Sin Cordura

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Me gusta la guerra.

Me gusta la paz.

Odio a las personas.

Odio estar sola.

No hay sentimiento más grande.

Que mi alma que llora.

Suspire y cerré los ojos.

“Puedo hacerlo” –pensé.

Odiaba lo que tenía que hacer. Lo que me mandaban a hacer.

Y para ser directos, no eran esas típicas tareas de padres normales, los cuales solo mandan a sus hijos a sacar la basura, a lavar los platos y/o a arreglar su habitación desordenada y al borde del desastre.

No. Era peor.

Agarre el cuchillo entre mis manos pálidas, vi su hermoso y peligroso filo con admiración.

¿Era posible que se pudiera satisfacer con cortar comida gracias a él, y al mismo tiempo se podía causar una masacre, gracias a él?

Intente llorar para calmar mis nervios. Sin embargo no pude, no lloraba desde pequeña, cuando mi padre había asesinado a mi abuela.

“No, no puedo hacerlo”

Abrí los ojos y mire confundida por mis sentimientos al pequeño pero bonito gato negro que se encontraba durmiendo frente a mí. Tenía que matarlo. Pero no podía.

Nunca podía.

Mis padres, unos católicos muy respetados por la sociedad, eran muy exigentes con respecto a las normas de Dios. “No comas mucho, hay personas que no tienen comida”, “no te maquilles, Dios creó el maquillaje como una trampa a los seres humanos, todos somos perfectos”, “Da gracias a Dios por tener salud, porque aunque Dios te dio un cerebro, no lo usas, porque aunque Dios te hizo mujer, no lo pareces”.

Tengo un largo cabello rubio, del cual mi madre se encarga de dañar para que pierda brillo. Mis ojos marrones oscuros transmiten lo que mi alma grita, tal vez por eso mi padre siempre los odio. Según mi madre, mi piel pálida me hacía parecer un espíritu perdido, y los espíritus perdidos no van al cielo, al reino de Dios.

Un pequeño y soñoliento maullido me saco de mis pensamientos.

“¿Que hago contigo pequeño?

Tenía que asesinarlo. Ellos me mandaron a asesinarlo.

Al parecer, que un gato negro apareciera en la puerta de mi casa era considerado un regalo de Satán, el enemigo y ex-ángel que traiciono a Dios. Por ello, tenía que saber deshacerme de él, haciendo un sacrificio con el pequeño animal. Les dije que lo mandaría a una tienda de mascotas, pero que no lo asesinaría, y él me pego, mi padre me golpeo.

Deseaba tener las agallas, pero no podía solo matar a un pequeño animal inocente, no podía matar.

Deje los pensamientos estúpidos y solté el cuchillo, agarre al pequeño entre mis brazos y corrí más de 6 calles, y al primer callejón que vi, allí lo deje.

Al día siguiente me levante y me dirigí a mi baño, cepille mi cabello y mis dientes, lave mi cara y di gracias a Dios por levantarme sana y salva.

Cuando termine mis necesidades, abrí mi armario y observe mis ropas, las cuales solo consistían en camisas y blusas blancas, pantalones grises (casi llegando a blanco) y solo un par de zapatillas grises. “El blanco es color de Dios, nos da luz y buena suerte, los demás colores son colores del pecado” había dicho mi madre.

Vi mi reflejo en el único espejo que tenía en mi habitación. Debajo de mis ojos, si agachaba un poco la cabeza, solo un poco, se podrían ver unas ojeras, mi piel seguía tan pálida, mi cabello rubio tenía poco brillo, yo no era atractiva, no le parecía atractiva a nadie.

En la ciudad de Chicago, mi familia (incluida yo), éramos conocimos por los “Cristianos más apreciados de Dios”, mi familia consistía en, mi padre Joshua Wood, un hombre de 46 años, ojos verdes, cabello negro, y unas que otras canas, era director de la Junta de Actividades Religiosas de Chicago, hombre respetado, padre de familia. Un hombre amable con la sociedad, un hombre que no quería a su familia.

Mi madre Carmelia Wood, era una mujer que ya a sus 45 años, comenzaba a perder su belleza juvenil. Ojos azules y grandes, un hermoso cabello rubio y largo. Esposa querida y amada por la sociedad, esposa odiosa y caprichosa con su familia.

Mi hermano mayor Scoot era mi inspiración. Con 23 años era todo lo que las chicas querían, cabello rubio como mi madre, ojos verdes como mi padre, cuerpo de atleta, sonrisa de actor, personalidad encantadora y el mejor amigo que todos querían tener. Lo amaba. El era mi héroe y mi apoyo para soportar a mis padres cuando éramos niños. Cuando el cumplió los 18 años se fue a vivir a otro lugar. No lo culpo, yo también lo haría.

Al entrar en la cocina para saludar a mi madre, me sorprendió encontrarla aun en pijama, con una taza de café en sus manos, cabello un poco despeinado y temblando continuamente.

“Algo malo sucedió”

–Madre. – susurré para llamar su atención.

Ella se sorprendió al verme.

–Bendición.

Tragó antes de responder.

–Dios te bendiga, hija, ¿cómo pasaste la noche?

“Mejor que tu no”

–Bien, gracias a Dios, ¿algo que te preocupe madre? – pregunte acercándome.



Jeri

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En el texto hay: magia, romance

Editado: 23.02.2018

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