Siril Geaster

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6° DÍA DE LA CELEBRACIÓN

Nunca conocí el mar.

Memoro aquellos días de mi infancia en los que observaba las pantallas publicitarias y los libros de estudio, imaginándome la arena jugueteando debajo de mis pies y entre mis dedos, el rumor de las olas arrullándome al dormir y el viento salado rayando mis mejillas al atardecer. Siempre quise conocer el mar, pero es tarde ya, lo sé, para continuar pensando que esos sueños pueden ser posibles.

—Señora Siril —escuché decir a Bella, a mi espalda—, ¿desea tomar el té ahora, o prefiere esperar hasta la tarde en el jardín?

Mi mejilla reposando sobre mi mano, cómodamente en el diván de la estancia de invitados, la mirada clavada en la infinita bastedad de la nada ubicada entre la esquina derecha de la mesa de té y el suelo, aun pensando en miles de cosas que nada tenían que ver con mi situación actual. Pensaba en el mar, pensaba en los buenos recuerdos que de mi infancia aún conservaba, los buenos días que compartí con mi madre (que fueron escasos); meditaba con profundidad el valor que podía tener una habitación o un estilo de vida como ese, si no había sitio para salir, observar el sol y ser observada por él, no sacaba de mi mente los días de labor en Aldefa, no me olvidaba de Hyden.

—No deseo ir al jardín —respondí, mi mejilla aún reposada en mi mano—, ni tampoco té o almuerzo.

—Pero, Siril, la tarde e el jardín está programada, no puede…

—Sí puedo, solo vuelve excusarme y di que… que aún me encuentro débil por el suceso de ayer.

—Lo lamento, señorita Siril —dijo la mulata, con una voz más profunda y firme. Giré mi cuerpo y desacomodé mi postura para observarle a esas perlas frívolas y facciones secas, de nuevo—, pero no puedo hace eso. Debe asisti.

—¿Por qué? —pregunté, arrugando mi frente.

—Po que es por esto que aceptó la invitació: celebra. Y no lo ha hecho correctamente.

 —¿Y qué pasa si no continúo el protocolo? —reté, incorporando en ambos pies.

—El seño Laccaria tomará medida, seguramete —respondió, fingiendo indiferencia al pulir las piezas de joyería.

—¿Qué medidas tomaría su señor? ¿Abandonarme al medio de la ciénaga?

—Al seño no le gusta que lo tomen a la ligera.

—No deseo asistir y no planeo formar parte.

—Siril, po favor —añadió en tono más pacifista—, la espera sus amigo.

—No sé de quienes me hablas y no me importa quien venga a rogarme.

—Claro que sí, no lo niegue. Siril, insistiré hasta que uste acepte la invitació o deberé notificar al seño Laccaria.

—Dime, Bella, ¿qué haría tu señor conmigo si no deseo más ser parte de su festejo?

—No pregunte cosa que no sé, Siril, o cuya respuesta puede disgusta —culminó, devolviendo las joyas a sus estuches y luego haciéndose camino a la salida—. Iré a por su ajua entonce, señora, y enviaré su té.

Las opciones no eran muchas después de todo, y el incidente se mantuvo en mis pensamientos por las horas restantes para el evento planeado, hasta que, tras retomar mi hábito de escritura, en mis viejas libretas, había ya sacado y colocado todas mis ideas y los sucesos sobre papel, logrando serenar en gran medida mi mente confundida.

—Servicio de té —escuché a una vocecita femenina, en francés, provenir de a entrada luego del golpeteo regular a la madera.

—Pasa, pasa —respondí en el mismo idioma, cerrando la libreta y guardándola en el bolso de cuero sintético.

—Disculpe, madame, ¿desea azúcar, miel o leche?

—Miel y leche, por favor —solicité.

Dediqué una mirada especuladora en la lacaya que servíame el té, en sus facciones delgadas, dedos largos y cabeza lisa, parecía muy cansada y tímida, además de mantener una postura sumisa y nerviosa todo el tiempo; analizándola menearse con tanto cuidado y ritmo, es que recordé lo que una vez había pensado sería una manera perfecta de recaudar información.

—Excúsame, pequeña —dije, puesto que parecía una criatura no mayor de sus dieciséis inviernos—, ¿hace mucho que trabajas aquí?

Ella, tan menuda entre sus ropajes fúnebres, apenas se atrevió a elevar sus ojos a los míos durante segundos cortos, casi renuente a establecer la conversación.

—Nací aquí.

Su respuesta, tardada mucho pues ya había obtenido mi taza de té y la llevaba a mis labios, causóme admiración profunda al idealizar a cualquier criatura naciendo, creciendo y viviendo sin conocer un buen día soleado.

—¿Cómo? ¿Nunca has salido de la mansión?

Mi pregunta sonrojó sus mejillas y las acompañó con una sonrisa.

—Sí, señora, pero en ocasiones escasas.

—Siempre has trabajado para el señor Laccaria, entonces. ¿Has conocido a muchos inquilinos o invitados?



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 18.01.2019

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