Si las luces se apagaran

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Capítulo 3 "Ellas"

Los días pasaron como un torbellino. Jade estaba en casi todas mis clases y Javier en algunas. Lo cierto es que me encariñaba con ellos con cada conversión trivial o con cada risa. La compañía de ambos era placentera, todo lo contrario a Derek, el chico que vi en todas mis clases. Lo evadí en cada mirada o gesto. ¿Era una traición? No lo sé, pero me siento culpable por lo que hago. El no tratar de no compartir palabras con él, ya es una daga en la espalda. La semana estaba terminando así, con cambios que eran drásticos y me es difícil acostumbrarme.

El timbré resonó como todos los días, siendo viernes y todos mis pensamientos se diluyeron, para solo pensar en salir. Ordené mis libros en la mochila y las manos de Javier se apoyaron en mi pupitre. Levanté la vista y le sonreí amigable.

—¿Sabes dónde está la biblioteca, Javier? —Quise saber.

—Sí ¿Por qué? —Indagó sonriendo.

—Es que tengo que cumplir un castigo —Confesé con las mejillas sonrojadas.

—¿Liz, eres la nueva chica rebelde? —Negué al guardar mis lápices—. ¿Entonces, que ocurrió para que te dieran un castigo?

—Bueno, fue el profesor Montoya —Le di por enterado y él río como nunca.

—¿Cómo no lo pensé antes? Si haces mucho ruido en esa clase, es jodido.

Reí por sus palabras y observé por casualidad el reloj de mi móvil. Estoy llegando tarde a deportes.

—Me tengo que ir, voy retrasada a deportes.

Guardé con agilidad todos mis libros en la mochila y caminé a la salida.

—¡Liz! —Volteé hacia Javier y él tocó su mejilla—. Mi beso.

Giré los ojos con una sonrisa e insegura deposité un beso en ella.

—Dile a Jade que también espero su beso.

—Claro, le diré —Retrocedí hasta tener distancia—. Adiós.

Salí de la sala y bajé las escaleras dos en dos, olvidando esos pequeños dolores en el torso. Ya no eran tan incomodos como lo fueron el lunes, mi herida ya había entrado al proceso de cicatrización. Ahora cada recorrido por el campus, era menos punzante. 

Llegué a los vestidores de mujeres y muchas de mis compañeras se equipaban para hacer gimnasia. Al ver que estaba ahí parada, el silencio las adormeció, siendo mis pisadas las únicas captoras de su atención. Fui como un pedazo de carne para ellas que me incomodó sobremanera. Aceleré mis pisadas y al fondo del pasillo, encontré a Jade atándose las agujetas.

—Hola, Jade.

—Liz, pensé que nunca llegarías mujer —Sonreí mientras buscaba mis tenis en el bolso—. Ya iba por ti.

—Me atrasé un poco porque Javier se quedó charlando conmigo —Le comento mientras me agacho para atar las agujetas de mi tenis, pero un punzante dolor me inmoviliza.

—Oye, ¿te encuentras bien? —Ella inquiere al colocarse un poco de bloqueador. Negué y otra punzada hizo de las suyas—. Liz, me estas asustando.

—No tienes porqué, solo es una herida.

Con un poco de esfuerzo até ambas zapatillas y luego me enderecé, respirando hondo.

—¿Qué herida? —Jade indagó expectante.

Me tensé como nunca, ninguna persona tiene conocimiento de lo que sucede detrás de mi existencia. Y verla de esa manera expectante, hizo que la idea mía fuera confiar.

—Es esta —Sellé con neutralidad y subí con cuidado la camiseta, mostrando una engorrosa marca rojiza.

Si dudas su rostro se petrificó por varios segundos, hasta llevó sus manos a la boca.

—¿Que te sucedió? —Inquirió con miedo en la voz.

—Esta es la razón de mi mudanza.

Bajé la camiseta al instante. Es una horrible marca que lastimosamente ahora es parte de mí para siempre. No me gusta mostrarla, porque duele cada día el no haber hecho nada. En esa línea tejida se transparenta aquel peso del silencio, aquel dolor de tres largos años.

—¡¿Listas chicas?! ¡No tengo todo el tiempo! —Era la profesora de gimnasia.

Escuchamos sus reclamos y aceleramos el cambio de ropa.

—Sé que la pasaste horrible en el colegio y no sé hasta qué punto. Sin embargo, para ayudarte necesito una explicación a todo lo tenga que ver contigo —Asentí tímidamente. Ella demostraba buen juicio y surgía la necesidad de confiar, aunque no me agradara recordar cosas del pasado—. ¿Podrás hacer deporte?

—Creo que sí —Comenté sin siquiera convencerme.

Me estudió por un poco tiempo y cambió el tema de inmediato, lo que agradecí en mi interior. Salí junto con todo mi curso a trotar a la cancha y un sol radiante nos daba la bienvenida. La profesora nos hizo hacer un círculo y a todas nos dividió en tres grupos de chicas; se juntaron las inseparables, las deportistas y por último nosotras, un grupo de chicas que no se conocía, ni mucho menos que amaran la materia. La maestra Thomoson claramente no le importó y solo siguió con una clase de resistencia. Tocó el silbato que colgaba de su cuello y a cada capitana les asignó un testigo (Una especie de barrilla de aluminio).



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En el texto hay: novela juvenil, romance, amor

Editado: 01.07.2019

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