera en búsqueda del cierre que necesitaba. 

El sol nos regalaba sus primeros rayos de la mañana. El color del cielo era de un tono rosado, parecido al grupo de flores que llevaba en mi puño. Era tan temprano que la brisa era gélida, tanto que me tenía la nariz fría. Mis manos también lo estaban, con la excepción de aquella que apretaba con firmeza la suya. Su apretón era cálido y firme, de cierta manera una forma de expresarme su necesidad de un poco de compañía. Y sobre su hombro, no podía faltar su eterno compañero, Alonso.

—¿En realidad estás seguro de ir hasta allá? —preguntó el palomo con una calma que no era propia de él. Pero entendía cuando no podía bromear y ese era uno de esos momentos en que tenía que ser precavido al abrir el pico.

—Sí, creo que sí. —Krane insistió y acarició la diminuta cabecita del palomo con la punta de sus dedos. Y a pesar de afirmar que estaba listo, su rostro reflejaba lo contrario. Tenía miedo de enfrentar el choque con la realidad y ver el nombre de la mujer que le cuidó toda la vida, plasmado en una simple lápida.

—¿Segurísimo? —Espetó su piquito en la cabeza de Krane—. Sabes que no puedes convertirte en super sayayin acá. O nos vas a meter en un lío —comentó Alonso.

Miré al avecilla de reojo, y ésta se escondió en el cuello de su amo. Krane me brindó una sonrisa triste pero conciliadora.

—Lo tengo todo controlado, no se preocupen —aseguró. Tiró ligeramente de mi mano y continuamos por aquel camino de lápidas cubiertas de limo.

—Que triste es esto. Cuando estiras la pata, ya no te pelan. Solo esperan para ver que dejaste.

—Eso es cierto —comenté, al tiempo que seguí el camino de la mano del mago.

Luego de un rato, él me soltó, pues pareció notar en mí las ganas de explorar. Y efectivamente, casi todas las lápidas estaban con los nombres ocultos bajo la suciedad, tanto que tuve el atrevimiento de acercarme a algunas de ellas para aclarar su contenido y dejarles algunas rosas. Krane no me interrumpió en ningún momento, al contrario, se puso de cuclillas siempre y esperó. En silencio se lo agradecí.

Y aunque ninguno de ellos era un conocido, lo llegamos a sentir necesario. Y Alonso, bueno, estaba extrañamente callado.

Seguimos hasta llegar a un pequeño y hermoso panteón, rodeado de unos arbustos de rosas blancas aún sin florecer.

—Sus favoritas eran las rosadas, no las blancas —dijo con su voz quebrada y con sus ojos ligeramente rojizos. Y él simplemente me contagió con aquella tristeza. Igual con Alonso, quien no dijo nada y salió volando, alejándose de nosotros.

—Mago... —dije a duras penas y le entregué las flores restantes—. Déjale las rosas que tanto le gustan entonces. —Él las dejó con delicadeza en el suelo, muy cerca del nombre de Teresa.

—Ay mi vieja... —Fue lo único que pudo decir y se sentó en el suelo justo frente a lo último que quedaba de ella. Se cubrió el rostro y no dijo más por largo rato. Me tembló la mano, me puse de cuclillas frente a él y le acomodé el cabello tras su oreja. No sabía que decir, pues yo estaba tan rota como él, solo de verlo así.

—Mago...

—Yo sabía que tenía que dejar mis tonterías, sabía que iba a terminar haciéndole daño. ¡Y justo pasó! —Habló quizá conmigo o para él. Yo solo sabía que intentaba desahogar eso que sentía, ese dolor que en su momento Pendragon no le permitió desbordar.

Unas pequeñas gotitas comenzaron a caer, pero nada más. Parecía haber controlado el asunto emocional bastante bien.



Dakkita

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En el texto hay: misterios, romance, aventuras

Editado: 31.08.2019

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