Siempre jóvenes

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Prólogo

 

"Es como si te dieran una bofetada con todas sus fuerzas para hacerte volver a la realidad. Ninguno de los dos se rinde para conseguir la victoria, ambos entrenaron para ese fin. Estamos igualados en ese aspecto. Eso es evidente, es muy natural que la realidad de éste hecho sea así de aterradora".

(Haikyuu!!)

 

 

Y se podría pensar que Aarón está corriendo de vuelta a su casa. 

Bajo su brazo derecho lleva una bolsa color rosa, dentro de ella una elegante blusa para su madre, junto a unas zapatillas pequeñitas color carmesí para la hija de Beatriz, su prima. 

Cualquiera que lo viera pensaría que sólo está apurado, que el metro pronto cerrará, y si no aligera el paso, no alcanzará a llegar.

Pero no. 

Aarón está corriendo por su vida. Y no es la primera vez. Ni la segunda. Aarón acostumbra a ir corriendo por la vida, como si se le escapara, como si la muerte estuviera a la vuelta de la esquina y él no se atreviera a dar un paso más, y se regresa entonces por donde llegó mientras tropieza con sus propios pies, porque definitivamente aún quiere hacer muchas cosas, y por el momento, la idea de morir no suena muy tentadora. Y a pesar de ello, Aarón no suele tener miedo. De nada. Sólo a las ardillas. Las ardillas que suelen amontonarse en el parque más cercano a su casa y que corren tras él como desquiciadas cada vez que tienen la oportunidad.

Pero ahora Aarón está asustado. Tan, tan asustado que podría mearse en los pantalones fácilmente. Y mientras corre trata de decidir si mearse encima es más vergonzoso que tenerle miedo a las ardillas. 

Las luces navideñas se alzan sobre su cabeza, y los villancicos que se escuchan saliendo por los parlantes de alguna casa lejana se mezclan con los gritos burlescos de los matones que lo persiguen. 

“Oh, niño bonito, ven aquí. No te haremos daño”.

Y él desearía tener un mejor estado físico. Ser un poco más fuerte e incluso un poco más alto, porque así y sólo así podría sacarse de encima al tipo apestoso que intenta besarlo a la fuerza. Sus pantalones son tironeados y arrancados. Los villancicos son más potentes ahora, están retumbando en sus oídos y le prometen una feliz navidad y un próspero año nuevo

Las luces rojas y verdes bailan frente a sus ojos. Un golpe en la mandíbula le hace cerrar los ojos. Aturdido intenta gritar, pero ningún sonido logra salir. Sólo está pensando. Pensando en mamá. Mamá que lo espera en casa, y junto a ella, la promesa que hizo a sus amigos de pasar ésta navidad juntos. 

Promesa que probablemente, no podrá cumplir.

 



DIYA

Editado: 14.11.2018

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