Selbstmord

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En la Matriz II

Estaba oscuro, tenía frio y mis ojos se abrieron, pero, no lo hicieron por orden mía. Parecía que mi cuerpo era autómata, aunque eso pueda sonar poco lógico. ¿Dónde estaba? Al parecer estaba cubierto por cajas de cartón, y periódicos. Recuerdo que estaba en la casa de Dann, ¿cómo diablos llegué ahí? Me encantaría saberlo, no parecía ningún lugar conocido, las calles vacías hacían del ambiente un siniestro cementerio. Me levanté, pero, nuevamente, no por voluntad propia, me sentía como una simple marioneta, incapaz de controlar algo, excepto mis pensamientos.

Recogía las cosas del suelo, las apartaba en un escondite, ¿de qué me había perdido?, ¿En qué momento pasé de ser yo, a un vagabundo? Mis pies se movieron solos. Salí del callejón para toparme con una enorme plaza, la gente así parecía refinada. Cuando pasaba a lado de ellos hacían un gesto de lastima y repugnancia a la vez, pero, a pesar de sus miradas, yo caminaba por medio de todos ellos. Tenía hambre, caminaba por restaurantes, pero no entraba en ellas, las calles estaban repletas de gente.

Aburriría con detalles si escribiera lo que experimenté, lo cierto es que pasaron varios días, que se convirtieron en semanas, y luego en meses y pararon doce meses en total. En el camino experimenté una serie de monotonías en mi vida, en esa: todos los días me levantaba, escondía los cartones, papeles y alguna que otra tela que me servía de abrigo y caminaba por las calles buscando comida, algunas veces en los basureros, caminando en los restaurantes en la fría noche buscando un poco de caridad humana. Yo no podía controlar nada, eso era frustrante, luego caminaba por los parques o los lugares alejados para poder controlar esta sensación de soledad. Buscaba periódicos y cartones, telas y abrigos para poder sobrevivir una noche más al frío asfalto de esa ciudad. Sin embargo, ese último mes pasó algo, parecía que ese modo de vida me había aburrido, y pronto empecé a participar en pequeños trabajos, en construcciones, en tiendas, etc. Al principio fue difícil conseguir ayuda, pues, mi imagen no daba confianza a nadie, pero así pasaron los días y las semanas, y ya podía comprarme comida y podía comprarme ropa. En todo este año algo me parecía raro, por lo que imaginaba que solo vivía una extraña y absurda pesadilla. Sin importar que pasara, sin importar que lo intentara, el reflejo de mi cara no se proyectaba en ningún espejo, no sabía mi identidad, no sabía quién era, y después de todo ese tiempo te acostumbras, inclusive a no ser participe activo de nada, y solo serlo sensorialmente. Las cosas marcharon bien, pronto pude hacerme de una posición en una constructora, la persona a cargo de todo se llamaba Robert Humbert, un arquitecto que a pesar de su carácter rudo y su poco sentido del humor, mostraba ser una persona sencilla y humilde. Al parecer, una de mis cualidades era mi creatividad para dibujar, tardes enteras de descanso me las pasaba dibujando diseños para edificio, era obvio que a quien personificara en este sueño era alguien que era capaz de aprender las cosas de manera eficiente y veloz. Robert vio un día esos diseños, y le gustaron, sentí vergüenza en ese momento, no me sentía diferente a una persona común y corriente. Así que en varias ocasiones llegué a pensar que era solamente una personificación mía en otro escenario. Pronto llegó lo imposible, o por lo menos a mi parecer, el señor Humbert empezó a comprarme mis diseños, y poco a poco me enseñaba a realizar planos, estructuras, modelos, me interesaba mucho todo ello. Ahora era capaz de alojarme en un lugar caliente y cómodo, tener comida tres veces al día, ducharme, y comprarme algo de ropa, esa tarde de miércoles decidí inscribirme a una escuela de arte, aprendía a pintar al óleo de manera muy rápida, a las pocas semanas ya estaba vendiendo cuadros en la plaza del lugar. Los días que tenía libre den trabajo con el señor Humbert, me intrigaba mi aspecto, mi rostro, ¿Quién era? Una noche que tomaba una ducha examine bien mi cuerpo, no era el cuerpo de un varón maduro, es más, tampoco era la de un niño, era la de un adolecente, ¿era eso posible?, me fije cada detalle que se me podía presentar, tenía muchas cicatrice de cortaduras, pero no fueron hechas en el transcurso del tiempo que yo recordaba, nunca existió ese tipo de incidentes conmigo. ¿Quién era?, salí de la ducha y me puse a ver la televisión. El noticiero daba a esa hora y por alguna razón era una de las pocas cosas que veía cuando la encendía. Aquella noche daban un reportaje de una serie de robos a viviendas y alojamientos en la zona, no se había logrado atrapar al o a los malhechores, se creía que era una banda de tres delincuentes, su modo operandi era sencillo, forzaban la puerta, iban armados con armas de choque, palos, garrotes, incluso un martillo según se tuvo registro una vez, entraban a la casa y se llevaban todo lo de valor, eran bueno examinando el valor de las cosas, por lo que se presumía  que ya tenían varios años de experiencia en el negocio. Si encontraban a alguien dentro de la vivienda lo golpeaban hasta dejarlo inconsciente con cualquier cosa que ellos llevaran, incluso eran capaces de dejarlo medio moribundo, en una expresión arcaica, pero nunca mataban. Aún aquella ocasión en la cual tuvieron que emplear un martillo para realizar el robo, la joven Ana, una muchacha que se encontraba en casa aquella noche logró herir a uno de ellos, pero, terminó con una contusión en la cabeza, se explicó después mediante lo medio que el martillazo no lo había recibido en la cabeza, sino, en el estómago, que la caída le había causado la contusión en la cabeza al estrellarse contra el suelo. Cuando la muchacha despertó, nada de valor quedaba en su casa, las pruebas indicaron que no había sufrido una agresión de ningún otro tipo, existía el daño psicológico causado por el susto, sin embargo, no existía indicción de tortura, o menos aún de algún tipo de abuso sexual. Era claro cuál era el objetivo, ellos solo querían robar. Las autoridades pedían a la ciudadanía tener cuidado, que aseguráramos bien la casas, que, aunque hasta ahora no se había cometido ningún caso de homicidio por parte de esta banda, era verdad también que era mejor no correr riesgos. Apagué el televisor, me dirigí a la puerta y la cerré con el cerrojo, después, puse las tres aldabas de la puerta de la habitación.



Antonio Bustillos

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En el texto hay: viajes, locura, suicidio

Editado: 26.11.2018

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