Selbstmord

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En la Matriz I

Dormitaba en mi auto, el ruido del motor era lo único que me mantenía más o menos despierto. Mas, no era suficiente, los viajes que había realizado, tan solo con el objetivo de resolver este tan caprichoso enigma, ya había saturado mi cabeza, sentía que me había hundido en un gran pozo de incertidumbre, y poco a poco empezaba a dudar de mí mismo, de ser capaz de resolver este enigma, pero… ¿por qué tenía tanto afán en resolverlo? Estaba a kilómetros de casa, y no me había comunicado en días con ningún conocido, ¿a qué se debía mi actitud? Debía recordar qué me había impulsado a seguir esta tan absurda empresa, pues era absurda, ¿Qué me había impulsado a seguir a un completo desconocido hasta un bosque oscuro y siniestro, tan solo para verlo volare la tapa de los sesos en un acto cobarde de escape de su propia Vía Crucis, la cual trataba tan ansiosamente acabar? No podía entrar en razón, y lo cierto es que el agotamiento me pesaba. Y mientras más trataba de pensar, más me agotaba, y poco a poco fui cediendo al llamado de la cueva de Hipnos, y caí.

Desperté, y de pronto todo se hizo más claro, al principio y a causa de la luz todo se me hacía borroso y confuso, cuando todo se tornó claro en mi espacio me di cuenta de que había vuelto a ese lugar de nuevo. Aquel bar donde todo comenzó, la misma mesera, los mismos ebrios de siempre, y de repente, volví a verlo, sentado cerca de aquel estúpido y mal pintado cuadro. Era él, aquel hombre con la mirada perdida, jugando con su copa de licor en la mesa, más nunca bebiéndola, todo volvía a ocurrir tal y como sucedió la última vez. Timmy se levantó sin beber nada de su copa, se alejaba, Timmy volvía de nuevo a jugar bajo los mismos reglamentos de la última vez que lo vi, ¿debía seguirlo?, ¿debería evitar que haga lo que hizo? Me sentía como un extraño viajero del tiempo, me sentía con el poder divino de poder cambiar el transcurso de la historia, pero, solo lo vi alejare, salir por esa puerta, y sabiendo yo su destino, nada hice más que quedarme en el bar a terminar mi propia bebida.

Pasaron dos horas, no siendo un buen bebedor admito sentirme mareado después de haber acabado esa copa con otras cinco más, estaba perdido en una borrosa visión de la vida, y mientras veía ebrios felices e idiotas que celebraban el hecho de que podían, por lo menos en ese día, ver a las camareras más lindas de la ciudad y buscaba respuestas a mi actitud, y así después de pagar mi cuenta, y de levantarme del asiento me dirigí a la puerta del bar, para luego conducir mi cuerpo a la puerta de mi auto, entré, encendí el auto, y conduje hasta mi casa.

En algún momento todo el mundo debería ir por “El Camino de las flores”, de ahí conducir recto por varios kilómetros, hasta poder divisar una casa color marfil, con una rendija que da la bienvenida y deja al descubierto un hermoso jardín de rosas, y entonces sabrán que llegaron a mi casa. Una casita ni grande, ni pequeña, ni pobre, ni rica, más bien humilde y cómoda, y dentro se encontrarán tan solo con un recibidor de visitas y una cocina al estilo americano, un pasillo, que lo llevará al cuarto de mi hijo y al cuarto que tenemos con mi esposa, un baño en cada habitación y el pasillo al final los conducirá al baño de visitas. El jardín, en lo general cuidado por mí, tiene ese color verde tan vivo que parece que fuera sintético, y las rosas que, si son rojas, demuestran que no hay rojo más vivo que esas, y que si son blancas, demuestran que no hay puro más blanco que ese.

Claro, y es obvio, que todos esos detalles, aunque me los sé de memoria, no eran relevantes ni claros a las dos de la mañana y, además, ebrio. Así que estacioné el auto, salí de él, y entré a mi casa, Caminé por el pasillo que me llevaría a donde dormía mi esposa, y me recosté con ella, y ya que tiene un sueño ligero, supo de mi llegada con tan solo oír la reja. Me abrazó y nos dormimos juntos como si fuera la primera vez que lo hacíamos.

En medio de mis sueños recordé como la conocí.

Laura era una chica hermosa que trabajaba en la misma fábrica que yo. Mi cargo era la de supervisor de todos los obreros. Al ser mi labor estar al pendiente de todos se me fue imposible evitar verla siempre. Conocerla, tan solo con la mirada, tratando de superarse, cumpliendo con sus funciones cada día, a cada hora, y poco a poco me fue entrando ganas de llegar a conocerla, y ahí estaba y, pobre muchacho tan tímido para poder entablar una conversación con una hermosa mujer y tan sagaz a la vez, pues, no había obtenido mi cargo por azares del destino, me había costado mucho esfuerzo llegar al punto donde estaba en ese momento. No quedé impresionado solamente por su belleza, aunque hay que admitir que no he visto mujer más bella que ella hasta ahora, sin por su coraje y su mirada ruda. Después de cierto tiempo de cavilaciones, y cuando me refiero al tiempo me refiero a dos meses agonizantes de cobardía, me animé a hablarle. Fueron muchas las cosas que pasamos, salimos a todas partes, vimos pasar el tiempo de la crisis frente a nuestra juventud, y fuimos parte del frente que estaba en contra del sistema mal estructurado que abrió paso a un nuevo sistema con el cual estuvimos más conformes, pasamos por conflictos armados en el centro de la ciudad, y por hambre, pero la pasamos juntos, y unos años después nos casamos. Fue una hermosa boda en la Capilla de San Judas Tadeo, donde dijimos nuestros votos, y aunque yo no era un hombre creyente, y ella si era una mujer devota, no me importó postrarme frente a Dios, o quien sea que este ahí arriba para declararle mi amor eterno a una sola mujer, y así, frente a mortales e inmortales pude comprometerme a serle fiel y a amarla lo que me queda de vida.



Antonio Bustillos

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En el texto hay: viajes, locura, suicidio

Editado: 26.11.2018

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