Seth Cook: La Historia Jamás Contada

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48: Un doloroso recuerdo.

Caminó por mucho tiempo en medio del montón de árboles y la noche, no tenía ni la menor idea de qué hora era, pero sí sabía que todavía estaba algo lejos de la bodega. Para su suerte, se encontró con una pequeña cueva y decidió pasar el resto de la noche ahí, esperando que no lo encontraran.

Estaba cansado y la pierna izquierda le dolía mucho. Se sentó con dificultad en el suelo y observó el cielo estrellado, los recuerdos comenzaron a esparcirse por su mente.

—Seth —el pelinegro escuchaba la voz de Matt detrás suyo, sabía que lo seguía, sabía que lo había llamado más de tres veces mientras caminaba por los pasillos de la Base—. Seth, detente. Por favor.

Pero él lo ignoraba, no importaba nada. Sólo debía llegar hasta aquella oficina, ese era su objetivo. Continuó caminando a pie descalzo, sin prestar atención al suelo frío.

—¡Seth, por el amor de Dios! —volvió a escucharle y supo que estaba perdiendo la paciencia.

—¿Qué? —el chico se detuvo y giró para verlo, absteniéndose de golpearle en la cara—. ¿Qué quieres, Matt?

—Necesito que te lo tomes con calma —Matt se acercó a él con tranquilidad, aunque también como si temiera que él explotara con un solo toque—. Por favor, ¿sí? En estas cosas debes tener paciencia.

Un suspiro se le escapó y se acomodó el abrigo. Hacía frío y comenzaba a sentir un cosquilleo de dolor en una de sus mejillas cuando la adrenalina empezó a desaparecer, se la tocó y notó sangre, tal vez se había cortado en la caída. Tenía muchas cosas en la cabeza, Isabelle dejándolo ir, Cassandra y Christian en el hospital, los agentes buscándolo. Pensó en que todos iban a odiarlo, su hija, Isabelle, Benjamin, Rose, Lady, sus padres… el mundo.

Y lo entendía, porque incluso él mismo se odiaba.

—Paciencia, ¿eh? —Seth sacó sarcasmo de su voz—. ¡¿Paciencia?! ¡Mi novia acaba de desaparecer! ¡¿Por qué demonios tengo que ser paciente?! —levantó la voz y Matt se echó hacia atrás debido a la sorpresa—. No me vengas con tu basura llena de versos de tranquilidad, Matt. No me sirven ahora. Puedo perderla —no bajó el tono de voz, usó su dedo índice para señalarlo—. ¿Has perdido a alguien? Porque no creo que sepas cómo se siente hacerlo.

Matt apretó la mandíbula y miró hacia abajo, soltando un suspiro. No dijo nada, por lo que Seth sólo tomó la oportunidad para seguir caminando. El rubio lo siguió hasta la oficina y cuando estuvo frente a ella, el chico de ojos azules abrió la puerta de un golpe, encontrándose con el agente Davis mirando a la pantalla de su monitor, rodeado de muchos papeles y carpetas, además de que el rostro que mostraba creaba un ambiente de total ansiedad.

—¿Qué ocurrió, agente? —preguntó Seth con ira, parecía que Benjamin ni se había inmutado de la llegada de los dos chicos—. ¿En qué malditas cosas está metido?

—Seth… —le llamó Matt, preocupado.

De pronto, abrió los ojos y buscó entre la oscuridad de aquella pequeña morada si alguien se encontraba allí. Pero se dio cuenta que sólo eran las voces de los recuerdos y quiso callarlos.

Se acomodó en el suelo, usando su maletín como almohada y se concentró en dormir para espantar las voces de su mejor amigo, que parecían herirlo con cada palabra… pero no pudo. Con un gruñido, se removió y miró hacia arriba, podía ver parte del cielo y parte de la roca que le daba un techo. Pensó en su hija, en si había regresado a casa y había encontrado la carta, pensó en su reacción y pensó también en la reacción de Isabelle. Se imaginó sus días, al despertar, cada mañana, cada mes que pasara y no verlo a él en la mesa del desayuno y el corazón se le estrujó. Soltó un sollozo, los ojos se le humedecieron y la garganta le ardía.

—¿Por qué lloras? —escuchó una voz bastante familiar.

A Seth se le puso la piel de gallina cuando a sus oídos llegó aquel sonido, que tenía muchos años de no escuchar. Su pecho se hinchó y miró hacia su izquierda, donde lo vio, parado en el césped y la tierra, con la luna iluminándole el rostro y dejándole ver aquella amable sonrisa.

—Oh, no. No —susurró con la voz ronca y apartó la mirada, volviendo a cerrar los ojos—. No eres real. Tú no estás aquí… es sólo mi cabeza, engañándome una vez más.



Gabs

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En el texto hay: doblepersonalidad, tid, secretos

Editado: 04.01.2019

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