Sin Importar El Tiempo

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Capitulo 3: Hablando Del Rey De Roma...

Entro a la cantina sin hacer mucho ruido, no quería hacerse notar cosa que sería difícil aunque quisiera, un trovador se hallaba recitando en el escenario alguno de sus poemas acompañando por un grupo musical. Todos prestaban atención, conversaban entre ellos o estaban muy borrachos para hacerle caso. Se acercó a la barra sin hacer ruido, se sentó en un banco y comenzó a hablar:

  • Podría por favor darme un...
  • Vaya, vaya, vaya. – dijo el cantinero mientras interrumpía al forastero - Miren a quien tenemos aquí. A Enrique Salvador. – Al decir esto, toda la gente interrumpió lo que hacía y miro hacia donde estaban el cantinero y Enrique, era tal el asombro que los borrachos parecían a ver recobrado la sobriedad.
  • Pues sí, ese soy yo, preguntaría que se le ofrece pero aquí el cantinero es usted, entonces...
  • Si, espera un trago, ¿verdad? Y dígame, ¿con que va a pagar? ¿Dinero sucio, algún artículo “valioso” o solo tomara y me matara después?
  • ¡Joder! ¿Por qué tienen que ser así? Que me dedique a asesinar quiere decir que sea lo único en lo que piense o lo único que sepa hacer, además, si poseo dinero limpio. – Mientas decía esto saco dos bolsas de cuero de su bolsa. – He realizado otros trabajos como pintor, albañil. Carajo, debí de ir a otro lugar.
  • Perdón, no esperaba que el asesino más despiadado del mundo... – tomo una pausa y miro al resto con una ancha sonrisa – se comportara como una damisela en apuros. – Al decir esto todos en el bar se echaron a reír. Enrique solo miro al cantinero un segundo, agacho la cabeza, y después bajo la mirada y la movió de izquierda a derecha en signo de desaprobación al mismo tiempo que soltaba una ligera risilla.
  • Se lo que intentas hacer, - comenzó a decir Enrique - eres un cabrán al pensar, que provocándome armaría un alboroto y me pondría a matar gente a diestra y siniestra y así tener una razón para intentar matarme.
  • ¿Una razón? ¿Solo una? ¿Seguro? – Enrique asintió con la cabeza, el cantinero empezó a carcajearse, sus risas sonaban por todo el bar e incluso, llegaron hasta el pueblo vecino, Enrique solo lo miraba fijamente, sin  ninguna expresión visible. – Tenemos MÁS de una razón para matarte o entregarte a la Guardia Real, ¿entiendes? ¡MÁS de una! Empezando por la recompensa que tiene tu cabeza, vivo o muerto dice el cartel, -decía el cantinero mientras señalaba a la pared, pegada casi junto a la puerta, estaba el cartel con un dibujo de Enrique. Las oraciones “Se Busca” y “Vivo O Muerto” eran las más visibles. – seguido de que muchas personas pagarían dinero por ti...
  • Ósea, - interrumpió Enrique – ¿solo me buscan por el dinero?
  • Bueno, no solo eso, - siguió el cantinero – mataste a personas que tenían vida, familia, hijos. Muchos de ellos incluso están aquí, – al decir esto, señalo a un hombre alto, fornido, de barba y bigote blancos y frondoso a pesar de estar completamente calvo, poseía unos ojos de mirada seria y penetrante que al parecer no habían dejado de seguir a Enrique desde que entro, llevaba unas botas de piel, un pantalón color caqui, una playera marrón y un chaleco de oso. Estaba parado, con los brazos cruzados y mirando fijamente a Enrique, no se movía o decía algo, solo estaba ahí, probablemente planeando que como torturar al indeseado asesino.
  • Su nombre es... – comenzaba a decir el cantinero pero fue interrumpido por el recién llegado.
  • Ernesto Blúmer El “Lobo”, tiene un record de muertes que haciende a más de 150 y solo es un número aproximado pues, no son todas las muertes confirmadas y posiblemente falten algunos que no se contaron. Es un espía de castillo, tiene la costumbre de degollar a sus víctimas, es ágil y silencioso a pesar de su tamaño, aunque en combate pose una fuerza brutal y es hábil con la espada. Es un hombre temido y respetado, ni juntando mis dos marcas de asesinatos logro alcanzarlo.
  • ¿Enserio? – comento sorprendido un hombre de los que estaban cerca rodeando el asiento de Enrique.
  • Si, - empezó a explicar Enrique – resulta ser que como soldado de la Guardia Real mi número de muertes solo fue de... mmm... 18 o 20 personas más o menos.
  • ¡Maricen! – grito alguien en el fondo del bar.
  • No, resulta que mi trabajo era lo que dice justamente el nombre, ser guardia, normalmente no había nadie que consiguiera llegar al castillo, muchas veces gracias al plan de resguardo que implemente, y los pocos que conseguían llegar solo eran inmovilizados, se les interrogaba y si era necesario, se les ejecutaba o solo se les encerraba en el calabozo. Yo no los ejecutaba solo los detenía, fueron muy raras las veces que llegue a matar a alguien, en los 10 años que estuve en servicio, podríamos decir que mataba a dos personas más o menos por año y no porque quisiera, sino porque ponía en riesgo la vida del rey y bueno... era el o el monarca.
  • ¡¿Y Cómo asesino?! – Pregunto el mismo hombre que grito en el fondo.
  • Si, deja me ver mi cuenta.
  • ¿Llevas una cuenta de cuanta gente has matado? – pregunto un hombre grande y gordo con voz profunda de entre la multitud.
  • Si.
  • ¡Qué cabrán! – Exclamo sorprendido el hombre. Enrique solo soltó una risilla mientras negaba con la cabeza. Se levantó la playera, todos quedaron sorprendidos y horrorizados. En su piel, encontraron distintas marcas, 29 en total, que variaban entre quemaduras y cortes, de distintos tamaños y grosores.
  • ¡Joder! ¿Qué carajos te paso? - Pregunto el mismo hombre gordo.
  • Resulta ser mi estimado y obeso amigo, - comenzó a decir Enrique – que las cosas no son como las narra el rey al que tanto le besas los pies. Las cosas son más profundas de lo que ves y a veces debes tomar decisiones difíciles aunque no sean saludables para ti. – mientas decía esto, se puso de espaldas a la multitud dejando ver una cicatriz de un cortes realizados por unas garras, 5 en total, hacia el centro, como si el que las hizo hubiese querido llevarse un trozo de carne.
  • ¿Esa es? – pregunto alguien entre la multitud
  • Si.
  • ¡Carajo! Estas jodido. – comento otro
  • Si, ya lo creo que sí. – La gente comenzó a murmurar y a alejarse de él, era verdad que era un peligro pero no tanto por lo que podía hacer sino, por lo que podría atraer.
  • ¡CORRAN! – Entro gritando alguien por la puerta - ¡YA VIENEN!
  • ¡Cálmate! ¿Quiénes vienen? – Pregunto el cantinero.
  • Ello, se acercan son... – de repente sonó una corriente de viento y las antorchas se apagaron, el bar quedo a oscura, todos esperaron a que el joven terminara la frase, no lo hizo. Dejo la frase inconclusa, pues la sangre que le salía de la boca no lo dejaba terminar, en su pecho sobresalía una mano cubierta de sangre, el joven era levantado lentamente por una sombra débilmente iluminado por la luz de la luna, tenía la mirada perdida y empezaba a dejar un charco de sangre en piso.
  • Mierda. – Susurro alguien.
  • Vaya, no sabía que estabas tan jodido. – le dijo el cantinero a Enrique.
  • No, no yo lo sabía. – dijo enrique al tiempo que se levantaba de banco.



Kique González

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Editado: 21.02.2018

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