Sin Sentidos

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Relojes de Arena

Despierta como lo hace siempre encerrado en su mundo mientras la cascada tras suyo marca los segundos de su final. Camina como quien se despereza del terrible esfuerzo de existir, como tratando de alivianar la espalda de las torturas de su propia conciencia. Mira el paisaje siempre monótono, el desierto que se extiende a sus pies y que parece no cesar, pero él sabe que termina allá en el cristal y que en realidad si midiera la distancia de la arena en dirección contraria se encontraría a un par de kilómetros de la frontera. Que curiosa siempre fue su existencia, en cuanto se supo consciente se encontraba en el desierto y nunca tuvo más necesidad que caminar y hacerse compañía con el pensamiento.  Una que otra vez le llego la duda de si no era pura idea, si el desierto no fuera más que la proyección de su limitado ser.

Fue por primera vez que encontró necesidad de algo cuando en sus caminatas encontró la frontera. Su extrañeza de verse encerrado dentro del cristal fue opacada al instante cuando, a través del mismo, percibió una silueta de caderas curvadas y largo cabello. La atracción hacia aquella persona fue inmediata y pareciera que ella también lo sintió porque tan pronto como se vieron ambos se acercaron a la fina pared de cristal que los separaba y tan solo se limitaron a conocerse en miradas, sin poder hablarse, sin poder tocarse y así por días, semanas y años.

Desde aquel día encontró significado a su existencia y el peso le resulto menos pero la angustia permaneció. Mientras la cascada aun caía marcando los latidos del corazón, el buscaba la forma de penetrar la frontera, trato golpeando con su propio cuerpo el cristal pero este no cedía, también busco algún punto donde el vidrio fuera más delgado y por tanto más fácil de partir pero no encontró tal punto. Finalmente se limitó a observar a su amada mientras los días pasaban, aunque de cuando en cuando golpeaba nuevamente la frontera con la esperanza que el tiempo redujese su resistencia mientras del otro lado su amada hacia lo mismo, allí, en su propio desierto.

Ahora tan solo la mira y sufre la abstinencia de contacto, o más bien la constante ilusión de su proximidad, porque la abstinencia ha de ser en cuanto logre su cometido no antes. Ella tan solo le devuelve la mirada, y en cierto sentido cree que en esa mirada hay un mensaje y a través de sus ojos ellos pueden comunicarse. Como si en la pupila del otro encontrase su deseo y en la sonrisa la fuerza para cumplirlo, eso que podría llamarse amor.

Amor una palabra curiosa, tal vez no era eso lo que bamboleaba el corazón, tal vez solo era el deseo lo que movía sus pies todas las mañanas para observarla. ¿Alcanzaría solo el deseo para darle significado a su existencia? Si un día el deseo se extinguiese, ¿acaso se dejaría tumbado en la arena aguardando que la cascada marque su inminente fin?  No, él sabe que por más que le lleve la vida romperá aquella barrera y se reunirá con su amada. No puede ser el deseo que lo guiase, o al menos no el deseo de la carne sino más bien tal vez el del espíritu y en cierto punto eso podría llamarse amor ¿no?

En su eterna admiración no nota como la cascada agota sus respiros y hace más pronunciadas las arrugas de su piel y de la de ella, y marca en un lento tempo los latidos de un corazón ya de por si agotado y gastado, pero que aún no disminuye su sentir. Esa, que es su morada, no distingue de amores ni deseos, tan solo es observadora constante de su devenir como un ser omnisciente, un narrador que tan solo lo deja a su suerte sin más herramientas que su voluntad. Ni su hogar ni mucho menos la cascada se ven afectadas por cuentos de amores o personas que pasan años sin encontrarse, sin tocarse simplemente se limita a ser vasija de recuerdos permanentes e imperecederos que aun quedaran cuando él se vaya y solo morirán el día que lo haga el recipiente.

La cascada agota los últimos granos de arena en el desierto mientras su desesperación crece, siente como la arena ya cubre más de la mitad de su torso, y allá al otro lado de la frontera en su propio desierto ella se limita a mirarlo cubierta también como él, esperando que los últimos granos cual minutero marquen su final. Corre hacia el cristal y con sus últimos alientos golpea buscando partir lo inmutable, el desierto se agolpa en torno a su espalda y la presión de su torso contra la frontera, y al otro lado como firme reflejo suyo su amada se encuentra de la misma manera. Siente el crujido liberador del vidrio que estalla en mil astillas mientras la arena se desparrama por la superficie más allá del recipiente.

Toma la mano de su amada, y al mismo tiempo que siente las astillas de cristal entrando a su cuerpo, también siente el calor del cuerpo de ella y el tierno roce de unos labios que finalmente encuentran su propósito, su lugar en la boca del otro tras una eternidad de espera. Y mientras la arena les engulle ambos entrelazan las manos y ellas emergen de la superficie del desierto, y alli quedan como monumento a los dos amados, un lazo que nunca se romperá, imperecedero recuerdo que finalmente rompe la barrera del tiempo.



Franco L Fernández

Editado: 02.08.2019

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