Simplemente Nina

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Cápitulo 10

 

  Después de trabajar casi cinco años y medio en el Moscú, había empezado a tomarle un cierto cariño. Un cariño, que por cierto, no le confiaría jamás a nadie. Jamás. Esa tarde, después de almorzar con Nico, nos dirigimos al bar. En cuanto entré, me recibió un intenso olor a café con leche y blinis con manteca y miel. Esos eran mis olores favoritos, y cuando ellos coronaban el ambiente significaba que sería también uno de mis días favoritos. En el Moscú había un par de costumbres interesantes que habían nacido de la mente soñadora de su fundador: Dimitri Ivánovich. El viejo había encontrado un modo ingenioso y sano a través del que recordar y homenajear cada día a su patria: la comida, preservación y recopilación de las más viejas y diversas costumbres rusas. Por ejemplo, los días de lluvia e intenso frío, al mejor estilo ruso como era ese, el bar ofrecía a mitad de precio el café con leche, el mocacchino y los famosos blinis del abuelo Dimitri. Por la mañana y la tarde se servían con miel, manteca, smetana que es una especie de nata agria, mermelada de frutos rojos casera, jamón dulce y frutas. Y por la noche, era un verdadero festival, los blinis del Moscú eran una celebridad en toda la ciudad, y el bar se llenaba a rabiar. Nadie quería perderse la oportunidad de probarlos. Había para todos los gustos: rellenos con salmón, carne, pollo, queso, patata, setas, requesón (dulce), manzana, o mezclas de varios ingredientes. Repito, esos eran mis días favoritos. Era casi mágico ver a toda esa gente, casi siempre familias disfrutando aquello. Que el Moscú ofreciera blinis era algo que hasta figuraba en el periódico, al igual que los días de requesón y la semana de las sopas. La gente, muchas veces hacía cola o esperaba fuera, dentro de sus autos a que se desocupara alguna mesa. Mirko el actual dueño, me había enviado ya en repetidas ocasiones a repartir números a la gente que aguardaba en la vereda, y luego salir a llamarlos como los médicos a la gente en sala de espera.

  Una vez Nico, le había sugerido a Mirko que tomara pedidos y contratara a un chico con auto para repartir. Mirko lo había tomado casi como un insulto, alegando que de ese modo el Moscú perdería su magia. Nico no lo había entendido, en cambio yo sí. Todo en ese bar tenía algo de mágico, convertirlo en una rotisería sería el fin de aquel encanto. A mi criterio, lo que mantenía vivo al Moscú, eran su exclusividad y el hecho de evocar costumbres tan lejanas y ajenas. Además, el edificio aportaba lo suyo. Tenía el mismo aspecto que las antiguas posadas rusas, en las que comían y bebían los cosacos.

-Tenés cara de feliz cumpleaños Nina –dijo Tomy saliendo de la cocina con una bandeja repleta de tazas humeantes.

- Es día de blinis –alegué.

-Lo pillo –respondió.

  Me puse el delantal negro reglamentario y até mi pelo en una coleta alta lo más rápido que pude. Estaba llegando cinco minutos tarde a mi turno y el bar empezaba a concurrirse. A la pasada vi que Mirko en la oficina miraba el “viejo libro”. Así era como él llamaba al cuaderno antiguo de recetas de su abuelo. El propio Dimitri lo había escrito de puño y letra durante sus largos viajes por la patria, antes de decidir venir a América a probar suerte.  Cuando Mirko miraba ese libro, es porque tenía una idea en mente. No era el mejor jefe del mundo ni de lejos, pero al menos manejaba el bar con éxito.

-Nina ¿Podrías darme una mano con la mesa ocho y la quince? –Pidió Tomy –No doy a basto a hacer café.

-Sí, claro –lo miré estudiándolo –se veía bastante mejor –a menos que quieras que te ayude con la máquina.

-De eso nada –Nico apareció de no sé dónde y se dispuso a hacer café –te toca servir. 

  Alrededor de las cinco el bar estaba lleno a más no poder y con Tomy no podíamos parar un segundo. Sino servíamos café, rellenábamos blinis.

-En cuanto pueda te preparo uno –Tomy era un experto con los de fruta –sé que te gustan los de smetana.

-Lo quiero con mucho relleno –susurré.

-No te di las gracias todavía –musitó al cabo de unos minutos.

-¿De qué? –me volví hacía él.

-Por lo del otro día –dijo y noté que estaba avergonzado.

-Ni se te ocurra –dije –no tenés que agradecer nada. –tomé la bandeja de cafés, no iba a dejar que prosiguiera con aquel rollo. Yo nunca le había pagado por todas las veces que me había soportado.

-Al menos déjame que te invite a cenar –sonrió.



Meel Sol Gual

Editado: 23.10.2018

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