Selbstmord

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La Carta

Querido Timmy:

Ha pasado ya diez años desde tu partida de casa, desde aquella vez que decidiste marcharte lejos sin decirnos una palabra, cuando te escabullías silencioso por la noche, escapando, huyendo, de todos nosotros.

Cuando sin ninguna seguridad de adonde ir, o como cobijarte de esas frías noches, decidiste partir de aquello que creíamos que era un hogar, en lo cual tal vez nos equivocamos.

No creas que me ha sido fácil olvidarme de ti, hijo, y es que no puedes pedirle a una madre que olvide a su hijo, a su {único hijo, cuando naciste, fue el día más hermoso de toda mi vida, eras tan pequeño, tan débil y tan inocente que en el momento en el cual te vi juré que nada te lastimaría en el mundo, y es que uno promete muchas cosas al cielo cuando se encuentra emocionado, cuando el amor es más grande que la lógica, yo prometí cuidarte, pero: ¿Quién me enseñaría a hacerlo?; y así poco a poco, mientras pasaban los años, tu mirada y tu sonrisa se fueron tornando en dolor, en seriedad, en nada que expresar, y te alejaste, de tu padre, más que de nadie, y luego de mí.

Siempre creíamos que te estabas descarrilando de un buen camino de vida, y tal vez por ello te éramos tan estrictos, a cambio de eso, lo único que logramos fue que, desde pequeño, siempre, nos tuvieras miedo, y cuando empezaste a crecer, tu miedo se fue tornando en rebeldía y vandalismo, y desde ese momento no supimos que hacer. Pero fue en aquel día en específico, en esa fecha tan especial para las familias como lo es noche buena, que todo se tornó gris. Lo recuerdo muy bien Timmy, nosotros esperábamos con la comida recién hecha a que llegara tu padre del trabajo, tal vez una de las mejores comidas que preparamos contigo, y sin duda, la que mejor hecha como una familia. Recuerdo que me ayudaste a preparar el horno, y aplastar las patatas, ¡cómo te afanabas tanto a tus trece años, por hacer de esa, una noche especial!, pero ese día en específico tu padre decidió salir a festejar noche buena con sus amigos del taller, dieron las nueve… diez… once… doce… una… do, y cuando a las tres de la mañana llegó tu padre, tú ya dormías. Dormías de tanto llorar y maldecir a tu padre, y él entró a tu cuarto sólo para reclamar por el plato de comida que no quisiste sobrar para él; y esa fue la primera vez que te vi tan furioso, saltaste de la cama y te abalanzaste sobre él, lo empezaste a golpear de una manera que, si tú lo hubieras visto, habrías hecho lo mismo que yo hice, llamar a la policía. Tu padre yacía en un gran charco de sangre, pero era notorio que solo estaba muy mal herido, que nunca fue tu intención matarlo, porque de querer haberlo hecho, sin duda lo hubieras hecho.

La policía estaba cerca, ya se oían las sirenas, me miraste, yo te miré, tú te reíste irónicamente y yo solo me quedé fría. Miraste a tu padre en el suelo y simplemente terminaste cortando la última relación que tenías con él, al hacerle un ademán amenazando su vida. Las sirenas ya doblaban la esquina cuatro manzanos más allá, tan solo saliste corriendo, sin dinero, sin ropa limpia, sin comida, tan solo para huir de aquello que habías hecho, después tan solo te vi desaparecer en la oscuridad.

Nada sé sobre qué te pasó después, excepto rumores, que, como madre, y lo entenderás, yo preferiría creer que no son verdad. Me contaron de tu gran adicción a las drogas, que tú estabas tan mal que debías consumir algunas para estar despierto y luego tomar otras para poder dormir, me contaron que te burlaste del amor cuantas vece pudiste. Me contaron que en la historia que cuentas sobre tu pasado, notros, tus padres éramos aplastados por un tren en un viaje de aniversario y que te quedaste solo desde los trece años, que huiste por no entrar en un orfanato, también me contaron que no etas bien, que tantos años de agotar tu cuerpo te han enfermado, y lo peor, nadie sabe cómo curarlo, una extraña enfermedad que llaman el “Síndrome de Job” que hace que tu piel con el tiempo se vuelva callosa como lo hace la lepra. Que tu sistema inmunológico poco a poco colapsará y cualquier bacteria podría hacer de las suyas sobre ti, pero eso es lo más superficial, me contaron del problema ahí, dentro tu cabeza, me dijeron que escucharás voces, sufrirás alucinaciones, y poco a poco tu cordura irá desapareciendo como lo hará tu salud.

No sé cuánto de ello es verdad, espero que tengas la amabilidad de responder esta carta explicando todo, y es que ahora mismo tengo muchas cosas que contarte, porque es necesario que dejes de huir de aquello que fue tu pasado.

Papa está bien, por si te lo preguntas, pero a causa de los golpes lo dejaste inválido y con parálisis facial parcial, no pretendo echarte la culpa de eso, tan solo te defendías, pero entiéndeme, dejaste al hombre que yo amo postrado en una cama y pidiendo que le laven el trasero, y no puedo hacer otra cosa que no sea preguntar: ¿Por qué?



Antonio Bustillos

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En el texto hay: viajes, locura, suicidio

Editado: 26.11.2018

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