Seth Cook: La Historia Jamás Contada

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11: Una visita a casa.

En la segunda semana de noviembre, cuando llegó el fin de semana, el agente Davis dio el aviso de que el domingo visitarían a sus familias. En la tarde del sábado, todos se encontraron preparándose para que el momento llegara.

Seth se había detenido un momento en el espejo de su habitación, el prometedor cambio físico había comenzado a notarse lo suficiente como para afirmar que realmente no parecía él. Es decir, tampoco significaba que tenía el cuerpo de Bruce Wayne, pero su delgadez había desaparecido un poquito. Pudo ver un ligero bulto en sus brazos y sentía sus piernas más firmes, así también como el estómago, sus manos eran más cayos que otra cosa —aunque eso podía arreglarse— y su rostro también estaba cambiando, las facciones de niño se estaban transformando en algo más maduro y concreto. Seguía siendo él, pero si alguien lo veía de lejos, no resultaba muy fácil identificarlo.

Alguien llamó a la puerta y Seth se sobresaltó, dejó de mirarse en el espejo, tomando un libro de su nochero y lanzándose a la cama para fingir que estaba leyendo.

—Adelante —dijo.

Matt y Alex entraron. Seth levantó el mentón para saludarlos y Matt frunció el ceño, mirando el libro que el pelinegro tenía en las manos.

—¿Debe leerse así? —preguntó, señalando el libro. Seth lo miró y se dio cuenta que estaba al revés.

—Oh —apenas pudo decir, un poco avergonzado y giró el libro como debía estar—. Entonces… mañana es el día, ¿eh? —murmuró, para cambiar el tema.

—Mañana es el día —dijo Alex y se sentó en la cama de Seth. Matt se quedó mirando hacia la gran ventana.

Hubo un pequeño silencio.

—Podríamos reservar un restaurante —volvió a hablar Alex y Matt, junto con Seth, soltaron una pequeña carcajada.

Desde que se dieron cuenta que habían pasado cinco meses en la Base, los tres amigos daban ideas espontáneas sobre lo que harían cuando estuvieran fuera de ella. Además de reencontrarse con sus familias, por supuesto.

—Suena como una buena idea —prosiguió Matt, dirigiendo la mirada hacia los dos chicos y caminando hacia ellos con las manos en los bolsillos de la sudadera azul oscuro—. Llevar a nuestros familiares.

—Oh, mis padres se pondrán felices de saber que logré conseguir amigos —musitó el pelinegro, soltando una sonrisa—. Van a quedar encantados con ustedes.

—No lo dudaría —Alex se echó el cabello hacia atrás—. Soy un encanto.

Todos se rieron.

—Lo más probable es que reserven una cena en King François —dijo Seth, dejando el libro a un lado—. ¿Lo conocen?

—Por supuesto que lo conocemos —Matt y Alex hablaron al mismo tiempo y Seth soltó una risa.

King François será, compañeros.

 

 

Al día siguiente, el domingo, todos se levantaron temprano. Seth —y también todos— llevaban puesta la misma ropa con la que habían llegado a la base. La mayoría partió primero al aeropuerto para no perder el vuelo a su ciudad, mientras que los de Milwaukee y Chicago tomaron su camino en las furgonetas. Seth se sintió tranquilo en el viaje a casa, preguntándose si sus padres sabían que iba a verlos, finalmente; si Isabelle y Bob tenían también alguna idea o si Rose no había caído en pánico al no responderle sus cartas por cinco meses, lo que no le pareció lógico porque sus padres pudieron haberle avisado acerca del reclutamiento.

Cuando llegó su momento, Seth se despidió temporalmente de los chicos que sobraban en la furgoneta, uno de ellos resultando ser Alex. Los agentes Martin y Dalton lo acompañaron hasta la puerta y Seth tocó el timbre, esperando pacientemente. Pasaron segundos y cuando por fin, la puerta se abrió, lo primero que se asomó fueron los ojos grises de su madre, junto con los mechones rubios.

—Hola, madre —Seth sonrió, sacando las manos de los bolsillos de su abrigo.

Abigail sonrió con emoción y los ojos se le humedecieron, lo mismo que a Seth. Se lanzó a abrazarlo con fuerza y soltó un sollozo. La sonrisa del pelinegro no se difuminó por un segundo, las lágrimas de emoción continuaban acumulándose.

—Oh, hijo. Estoy feliz de verte —susurró. Dejó varios besos en la mejilla de Seth y cuando se separó, se secó las lágrimas.

—El proceso de inducción ha pasado, señora Cook —dijo el agente Dalton, sonriéndole a la madre de Seth—. A los reclutados se les permitirá salir y mantener comunicación con sus seres cercanos mientras finalizan sus estudios y preparación para servir a la nación como agentes federales.



Gabs

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En el texto hay: doblepersonalidad, tid, secretos

Editado: 04.01.2019

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