Selbstmord

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El motel

Seguí conduciendo por la autopista, no me animé a llamar ni a la policía, ni a un hospital, simplemente seguí adelante sin dejar de pensar en aquel extraño hombre, ¿por qué?, ¿por qué matarse en medio de un oscuro bosque? Me puse a pensar en la situación, me puse a pensar que tal vez, solamente, tal vez, la soledad sea la mejor compañía en tu último suspiro.

Llegué al Motel Donson, una vieja estadía a varios kilómetros de aquel incidente. El motel tenía una entrada de autos bastante amplia, un letrero cuyas letras M y D parpadeaban a causa de la dejadez de las bombillas, así que entré con el auto al estacionamiento, al bajar del auto me dirigí a la puerta de entrada y al entrar vi a un hombre anciano que esperaba recibirme como era su trabajo cotidiano en la recepción.

- Buenas noches, hace frío allá afuera, ¿no cree? – me preguntó el viejo caballero canoso, que, a pesar de lo evidente de sus dolores, aún conservaba una sonrisa.

- Si – me limité a responder - ¿tiene alguna habitación disponible?

- Por supuesto – dijo – la numero 14 está libre – me dijo entregándome la llave - ¿sabe? – Me dijo – la gente debería aprender a sonreír más, ayer un apuesto caballero vino a hospedarse acá, solo que él iba en dirección contraria a usted. Amable, lo acepto, pero triste y apagado, como si la vida solamente le hubiera cargado de cruces al cristo equivocado, ¿me entiende?, y me pregunto yo, ¿no debería ser yo quien esté cansado de todo lo que se enmarca de la vida? – Dijo muy fuerte – mire usted como son las cosas del destino, este hombre se hospedó en la misma habitación que usted – dijo mirándome fijamente – tenga usted una hermosa noche.

Me quedé pasmado ante tanta revelación

- ¿Por qué recibiría consejos de superación de alguien que atiende un sucio Motel en medio de la carretera? – pensé, mientras me desvestía para poder entrar a darme una ducha y limpiar con el agua que caía: las penas y extrañezas de esa noche. El cuarto donde estaba hospedado era sencillo, sin decoraciones de ningún tipo, tan solo paredes de cal lisas que estaban pintadas con un color celeste desagradable, cuyas rajaduras podían notarse a simple vista tan solo al entrar a la habitación. La cama, situada justo al medio, tenía una sola sábana gruesa que me serviría para protegerme del frío, el piso de la habitación tan solo era de cemento pintado de un color café madera de pino, las cortinas de la habitación eran delgadas, inútil era su colocación en las ventanas, puesto que una imagen borrosa y distorsionada pero lo suficientemente clara podía revelar las acciones del inquilino desde afuera, y de igual forma era posible observar desde dentro de la habitación lo que ocurría afuera. Fue entonces cuando me di cuenta que el motel parecía tranquilo, demasiado silencioso, y me percaté que era el único hospedado en aquel lugar, que el silencio desbordaba de cada una de las habitaciones que me rodeaban, y por unos instantes me imaginaba las peores escenas que haya visto en las películas de Hollywood bajo temáticas de suspenso en moteles solitarios, pero es más que obvio que esas solo fueron imaginaciones mías. De repente en todo el silencio que se esparcía de la noche se oyó que alguien goleaba mi puerta, sonido que me levantó el espanto escondido en mí interior, tan solo era el dueño del lugar:

- Tenga usted la cortesía de servirse el té conmigo – dijo ingresando con una gran charola con dos tazas y una tetera – ya soy viejo, y aunque no me crea usted, buen caballero, esto lares no son nada concurridos por los turistas – y ponía la charola encima la mesa vacía en la habitación – muy pocas son las personas que vienen acá a hospedarse, pero eso es bueno, ¿sabe?, atiendo este motel que ni siquiera me pertenece, le pertenecía a mi difunta esposa, y ahora la soledad nos ataca como los dolores y el peso de la edad – dijo mientras tomaba su taza de té.

Yo tomaba mi taza de té, mientras atendía de forma estúpida cada palabra que saliese de aquel arrugado amigo nuestro, que oscilaba la conversación desde sus épocas hermosas de joven escuchando al joven y romántico Sinatra, hasta de la vida de antiguos huéspedes del motel que se sentaron a hablar con él, cuando así lo necesitaban; y por esa temática en la conversación es que pude descubrir lo que emprendería un nuevo viaje donde las cosas debían ser grises:

- Déjeme contarle que hace unos días vino un hombre muy extraño, no en el mal sentido, claro que no, extraño es su ser, no lo vi sonreír ni con uno de mis mejores chistes, ¿sabe? – dijo riéndose solo – aún recuerdo al hombre, que era capaz de robar la alegría del lugar con tan solo su presencia, no era malo, más bien, educado, amable, me ayudó en las refacciones de la habitación en donde se quedó, - dijo riéndose – que como ya le dije, es precisamente esta donde usted está hospedado, me temo que tal vez lo pudiese estar aburriendo con mis historias, y con mis experiencias tan vagas puesto que en realidad no he tenido una vida interesante, siempre encerrado en las paredes de este motel desde que conocí a Mary, y esa es una de las cosas de las cuales me arrepiento, y no se crea señor que digo que me arrepiento de haberme casado con ella, o de haberla amado, ¡no!, es tan solo que el tiempo no se detiene y se nos es pesada la carga de las cosas que dejamos pasar, aún más que de aquellas que no resultaron pero que logramos emprender, yo nunca fui un chico muy listo, no terminé mis estudios, me escapé de casa a muy corta edad y terminé conociendo a Mary a mis dieciocho años, ella era una niña de casa, educada, buena alumna, de dinero, presentable, yo vivía en casa de un amigo, trabajaba de lo que podía apenas si sabía realizar operaciones matemáticas básicas, oh… pero no había quien se comparara con mis letras, con mis cuentos y novelas. De pequeño soñaba con ser un famoso escritor, un novelista que combinara la temática del amor con la temática de lo social, pero las cosas no salieron así, la conocí un día que ella tuve problemas con sus padres y se fue de casa y terminó en las calles de hambre y frío, asustada como un cachorro, la hubiera visto usted, ¿y qué podía hacer?, solo se me ocurrió ayudarla. Pronto ella volvió a casa, pues le hice reconsiderar la idea de que no podía dejar su casa nada más por una pelea sobre lo que le dejaban usar y no en ropa, verá usted que los pobres y los ricos tenemos problemas de igual forma, pero hasta ahora he pensado que la calidad de problemas son las que nos diferencia, y es que la naturaleza del ser humano radica en el hecho de que nunca nos sentiremos satisfechos del todo con lo que hacemos o lo que tenemos, siempre sentiremos que nos falta algo, siempre sentiremos ese vacío en nuestro interior. Después de que se fue no la vi por casi medio año, yo tenía planeado viajar de nuevo a buscar una mejor vida en el extranjero, a buscar algo que hacer, cuando estuve a punto de hacerlo la vi regresar a ella, venía acompañada de sus padres, los señores Stonir eran personas de muy buena presencia, su visita me intrigó, venían a agradecer lo que hice por Mary, se disculparon por no venir antes, según ellos castigaron a Mary sin salir y en una exhaustiva vigilancia todo este tiempo, se asustaron es comprensible – dijo riéndose – no querían perder a Mary, ellos la amaban mucho, me ofrecieron trabajo en su casa, cuidaba el jardín, aprendí los modales de etiqueta y me volví el chambelán de Mary para toda ocasión, lo cual me pareció sorprendente , pues tan solo había sabido de familias ricas con muchos sirvientes en libros y revistas, nunca creí que lo viviría. Mientras viví en la casa Stonir me enseñaron los modismos del lenguaje, matemáticas, historia, sociales, y no sé qué tantas otras cosas más, pronto cumplí los veintiún años, Mary y yo cruzábamos miradas siempre, y en ellas encontraba mi refugio de paz del mundo, y aunque jamás me lo dijo, creo que ella sentía lo mimo al verme…



Antonio Bustillos

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En el texto hay: viajes, locura, suicidio

Editado: 26.11.2018

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